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Frente popular en Chile

  

  

[Primera impresión en Spartacist no. 19, noviembre-diciembre de 1970. Traducción al español impreso en Cuadernos Marxistas No. 3  ]

  

La victoria electoral de la coalición de frente popular del Dr. Salvador Allende en Chile plantea agudamente la cuestión de la revolución o la contrarrevolución. La crisis chilena es una expresión clásica y completa del intento del reformismo de hacer descarrilar la necesidad sentida por los obreros de obtener un gobierno propio que rija la sociedad en su propio interés. El deber revolucionario de todo marxista en Chile y en el mundo entero debe ser completamente claro. Por encima de todo, la experiencia de la Revolución Rusa y de la crítica de Trotsky de los gobiernos de frente popular en España y en Francia en 1936, esclarecen los objetivos que los revolucionarios deben tener en tales situaciones.

 

La candidatura del Dr. Allende, que ganó las elecciones, sin una mayoría absoluta, el 4 de septiembre, se basó en una coalición de partidos obreros reformistas y partidos burgueses liberales, incluyendo el Partido Comunista pro-Moscú; el Partido Socialista de Allende, algo más radical; el Partido Social Demócrata, muy de derechas; lo que queda del Partido Radical burgués-liberal; unos fragmentos de la Democracia Cristiana, etcétera. Para obtener la confirmación del Congreso, Allende accedió a una serie de enmiendas constitucionales bajo la insistencia del partido dominante, la Democracia Cristiana. Las más cruciales de estas enmiendas fueron la prohibición de las milicias privadas y la estipulación de que no se darían cargos a ningún oficial de la policía o el ejército que no se hubiera formado en las academias oficiales.

  

Con el mantenimiento de los fundamentos del orden capitalista asegurado, el Congreso eligió a Allende como presidente el 24 octubre. Y ahora ha anunciado el reparto del botín de su gabinete de quince personas: al PC le tocan los ministerios económicos; el PS de Allende se lleva los puestos claves del Interior y Asuntos Exteriores y el Ministerio de Defensa a un radical burgués. Esta es la respuesta del reformismo a todos los años de luchas de las masas chilenas y a sus tremendas esperanzas de que la elección de Allende les iba a proporcionar todo un nuevo modo de vida; pero la camisa de fuerza del frente popular burgués no será capaz de sujetarles durante mucho tiempo.

  

Es el deber más elemental de los marxistas revolucionarios el oponerse irreconciliablemente al frente popular en las elecciones y no tener absolutamente ninguna confianza en él una vez en el poder. Cualquier “apoyo crítico” a la coalición de Allende sería una traición a la clase, abriendo el camino para una derrota sangrienta del proletariado chileno cuando la reacción doméstica, auxiliada por el imperialismo internacional, esté lista. Por el momento los imperialistas estadounidenses han contemporizado -y no han tratado de dar inmediatamente un golpe de estado contrarrevolucionario, como es común en América Latina- debido a que habían anticipado las nacionalizaciones y habían amortiguado las pérdidas de antemano al obtener unos beneficios enormes durante varios años.

  

Hay una profunda contradicción dentro de los partidos obreros reformistas entre su base proletaria y su ideología formal por una parte, y los propósitos de colaboración de clases y las ambiciones personales de sus líderes por otra. Esta es la razón por la que los marxistas, cuando no están incorporados en un partido obrero de masas, dan un “apoyo crítico” a partidos reformistas -en contra de los evidentes agentes del Capital- tal que les sea posible intentar reagrupar a la base proletaria alrededor de un programa revolucionario. Pero cuando estos partidos entran en un gobierno de coalición con los partidos del capitalismo, cualquier “apoyo crítico” sería una traición porque la coalición ha resuelto la contradicción de clase a favor de la burguesía. Es nuestra tarea pues, el recrear una base de lucha dentro de tales partidos al exigir una ruptura con la coalición. Esta ruptura debe ser la condición preliminar imprescindible antes de dar aún el más crítico apoyo.

 

  

La posición de la izquierda ante Chile

 

El grupo conocido más a la izquierda en Chile, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, compuesto de guevaristas, semi-trotskistas, etc., ha mostrado una posición conciliadora hacia Allende durante la campaña, y el 4 de septiembre hizo una llamada a los obreros, estudiantes y campesinos para que apoyasen su victoria, reforzando así las ilusiones populares con su influencia.

  

Mientras que los maoístas chinos “revolucionarios” se han mantenido muy diplomáticamente reservados, Gus Hall, del Partido Comunista de los EE.UU. ha dicho que “las elecciones en Chile representan el mandato revolucionario y democrático del pueblo”. Y continua “¿No rebate esta experiencia la tesis de Debray [es decir, Guevara y Castro] y Mao? Claro que sí.” (Daily World, 17 de octubre). No menos entusiasta, el Granma, periódico de Castro, en el número del 13 de septiembre proclama la elección de Allende como “La victoria de la unidad del pueblo”, embarcándose así, quieras que no, en el furgón de Gus Hall y, una vez más, desenmascarando a todos los que predican confianza en el liderato cubano como los charlatanes políticos que son.

 

Trágicamente, casi todas las agrupaciones que pretenden ser los herederos de la Cuarta Internacional de Trotsky han tomado el mismo camino de desorientación o conciliación hacia el Frente Popular. En su Congreso Mundial de abril de 1969, la mayoría del Secretariado Unificado, alrededor de Livio Maitan, afirmó que la estrategia para América Latina era la “guerrilla rural” con una base campesina y cuadros provenientes de la pequeña burguesía (estudiantes), desposeyéndose así ellos mismos de toda importancia frente a los levantamientos urbanos en América Latina. ¿Y qué dijo la minoría del Secretariado Unificado agrupada alrededor del Socialist Workers Party [Partido de los Trabajadores Socialistas] de los EE.UU.? Su representante, Joe Hansen, mantuvo una supuesta ortodoxia trotskista, aparentemente descubriendo de nuevo la necesidad de construir partidos obreros revolucionarios como la clave para la revolución latinoamericana, pero esto fue sólo la hoja de parra que encubría el rebajamiento del SWP hacia un reformismo legalista. La primera respuesta de la Intercontinental Press de Hansen (el 14 de septiembre) fue agnóstica, concluyendo: “Sin duda alguna, el programa de Allende es más radical, sobre el papel, que el programa del Frente Popular de 1938. Pero queda aún por ver si sus aliados burgueses, presentes y futuros, le permitirán ponerlo en práctica.”

  

Atrás de este suave “no sé nada” del SWP se escondía su verdadera posición, apoyo crítico: “Seria un crimen el disculpar a la Unidad Popular. Pero el no reconocer sus elementos positivos, condenándola in toto basados en un dogmatismo sectario, significaría un aislamiento suicida” (Intercontinental Press, 5 de octubre de 1970). Desde luego, el SWP “no es tan tonto”. Después de todo, la candidatura de Allende era enormemente popular entre las masas chilenas, de modo que estos revisionistas decidieron alimentar las ilusiones que bloquean el camino hacia la revolución socialista y exponer a los obreros, en esta situación de gran polarización social, al peligro del triunfo de la reacción y al terror de la derecha.

 

  

El Pablismo de Healy

 

Los pretendidos anti-revisionistas de la “Cuarta Internacional” de Gerry Healy están sólo cuantitativamente a la izquierda del SWP; son sólo un poco más críticos sin salirse de un marco político similar. El Workers Press de Healy del 12 de septiembre concluye que “es necesario prepararse para una acción de clase unida para defender la victoria de Allende y sus programas electorales contra este peligro”. En los Estados Unidos la Workers League [Liga de los Trabajadores] afirma: “Sólo hay un camino y es el camino revolucionario de la Revolución de Octubre… Como un paso para llegar a comprender esto, los obreros deben hacer que Allende mantenga sus promesas…” (Bulletin, 21 de septiembre). ¡Invocando a la Revolución de Octubre, piden que las masas obliguen a un gobierno esencialmente burgués a que logre el socialismo!

  

No es sorprendente que, durante la Revolución de Febrero de 1917 en Rusia, los indecisos bolcheviques que estaban en Petrogrado (Stalin entre ellos) propusieran una fórmula que la Workers League ha redescubierto: apoyar al gobierno provisional “en la medida en que lucha contra la reacción y la contrarrevolución”. Lenin telegrafió su protesta desde el extranjero: “Nuestra táctica: desconfianza absoluta; ningún apoyo al nuevo gobierno; sospechar especialmente de Kerensky; el armamento del proletariado es la única garantía;… ningún acercamiento a otros partidos.” Sólo o que podríamos añadir hoy es repetir la conclusión fundamental de Trotsky sobre nuestra época, de que nunca ha sido más urgente que hoy la construcción de un partido internacional imbuido de las metas leninistas y con la determinación de Lenin.