For the rebirth of the Fourth International! - Pelo renascimento da Quarta Internacional!

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Desde Punta del Este...

Castro en busca de la distensión hemisférica

  

  

Traducido de Workers Vanguard No. 141, 21 de enero de 1977. Esta versión fue impresa en Spartacist en español No. 07, junio de 1979

  

De todos los mitos acerca de la Cuba castrista, el más difundido es seguramente el de una política exterior supuestamente revolucionaria. Los “tercermundistas” de la “Nueva Izquierda” norteamericana se pusieron de acuerdo con liberales de guerra fría y conservadores macartistas en que La Habana exportaba la guerra de guerrillas a toda América Latina. Cuando se les presenta la evidencia de la represión ejercida sobre toda oposición socialista en Cuba, los “fidelistas” argumentan que esas son pequeñeces en comparación con la “titánica” batalla librada por Castro contra el imperialismo yanqui a escala continental. ¡Simplemente acuérdense de la heroica misión del “Che” en Bolivia! ¡Piensen en cómo Radio Habana, emitiendo todas las noches desde el “Primer Territorio Libre de América”, mantiene vivos los ánimos de miles de militantes sometidos a la más salvaje represión!

  

Entre los que se reclaman del trotskismo, esta creencia en un compromiso internacionalista de la dirección cubana fue una de las bases sobre las que se formó el “Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional” (SU), el cual proclamaba en su documento de fundación:

  

“La revolución cubana asestó un golpe a la política de colaboración de clases del estalinismo en América Latina y otros países coloniales. Nuevas corrientes, que se desarrollan bajo la influencia de la victoria en Cuba, están buscando a tientas el camino al socialismo revolucionario…”

  

― “Por la pronta reunificación del movimiento trotskista mundial”, marzo de 1963.

  

La perspectiva del Secretariado Unificado para América Latina fue “la introducción de conceptos trotskistas dentro de esta nueva tendencia castrista” (“Dinámica actual de la revolución mundial”, documento aprobado en el congreso de fundación del SU en junio de 1963).

  

En los últimos años, sin embargo, la imagen heroica de la Revolución Cubana ha comenzado a deslustrarse, y muchos de los entusiasmados castristas de ayer se han desencantado con su “jefe máximo”. Particularmente inquietante ha sido su afición a coquetear con los generales nacionalistas, desde la junta peruana hasta Torrijos en Panamá, y el apoyo explícito que le da Castro a la política brezhnevista de “coexistencia pacífica” con el imperialismo. A comienzos de los 70 se puso de moda dentro de ciertos círculos de “extrema izquierda” el sostener el “criterio personal” de que algo se había torcido en Cuba: el burocratismo se estaba afianzando y se había verificado un “giro a la derecha” en la política exterior de Castro.

  

No había unanimidad acerca de cuándo se produjo el supuesto giro. Algunos lo identificaban con la partida de Guevara de Cuba, o si no con su asesinato en Bolivia, haciéndolo pasar por un “guerrillero heroico”, la conciencia de izquierda de la revolución. Otros se inclinaban por ubicarlo en la época del apoyo de Castro a la invasión rusa de Checoslovaquia en 1968, un acto que golpeó fuertemente a muchos fidelistas latinoamericanos que anteriormente vieron en el castrismo una alternativa de izquierda al estalinismo moscovita. Pero lo que tienen en común las varias explicaciones del “giro a la derecha” es el deseo de no comprometerse con las últimas jugadas internacionales de Cuba y a la vez no romper fundamentalmente con el castrismo.

  

Luego, a finales de 1976, vino el envío de varios miles de soldados y oficiales cubanos a Angola a rescatar al asediado MPLA del golpe de mano imperialista encabezado por Sudáfrica. El presidente norteamericano Ford calificó hipócritamente a Castro de “bandolero internacional”. En EE.UU., los partidarios de S. Marcy trataron de resucitar un movimiento antiguerra pequeñoburgués alrededor del apoyo político al MPLA y el elogio de “la valiente ayuda” prestada por Cuba a los movimientos de liberación en todo el mundo (Workers World, 30 de enero de 1976). En Europa Livio Maitan, uno de los líderes del seudotrotskista SU, fanfarroneó que “el compromiso decisivo de Cuba con una batalla crucial antiimperialista tiene pocos precedentes en la historia de décadas pasadas…” (Inprecor, 18 de marzo de 1976).

  

Maitan aprovechó la ocasión para fustigar a los detractores de Castro y a los vacilantes anónimos:

  

“Durante algún tiempo se habló mucho de los deseos de Cuba por alcanzar un compromiso con los Estados Unidos, y algunos, cayendo en un apresurado impresionismo, concluyeron que los dirigentes cubanos estaban dispuestos a pagar un precio muy alto por ese compromiso. Ahora, al contrario, está claro que no estaban dispuestos a pagar el precio de renunciar a su valiente actitud de solidaridad internacional… La intervención en Angola lo confirma meridianamente... cualesquiera hayan sido las particulares razones tácticas de la intervención, ella constituye un testimonio ejemplar de internacionalismo revolucionario”.

  

Pero este “internacionalismo revolucionario” estaba subordinado al proyecto de política exterior del Kremlin, que en ningún momento dejó de ser el de la distensión global. En efecto, a la vez que las tropas cubanas luchaban en Angola contra las fuerzas financiadas por la CIA, en La Habana los ciudadanos aprobaban una nueva constitución ¡que introducía la “coexistencia pacífica” en la ley fundamental del país!

  

Ha habido, por supuesto, cierto zigzagueo en la política exterior cubana. Al comienzo de los 60 Castro se dedicó a una búsqueda sin perspectivas del apoyo diplomático de los regímenes nacionalistas-burgueses de Latinoamérica a la vez que, de cuando en cuando, ofrecía concertar un modus vivendi con el Tío Sam. En el período “heroico” de 1965-67, la política fidelista hacia América Latina se concentró en promover el guerrillerismo y fustigar a ciertos partidos comunistas latinoamericanos por sus ilusiones en una “vía pacífica”. A partir de entonces, La Habana ha estrechado sus ligazones con Moscú. Pero a pesar de la sucesión periódica de cambios cuantitativos, desde la consolidación del estado obrero deformado cubano a finales de 1960, el régimen de Castro ha seguido una vía nacionalista basada en la ilusión estalinista de poder construir el socialismo en una sola isla al solicitarle al imperialismo un tratamiento tolerante.

  

Punta del Este

  

Todos aquellos que suspiran por los días en que Guevara estaba en la cúspide del poder en La Habana deben recordar que fue el mismo “Che”, y no otro, quien encabezó la delegación cubana a la conferencia de Punta del Este (Uruguay) en 1961, donde el régimen castrista hizo su primera oferta de una coexistencia pacífica hemisférica al imperialismo norteamericano. La conferencia había sido convocada para lanzar la “Alianza para el Progreso” del presidente estadounidense Kennedy, cuyo propósito era aislar a Cuba y contrarrestar las posibilidades revolucionarias en América Latina con unos cuantos millones de dólares de limosnas provenientes del bolsillo imperialista.

  

Se recuerda perfectamente la ardiente intervención de dos horas de Guevara en las sesiones de agosto de 1961, advirtiendo que la ayuda norteamericana vendría atada con cadenas. Lo que frecuentemente se olvida es que finalizó con una oferta de distensión:

  

“No podemos prometer que no exportaremos nuestro ejemplo, como nos lo piden los Estados Unidos, porque un ejemplo es cuestión de espíritu y un elemento espiritual puede cruzar las fronteras. Pero nosotros garantizaremos que no habrá envío de armas cubanas para ser usadas en la lucha de ningún país latinoamericano.”

  

― citado en John Gerassi, The Great Fear in Latin America (1965).

  

No hay duda de que la oferta era sincera. Después de la conferencia, en una “reunión social imprevista” en Montevideo con el consejero de Kennedy, Richard Goodwin, Guevara propuso conversaciones Cuba-EE.UU. sobre el reembolso de los intereses norteamericanos expropiados, a cambio de la terminación del embargo comercial.

  

Los trotskistas no nos oponemos a los esfuerzos cubanos por romper el bloqueo económico impuesto por los Estados Unidos. Por el contrario, defendemos el derecho de Cuba a sostener relaciones comerciales con todo país, desde la Unión Soviética y los demás estados obreros deformados hasta las dictaduras burguesas reaccionarias, tal como la España franquista, con el fin de prevenir la asfixia económica. La Rusia revolucionaria de Lenin concluyó acuerdos comerciales con Inglaterra y Alemania sin de ninguna forma restringir las actividades de la Internacional Comunista. Como escribió Trotsky:

  

“La idea básica de la política exterior de los Soviets era que los acuerdos comerciales, diplomáticos y militares del Estado soviético con los imperialistas, acuerdos inevitables, en ningún caso debían frenar o debilitar la acción del proletariado en los países capitalistas interesados; pues la salud del Estado obrero no está asegurada, más que por el desarrollo de la revolución mundial.”

  

La revolución traicionada (1936)

  

Pero la Cuba de Castro no ha construido una Internacional Comunista, y en numerosas ocasiones ha exhortado al proletariado a limitar su lucha contra los regímenes burgueses que mantienen relaciones diplomáticas con La Habana.

  

A comienzos de los años 60, esta política se reflejó en el apoyo de Cuba al presidente brasileño Janio Quadros y a su sucesor Joao Goulart. Como escribió el académico filocastrista James Petras:

  

“Entre 1959 y 1962 la dirección cubana respaldó a una amplia gama de fuerzas políticas latinoamericanas. Desde movimientos izquierdistas hasta fuerzas nacionalistas moderadas incluyendo a personajes como Quadros de Brasil.”

  

En Latin America: Reform or Revolution? (1968)

  

En los primeros meses de 1961 los periódicos cubanos elogiaron al presidente brasileño por haber condenado la invasión de Playa Girón organizada por los EE.UU.; y en agosto, cuando Guevara estaba de regreso a Cuba después de la conferencia de Punta del Este, Quadros le otorgó al líder cubano la máxima condecoración del gobierno brasileño, la Cruz del Sur. Esto enfureció a políticos opositores pro-norteamericanos y a mandos militares quienes amenazaron derrocar a Quadros, quien, en consecuencia, huyó del país. Castro aclamó a Quadros como “uno de los más acérrimos defensores de la autodeterminación.”

  

¿Quién era, en realidad, este gran “progresista”? Quadros era un conservador excéntrico, partidario del gobierno honesto y la moneda dura. El periodista procubano Gerassi sintetizó la política de este político “indómito”:

  

“Pisoteó así a los sindicatos, envió tropas federales a los rincones hambrientos del Noreste a aplastar las manifestaciones de protesta, encarceló a los estudiantes desobedientes, restringió el crédito, acabó con la mayoría de los subsidios federales, despidió a los empleados gubernamentales ‘ociosos’ y devaluó el cruzeiro casi hasta nivelarlo con su valor en el mercado de divisas.”

  

Op. cit.

  

En este caso el régimen de Castro no pudo afianzar las relaciones debido a que el gobierno de Quadros cayó tan repentinamente.

  

Quadros fue reemplazado por su vicepresidente, Goulart, quien siguió una ruta prudente entre izquierda y derecha; política exterior relativamente independiente y entrega total a los terratenientes e industriales en los asuntos domésticos. Siendo él mismo un latifundista millonario; Goulart dirigía el Partido del Trabajo Brasileño (PTB) populista-burgués y necesitaba cultivar una imagen de izquierda para poder aparecer como el aliado de los movimientos obrero y campesino, entonces en pleno auge. Su fama de “amigo firme” de Cuba le ayudaba a llevar a cabo este juego demagógico.

  

Para mantener relaciones de estado a estado no hay que fomentar ilusiones en “terratenientes progresistas”. La dirección internacionalista de un estado obrero revolucionario trataría de impulsar y ayudar a los movimientos de protesta de los explotados para que se convirtieran en una poderosa ofensiva contra el dominio capitalista. En esos años, ciertamente, se presentaron oportunidades revolucionarias en Brasil, donde un vasto y multiforme movimiento campesino estalló en el Noreste, dirigido por el Partido Comunista, sacerdotes católicos y sobre todo por el político socialista pro-cubano Francisco Julião.

  

Castro se mantenía en permanente contacto con este movimiento a través de Julião, cuyos viajes a Cuba eran tan frecuentes que algunos de sus opositores hablaban de un “expreso” entre La Habana y el Noreste del Brasil. Pero la política que Julião infundía al movimiento campesino difícilmente podría llamarse revolucionaria. Rehusó extenderlo a las plantaciones de la costa para ligarse con el movimiento de los trabajadores agrícolas y el proletariado urbano; además, políticamente su influencia descansaba en una alianza con el gobernador de Pernambuco, Miguel Arraes, quien pertenecía al mismo PTB de Goulart. Es altamente significativo lo que escribió un antiguo dirigente de las ligas campesinas del Noreste acerca de la frustración de los planes de actividad guerrillera (a los que se oponía Julião):

  

“Parece que entre otros factores, la existencia de relaciones diplomáticas amistosas entre los gobiernos de Cuba y Brasil estuvo íntimamente relacionada con el fracaso del esquema militar de las Ligas Campesinas. El sostener estas relaciones diplomáticas impedía a los cubanos apoyar abiertamente las actividades guerrilleras de la Liga. Aún más, algunos elementos cubanos aconsejaron a las Ligas acercarse más a los presidentes Quadros y Goulart.”

  

― Clodomiro Moraes, “Peasant Leagues in Brazil”, en Rodolfo Stavenhagen, Agrarian Problems and Peasant Movements in Latin America (1970)

  

En cuanto al renombre izquierdista de Goulart ―asiduamente difundido por los EE.UU. que, ahora es sabido, estaba preparando una intervención masiva de la marina y del ejército en Brasil, a la escala de la efectuada en Santo Domingo un año después― su medida más “radical” fue una reforma agraria anunciada dos semanas antes de ser echado de la presidencia. Este tímido decreto, nunca llevado a la práctica, tan solo proclamaba el reparto de las grandes haciendas “adyacentes a carreteras, ferrocarriles y embalses” (¡!), recompensando a los propietarios con bonos del gobierno (Goulart, Discurso ante una manifestación obrera en Rio de Janeiro, 13 de enero de 1964; citado en Hispanic-American Report,. mayo de 1964).

  

La distensión frustrada

  

Brasil fue el más notable de los intentos de Castro de formar alianzas políticas con gobiernos y personajes nacionalistas-burgueses con pose de izquierdistas. Cuba también mantuvo estrechas relaciones con el primer ministro de Guyana Cheddi Jagan, cuyo Partido Progresista del Pueblo fue derrumbado mediante un paro ―orquestado por la CIA― realizado por partidarios negros del adversario de Jagan, Forbes Burnham. Otro dirigente burgués predilecto de Castro fue el ex-ministro ecuatoriano Manuel Araujo, quien fue destituido por el demagógico presidente Velasco Ibarra después de una campaña ―también instigada por la CIA― de manifestaciones estudiantiles en contra de la política pro-cubana de Araujo.

  

Buen ejemplo de la política exterior de Cuba durante este período fue la reacción de Castro ante la expulsión de Cuba de la OEA en enero de 1962. Es de fama mundial su “Segunda Declaración de La Habana”, en que Castro calificaba a la OEA como un auténtico “ministerio yanqui de colonias”, declaraba que en América Latina “la burguesía nacional es incapaz de conducir la lucha antifeudal y antiimperialista”, y denunciaba a aquellos que hablaban de derrocar a la clase dominante por medios legales.

  

Menos remarcado fue el que Castro se pronunció así mismo en favor de la unidad con “los estratos más progresistas de la burguesía nacional”. Lo que esto significaba en la práctica se pudo ver en el “desafío” de Castro a la OEA: una “Asamblea de los Pueblos” celebrada simultáneamente con la nueva reunión de Punta del Este y convocada por diez destacados políticos “progresistas” latinoamericanos, incluyendo al ex presidente mexicano Lázaro Cárdenas, al futuro presidente chileno Salvador Allende, a Julião y Araujo.

  

La cosecha que recogió Castro con este intento de apoyarse en “las capas más progresistas de la burguesía nacional” fue por cierto muy pobre. Una vez más Brasil fue el arquetipo: durante la “crisis de los misiles” en octubre de 1962, el gobierno de Goulart votó en la OEA apoyando el bloqueo naval norteamericano como un acto de “legítima autodefensa”. Aún el cuñado “izquierdista” de Goulart, Leonel Brizola, gobernador del estado de Rio Grande do Sul, condenó el envío de proyectiles rusos al régimen de Castro como un intento de “aprovecharse de la lucha del pueblo cubano” y manifestó su oposición a “la transformación de Cuba en satélite de la Unión Soviética” (citado en Hispanic-American Report, enero de 1963).

  

El 31 de marzo de 1964 Goulart, el “amigo firme” de Cuba, fue derrocado por un golpe militar obviamente planeado y ejecutado en estrecha cooperación con Washington. Castro no se pronunció públicamente sobre el golpe reaccionario sino hasta el 1° de mayo, y, peor todavía, dos días después de su realización el dirigente cubano renovaba a los EE.UU. sus ofrecimientos de la distensión. La ocasión la propició una entrevista en que Castro elogió sin críticas un discurso pronunciado el 25 de marzo por el senador J. W. Fullbright acerca de “los mitos y realidades de la política exterior de los EE.UU.” Castro dijo en su comentario:

  

“El senador Fullbright dijo que Cuba podía ser tolerada como algo desagradable... pero que no representaba un peligro para los Estados Unidos. Esto es esencialmente correcto pero podría añadirse que Cuba será mucho menos desagradable en la medida en que sea respetada y dejada en paz.”

  

New York Times, 3 de abril de 1964

  

Guevara también elogió el discurso del “corajudo” presidente del comité de relaciones exteriores del senado norteamericano (quien durante la crisis de los misiles de 1962 había exigido la invasión de la isla).

  

¿Qué fue exactamente lo que Fullbright dijo que tanto sobresaltó a sus colegas y encendió los corazones de Castro y Guevara? Hizo un llamado a “una franca reevaluación de nuestra política cubana”, declarando que “la política de aislamiento es un error” y pidiendo que el embargo comercial fuera abandonado. Sin embargo, el senador añadió:

  

“El comunismo cubano sí representa una amenaza grave para los otros países latinoamericanos, pero esta amenaza puede manejarse por medio del uso resuelto y vigoroso de los mecanismos establecidos en el sistema interamericano contra todo acto de agresión.”

  

New York Times, 26 de marzo de 1964

  

Quadros, Goulart, Jagan y Araujo ya habían pasado por la amarga experiencia de esos “mecanismos establecidos” pero, aparentemente, ¡Castro y el “Che” no se habían percatado de su funcionamiento!

  

En otra entrevista pocos meses después Castro fue aún más lejos, reiterando la oferta de Guevara en Punta del Este de retirar la ayuda material a los revolucionarios latinoamericanos a cambio del cese por parte de EE.UU. de los intentos de derrocar al gobierno cubano:

  

“Si ellos [EE.UU.] están dispuestos a convivir con nosotros de acuerdo con las normas, nos sentiríamos en la misma obligación.... Si Cuba financiase una revolución contra un gobierno que la respeta, estaría violando las normas.”

  

New York Times, 6 de julio de 1964

  

El periodista informaba que Castro estaba dispuesto a terminar con el suministro de armas y la ayuda económica a los insurgentes pro-cubanos, añadiendo que “fuentes comunistas europeas afirman que tal ayuda ha sido suspendida enteramente o casi enteramente desde el comienzo del año.”

  

Y aquellos que tratan de contrastar al “revolucionario” Guevara con el “claudicante” Castro deberían consultar la intervención del “Che” ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en diciembre de 1964, donde afirmó que para Cuba el problema central por el que la ONU debería preocuparse era “la coexistencia pacífica entre estados con diferentes sistemas sociales y económicos”. Lamentaba el hecho de que el imperialismo norteamericano, mientras se mostraba capaz de coexistir con la Unión Soviética, no pudiera sacar sus manos de los estados más pequeños de América Latina. “Actualmente, la clase de coexistencia pacífica a que aspiramos se ha mostrado, en muchos aspectos, imposible de materializarse” (Obras escogidas de Ernesto Guevara [1969]).

  

Guerrillerismo estalinista versus insurrección obrera

  

Pero los repetidos ruegos de Castro para lograr un modus vivendi con el imperialismo yanqui fueron bruscamente rechazados. Los gobernantes de los EE.UU. siguieron tratando al Caribe como un “lago norteamericano” y estuvieron de acuerdo con el sabihondo anticomunista profesional Theodore Draper en que, “si hay un lugar en el mundo en que el comunismo puede ser ‘reversible’, es el caso de Cuba” (Castroism: Theory and Practice [1965]). Rechazado por el Departamento de Estado y viendo sus “amigos” burgueses de Latinoamérica derribados uno a uno por golpes inspirados por la CIA, el régimen cubano dio un medio giro a la izquierda pero sin modificar su política nacionalista fundamental, característica de todos los regímenes estalinistas.

  

Durante 1965 se iniciaron luchas guerrilleras rurales de orientación castrista en Colombia (enero) y el Perú (junio). En Guatemala, Luis Augusto Turcios Lima se separó del frente guerrillero MR-13 (Movimiento Revolucionario 13 de Noviembre) de Yon Sosa para formar las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias), con un programa guevarista y estrechos vínculos con Cuba. También en 1965 las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN) de Venezuela dirigidas por Douglas Bravo se rebelaron contra el intento de la dirección del PC de suspender acciones guerrilleras. Anteriormente, varias decenas de grupos pro-cubanos habían surgido a lo largo y ancho de América Latina, generalmente sin vínculos con La Habana, mientras la defensa teórica del modelo cubano hecha por Guevara (“Cuba: ¿caso excepcional o vanguardia en la lucha contra el colonialismo?” y La Guerra de guerrillas: un método) permanecía en el terreno de la exhortación intelectual. Entonces, en cambio, existía toda una serie de países con sus “ejércitos” guerrilleros castristas más o menos reconocidos, cuyo éxito o fracaso comprometería directamente la suerte internacional del régimen cubano.

  

Retrospectivamente, varios “castristas críticos” han situado en 1965 el comienzo de un período heroico en la política exterior de Cuba. El castrismo surgía como antagonista de izquierda de los PC pro-Moscú. Régis Debray, vocero autorizado de los dirigentes cubanos, denunciaba la “franca hostilidad hacia la lucha armada presentada por las direcciones de varios partidos comunistas latinoamericanos (Perú, Colombia, Argentina, Chile, Brasil)” (“América Latina: la marcha larga”) y criticaba explícitamente al Vigésimo Congreso del PC de la Unión Soviética que “condujo a los partidos comunistas hacia la vía de la ‘democracia nacional’, del ‘frente único, con la burguesía’” (“Problemas de la estrategia revolucionaria en América Latina” [1967]).

  

Si bien es cierto que el período 1965-68 vio, hasta cierto punto, una política exterior más militante por parte del régimen de Castro ―resultado de su aislamiento diplomático en Latinoamérica― no hubo ningún cambio fundamental en su estrecha orientación nacionalista. Por un lado, Cuba siempre se sometió a las orientaciones de Moscú. En enero de 1964 Castro emitió en Moscú un comunicado conjunto con Kruschev, elogiando et tratado contra los ensayos nucleares y condenando “el fraccionalismo y el sectarismo en las filas de los partidos comunistas y obreros” (claro bofetón a China). De nuevo en marzo de 1965 Castro previno indirectamente a China contra “peleas bizantinas” (eso después de la participación de Cuba en la reunión organizada por Kruschev en Moscú para “excluir” a China del “campo socialista”); y en enero de 1966, en vísperas del Congreso Tricontinental en La Habana, Castro condenó dramáticamente a China por reducir a la mitad los envíos de arroz a Cuba.

  

Por otra parte, por lo menos al comienzo, ciertos PC pro-Moscú siguieron haciendo cautelosas referencias a (y limitadas aplicaciones de) la “lucha armada”. Una reunión de partidos comunistas latinoamericanos efectuada en La Habana a finales de 1964 acordó “ayudar activamente” a los combatientes de Venezuela, Guatemala y demás países; y muchos de los participantes en la reunión de la Tricontinental eran partidos estalinistas línea Moscú. Esto no debería sorprender, ya que el mismo Stalin difícilmente puede clasificarse como pacifista. En efecto, prácticamente la totalidad de los grupos guerrilleros pro-cubanos en un momento u otro tuvieron (o buscaron) relaciones con el PC “oficial” de su país. Las FALN venezolanas estuvieron originalmente subordinadas a un comando político dominado por el PC; las FAR guatemaltecas eran dirigidas por un miembro del comité central del partido pro-Moscú y mantuvieron vínculos formales con él hasta 1967; y el ELN (Ejército de Liberación Nacional) de Colombia buscó, durante sus primeros meses de existencia, formar un comando militar unificado con el grupo guerrillero del PC, las FARC (véase Richard Gott, Guerrilla Movements in Latin América [1972]).

  

Igualmente importante para formarse un juicio sobre la fase “izquierdista” de Castro a mediados de los años 60 es el hecho de que el régimen cubano no levantó un dedo para respaldar las auténticas luchas de masas contra el imperialismo norteamericano y la reacción nacional. Un caso típico fue la protesta estudiantil que en enero de 1964 se desató en Panamá contra el control norteamericano de la zona del canal. Como informaba una fuente académica anticomunista (de quien era de esperarse que viera la subversión castrista detrás de cada manifestación): “La reacción [de Castro] ante los desórdenes se limitó al anuncio de que su gobierno estaba dispuesto a crear, en compañía de las otras naciones latinoamericanas, un fondo común para ayudar a los panameños” (Andrés Suárez. Cuba: Castroism and Communism, 1959-1966).

  

Una lucha aún más explosiva, en la cual el régimen cubano pudo haber dado contenido real al llamado de Guevara a crear “dos, tres, muchos Vietnam” en Latinoamérica, fue el levantamiento en Santo Domingo en abril y mayo de 1965. Aunque éste se realizó bajo un liderazgo burgués ―el PRD (Partido Revolucionario Dominicano) de Juan Bosch― las fuerzas “constitucionalistas” estaban formadas por miles de trabajadores urbanos y por un sector del ejército que se había rebelado contra los altos mandos reaccionarios. Las masas estaban hirviendo con sus anhelos de barrer cualquier vestigio o cómplice de la odiada dictadura trujillista (prácticamente todo el aparato del estado y la mayor parte de la amorfa burguesía); las posibilidades revolucionarias estaban a la vista.

  

Los gobernantes imperialistas de EE.UU., desde luego justificaron la invasión de los “marines” con el pretexto de que el levantamiento era una conjura castrista. El FBI presentó su famosa lista de “57 cabecillas comunistas” muchos de los cuales estaban muertos, fuera del país o en la cárcel. En realidad, lo que sucedió fue todo lo contrario. Como señalábamos en ese entonces, “La dirección cubana: y su principal representante, Fidel Castro, no fueron capaces de dar una ayuda eficaz a la sublevación dominicana” (Spartacist, septiembre-octubre de 1966). Este juicio es confirmado por Suárez:

  

“El 28 de abril los mismos ‘imperialistas’ que estaban bombardeando a Vietnam desembarcaron en Santo Domingo. El destino le estaba dando (a Castro) la oportunidad de enseñarle a los soviéticos y los chinos cómo cumplir con ‘el internacionalismo proletario’. Pero no hizo nada.”