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Intentona frustrada en Polonia

  

  

Traducido de Workers Vanguard No. 295, diciembro de 1982. Esta versión fue impresa en Spartacist en español No 10, 1982.

  

Con la imposición del “estado de guerra” en Polonia, ha sido parado un intento contrarrevolucionario de toma del poder. Pocas horas antes de la proclamación del gobierno militar, la dirección clerical-nacionalista de Solidarnosc [Solidaridad] anunció la organización de un referéndum nacional sobre la formación de un gobierno anticomunista y la ruptura de la alianza militar con la Unión Soviética dirigida contra el imperialismo occidental. Pero el régimen de Varsovia estaba preparado para salirle al paso al reto. Las medidas tomadas van más allá de las que por lo general corresponden a la ley marcial; parecen haber hecho preparativos extensos para poner mano dura. Así, mientras Reagan y Haig perseguían la quimera de Qaddafi, el gobierno polaco lanzó lo que era en efecto un contragolpe, en lo que parecería haber sido el último momento posible para una acción desde una posición de poder.

  

Los estalinistas polacos consiguieron llevar a cabo eficazmente un golpe de estado en su propio país. Contrario a todos los instintos y apetitos de la burocracia gobernante, que busca constantemente un arreglo con el imperialismo, se vieron forzados a tomar medidas defensivas de las conquistas históricas del proletariado. Porque hay que admitir que la Solidarnosc de Lech Walesa estaba encaminada al derrocamiento no solo del desprestigiado y corrupto régimen estalinista, sino también de las conquistas sociales heredadas de la Revolución Bolchevique -fundamentalmente la economía colectivizada planificada- que fueron extendidas burocráticamente a Polonia luego de la liberación del país de la ocupación nazi por el Ejército Rojo. Es por eso que este “sindicato libre” polaco es apoyado por las fuerzas de la reacción imperialista -desde Wall Street al Mercado Común y el Vaticano- y por qué Ronald Reagan declaró que la crisis polaca representaba “el comienzo del fin del comunismo”.

  

Con tales declaraciones incendiarias, el jefe del imperialismo estadounidense buscó provocar un baño de sangre en Polonia a fin de encandecer su campaña de guerra antisoviética al rojo vivo. Corresponde a los intereses de la clase obrera, tanto en Polonia como a escala internacional, que la supresión actual de la contrarrevolución de solidarnos sea “fría” -es decir, sin derramamiento de sangre. Los obreros polacos deben ser advertidos de que las huelgas, protestas y otros actos de desafío de la ley marcial solo hacen el juego a aventureros reaccionarios. La violencia masiva tendría como resultado o la reimposición de un estado policíaco totalitario estalinista, aplastando al movimiento obrero por varios años, o el triunfo de la contrarrevolución capitalista, una derrota histórico-mundial para la causa socialista. Los trotskistas buscamos ante todo mantener una situación relativamente abierta, en la cual puede iniciarse un proceso de recristalización para forjar una vanguardia proletaria e internacionalista.

  

Si la ley marcial actual logra restaurar algo parecido al tenue equilibrio social que existía en Polonia antes de las huelgas de Gdansk de agosto de 1980 -o sea, un arreglo tácito de que si la gente no molestaba al gobierno, el gobierno no molestaría a la gente- volverían a establecerse condiciones propicias a la cristalización de un partido leninista-trotskista. Sobre todo en un país tan evolucionado históricamente como Polonia, el proletariado tiene la capacidad de reconocer sus propios intereses históricos, dados el tiempo suficiente y una situación política relativamente abierta. Debe haber elementos -fuera de Solidarnosc, dentro de Solidarnosc, en el partido comunista- con impulsos socialistas genuinos que han sido sofocados por la confrontación particular que ha dominado Polonia durante el último año. Ellos deben ser ganados al programa de defensa del poder estatal proletario contra esta clase de movilización clerical-nacionalista que ha llevado a Polonia al borde de la contrarrevolución, luchando al mismo tiempo por una revolución política proletaria contra la burocracia estalinista.

  

Solidarnosc intenta tomar el poder

  

En su primer congreso nacional, celebrado en Gdansk en septiembre, Solidarnosc se consolidó alrededor de un programa de contrarrevolución declarada. Su llamamiento por “sindicatos libres” en el bloque soviético, una consigna central del anticomunismo de Guerra Fría desde hace mucho tiempo, fue una provocación intencionada a Moscú. Tras su llamado por “elecciones libres” al Sejm (parlamento) se hallaba el programa de la “democracia estilo occidental” -es decir, la restauración del capitalismo so pretexto de establecer un gobierno parlamentario. Para subrayar sus lazos con el Occidente, Solidarnosc exigió incluso la entrada de Polonia al cártel banquero mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI), e invitó a su congreso a Lane Kirkland, un combatiente de Guerra Fría “duro” y jefe de la AFL-CIO norteamericana, y al notorio agente de la CIA Irving Brown, jefe de operaciones europeas de la AFL-CIO.

 

Por supuesto la masa de obreros engañados en Solidarnosc no buscaba ni buscan conscientemente el desempleo endémico, los salvajes recortes salariales y el deterioro de las condiciones de trabajo que traería el capitalismo. Si el FMI llega alguna vez a echar su garra a la economía polaca, los obreros pronto añorarían los “buenos tiempos pasados” bajo Gomulka y Gierek. Sería el presagio de la reunificación alemana sobre bases capitalistas y prepararía, de una forma u otra, una Tercera Guerra Mundial nuclear en un futuro pronto. De acuerdo con el espíritu católico de Solidarnosc, puede decirse: “Perdónales señor, porque no saben lo que hacen”.

  

Los estalinistas reconocieron, a su manera, que Solidarnosc estaba encaminada a una confrontación final; no obstante, intentaron conciliarla. Las negociaciones entre Jaruzelski y Walesa finalmente fracasaron principalmente sobre la demanda de Solidarnosc por elecciones libres a nivel municipal. Bajo las condiciones existentes en Polonia, ello habría significado entregar el poder gubernamental en la base de la sociedad a nacionalistas anticomunistas tales como la pilsudskista y antisemita Confederación por una Polonia Independiente (KPN).

  

El acontecimiento que llevó directamente a la imposición de la ley marcial fue la tentativa por Solidarnosc de sindicalizar a los cadetes bomberos en Varsovia, un grupo cuya posición legal (como en el resto de Europa) es similar a la de la policía. De allí a la sindicalización dentro de las fuerzas armadas y la milicia no había sino un paso. Al día después de que la policía dispersara a los cadetes el 2 de diciembre, la dirección de Solidarnosc se reunió en Radom a puertas cerradas para planear una toma contrarrevolucionaria del poder. El jefe de la poderosa región de Varsovia, Zbigniew Bujak, declaró que “el gobierno debe ser finalmente derrocado” y propuso la organización de una milicia de Solidarnosc con ese objetivo. Alguien entregó grabaciones de la reunión al gobierno quien las transmitió repetidamente por la radio estatal. Muchos polacos fueron sin duda escandalizados, especialmente por la duplicidad del “moderado” Walesa quien aconsejó a sus colegas que siguieran diciendo, “te queremos, socialismo”, y al mismo tiempo conspirando para derrocar al gobierno.

  

Con la revelación de sus planes secretos, la dirección de Solidarnosc se embarcó en una tentativa abierta de tomar el poder, anunciando un referéndum nacional para el establecimiento de un gobierno provisorio y “elecciones libres”. Pocas horas después el régimen contraatacó, declarando el “estado de guerra” bajo un Consejo Militar de Salvación Nacional. Según informes, fueron, detenidos mil dirigentes de Solidarnosc y, como contrapartida, arrestaron a cinco ex dirigentes del partido comunista — incluyendo al ex jefe del partido Edward Gierek y sus colegas más cercanos. Aunque el General Jaruzelski, primer ministro y jefe del partido, insiste que no se trata de un golpe militar, he aquí un elemento inquietante de bonapartismo militar. Quizás hay en esto una concesión al nacionalismo anticomunista. Mientras que el partido estalinista está completamente desprestigiado, el ejército mantiene cierta autoridad popular en tanto representación del estado nacional, supuestamente colocado por encima de la política. Los estalinistas solo hacen referencias hipócritas a las formas socialistas, el homenaje que el vicio rinde a la virtud. Pero en comparación con el puño de hierro castrense, las formas son importantes.

  

El imperialismo a la ayuda de Solidarnosc

  

“Sindicatos libres” y “elecciones libres” para Polonia se han convertido en consignas claves de la Segunda Guerra Fría de Reagan, y la imposición de la ley marcial será utilizada, con toda seguridad para azuzar la campaña de guerra antisoviética, sobre todo en Europa Occidental. En el caso de Francia, en particular, han habido manifestaciones masivas en pro de Solidarnosc, encabezadas por personajes del Partido Socialista, dando lugar a una “unión sagrada” abarcando desde fascistas, monarquistas y gaullistas hasta socialdemócratas y seudotrotskistas estalinofóbicos como la OCI y la LCR. En los EE.UU., el criminal de guerra imperialista Henry Kissinger, un hombre directamente responsable de la masacre de millones de vietnamitas indefensos, condena la supresión de Solidarnosc como “una grave ofensa contra la libertad humana”. Cuando Kissinger habla de la “libertad” piensa en la libertad para explotar a los obreros y campesinos del mundo, una “libertad” impuesta a través del terror de masas.

  

Tras la consigna de contrarrestar “la exportación de la revolución” a El Salvador, apuntalan a la junta asesina con pertrechos de guerra norteamericanos y boinas verdes. El régimen racista sudafricano se convierte en una parte central del “mundo libre”, atacando a Angola con armamentos suministrados por Israel. En Afganistán, la CIA arma a los reaccionarios islámicos que luchan a lo largo de la frontera sur de la URSS por mantener la esclavitud feudal y prefeudal. China, aliada con Washington, amenaza constantemente al Vietnam, que combatió heroicamente durante varias décadas contra el barbarismo imperialista estadounidense. Pero es en Polonia que Reagan ve la mejor posibilidad para realizar sus planes contrarrevolucionarios contra la Unión Soviética al “echar atrás” las conquistas económicas y sociales de la posguerra en Europa del Este. La toma del poder por Solidarnosc representaría un triunfo para Wall Street y el Pentágono, para el Mercado Común y el FMI, para sanguinarios dictadores latinoamericanos y racistas sudafricanos. La creación de una Polonia dentro del “mundo libre” acercaría enormemente la horrible posibilidad de un holocausto nuclear antisoviético.

  

Con la supresión de Solidarnosc por el ejército polaco, los planes del imperialismo EE. UU. de integrar a Polonia al “mundo libre”, o al menos de una batalla sangrienta entre el ejército soviético y las masas polacas, han sido frustrados. Reagan ha reaccionado con sanciones económicas contra los polacos y los rusos. En tanto que los europeos occidentales y los japoneses no sigan su ejemplo -y es casi seguro que no lo harán- estas sanciones terminarán por dañar más a los capitalistas norteamericanos que a los rusos. Sin embargo, independientemente del efecto cuantitativo de las acciones de Reagan, todo obrero consciente debe oponerse a esta guerra económica imperialista contra la Unión Soviética. ¡Abajo las sanciones antisoviéticas!

  

La bancarrota del estalinismo liberal

  

Si hoy un sector importante de la clase obrera polaca busca su salvación en el imperialismo occidental, no se explica simplemente por el terror del período de Stalin que gradualmente se convirtió en abuso y mala administración bajo Gomulka y luego Gierek. Un crimen anterior del estalinismo destruyó las importantes tradiciones del comunismo internacional en Polonia. Miles de militantes comunistas polacos que huyeron a la URSS escapando la dictadura fascistoide de Pilsudski fueron muertos en las purgas de fines de los años 30. El Partido Comunista Polaco fue liquidado oficialmente, y la ocupación nazi completó la obra de descabezar al proletariado polaco, especialmente su importante componente judío. Por lo tanto, la burocracia gobernante del período después de 1945 fue constituida por elementos puramente arribistas que carecían incluso de las tradiciones comunistas degeneradas de los viejos estalinistas.

  

La crisis actual es, ante todo, una reacción a la bancarrota del estalinismo liberal. Cuando Wladyslaw Gomulka subió al poder en 1956 a raíz del levantamiento de Poznan, lo hizo prometiendo la democracia obrera más amplia. Luego se dio la vuelta y suprimió los consejos obreros y los intelectuales de izquierda que lo habían apoyado contra los estalinistas duros, al mismo tiempo que fortalecía las posiciones de la iglesia católica y los pequeños propietarios campesinos. Cuando Gierek reemplazó a Gomulka luego del levantamiento de los obreros de la costa báltica en 1970, lo hizo prometiendo una prosperidad sin precedentes. Luego procedió a hipotecar ruinosamente la riqueza polaca a los banqueros occidentales y subsidió, también ruinosamente, al campesinado terrateniente. En consecuencia de esta experiencia repetida, cuando los obreros polacos se levantaron de nuevo en agosto de 1980, esta vez miraban hacia la poderosa oposición de la iglesia católica y de los disidentes nacionalistas, tras los cuales se encuentra el imperialismo occidental. Por un año la dirección clerical-reaccionaria de Solidarnosc agrupada alrededor de Lech Walesa se abstuvo de llamar por el derrocamiento del sistema “comunista” oficial (un estado obrero burocráticamente deformado) y por su reemplazo con la “democracia” (burguesa). Ahora han caído las máscaras.

  

¿Y ahora qué para Polonia?

  

El golpe preventivo del régimen de Varsovia ha sido eficaz por ahora. Cuando la ley marcial fue declarada, activistas de Solidarnosc no detenidos llamaron a una huelga general. Aun cuando las noticias provenientes de Polonia han sido escasas, parece que las huelgas están limitadas a ciertos baluartes de Solidarnosc y hay muy poca resistencia activa y seria a la ley marcial. Todavía existe la posibilidad, sobre todo en vista de las desesperadas condiciones económicas, de que los agitadores anticomunistas dentro y alrededor de Solidarnosc puedan provocar protestas de masas llevando a una escalada violenta y hasta una guerra civil. Bajo estas condiciones, una intervención militar soviética bien podría ser el único medio disponible para suprimir la contrarrevolución. Pero es claramente en el mejor interés de la clase obrera que la intentona contrarrevolucionaria de Solidaridad sea apartada en la forma más rápida y tranquila, y con el menor derramamiento de sangre posible.

  

En el proceso de frustrar la toma del poder por elementos capitalistas-restauracionistas, detuvieron cierto número de dirigentes de Solidarnosc. Han sido suspendidos los derechos de huelga y de protesta, impuesto un toque de queda, cerradas las fronteras de Polonia, interrumpidas o cortadas las comunicaciones telefónicas y telegráficas. Conforme pasa el peligro contrarrevolucionario inmediato, estas medidas de ley marcial deben ser levantadas, incluso poniendo en libertad a los dirigentes de Solidarnosc. Una vanguardia trotskista busca derrotarlos políticamente, mediante la movilización de la clase obrera polaca por sus verdaderos intereses de clase.

  

Para los trotskistas, la actual crisis polaca reafirma poderosamente la necesidad, de una revolución política proletaria contra las burocracias estalinistas, especialmente frágiles en Europa del Este. Por su escala y forma, la movilización social alrededor de Solidarnosc demuestra el poder de la clase obrera para tomar control de la sociedad. Pero bajo el tutelaje de la iglesia católica y la dirección de nacionalistas neopilsudskistas y socialdemócratas pro occidentales, el contenido social de Solidarnosc es profundamente anti-proletário. Un movimiento obrero proletario-internacionalista solo puede reconstruirse en Polonia bajo la dirección de una vanguardia trotskista con un programa de unidad revolucionaria de los obreros polacos y rusos. Esta unidad, dirigida necesariamente contra las burocracias estalinistas, es clave para la defensa de las economías colectivizadas y las conquistas de Octubre.