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El frente popular: peligro para la clase obrera

  

  

Esto fue originalmente impreso en inglés en Workers Vanguard no. 14, diciembre de 1972. Esta versión fue impresa en español en Cuadernos Marxistas no. 3

  

Ante las continuas concesiones del gobierno del frente popular, la burguesía chilena se está movilizando para la contrarrevolución. Tras una fachada de evolución, la sociedad chilena se ha polarizado hondamente y está avanzando hacia una explosión, una embestida contrarrevolucionaria frente a la cual el proletariado está indefenso. Mientras que las fuerzas de la represión se preparan para el enfrentamiento y la pequeña burguesía se pasa al campo de la reacción, la clase obrera está desnuda, sin órganos de doble poder, sin armas, sin vanguardia.

  

El gobierno de la Unidad Popular (UP) de Salvador Allende no defenderá a las masas proletarias y campesinas contra la salvaje movilización reaccionaria, porque la única defensa es la movilización independiente del proletariado en su propio interés de clase revolucionario, y el gobierno de la Unidad Popular está dedicado a la subordinación del proletariado a los llamados “sectores progresivos de la burguesía nacional”. La trágica derrota que amenaza a las masas chilenas tiene muchísimos precedentes: la desastrosa política de Stalin de alianza con Chiang Kai-shek, que llevó directamente a la estrangulación de la Revolución China en las masacres de Shanghai y Cantón en 1927; la sangrienta derrota de la revolución española de 1937 y la firme instalación de la dictadura de Franco; la matanza de más que medio millón de obreros y campesinos indonesios en 1965 resultado de la política maoísta de “coexistencia pacífica” con Sukarno; la traición inminente por el FLN/ RDV estalinista de los veinticinco años de lucha de las masas vietnamitas.

  

En Chile se puede ya mascar lo que se avecina al poner Allende a veinticuatro provincias bajo control militar (diciéndole a los obreros que se queden en casa) cuando capitula ante la movilización reaccionaria de la pequeñaburguesía, cuando consolida la posición de la élite militar, cuando dispara contra los campesinos que están cogiendo las haciendas abandonadas, y cuando arresta a obreros y estudiantes que tratan de impedir que manifestaciones fascistas invadan las calles. Como Torres en Bolivia, Allende está demostrando que su lealtad fundamental está con la burguesía y como Torres permitirá que tanto él como su coalición de frente popular sean eliminados del poder antes que desatar las fuerzas de la clase obrera.

  

Revolución por etapas

  

Uno de los mitos alentados por los mencheviques chilenos de última hora (el PC y el PS de Allende) es que la clase dirigente chilena es una aristocracia feudal terrateniente. A partir de esta suposición deducen que es necesaria una revolución en dos etapas: “primero” una alianza anti-feudal con la burguesía nacional “progresista” para realizar las tareas democráticas y nacionales, y “más tarde” (es decir, nunca) una revolución socialista. ¡Pero hasta la suposición es falsa! Chile, como la mayoría de las naciones latinoamericanas, logró su independencia de España en las guerras nacionales que siguieron a los levantamientos de 1810. Estas guerras fueron dirigidas por hombres como Bernardo O’Higgins, Simón Bolívar y Antonio Sucre. Fueron revolucionarios burgueses, casi todos francmasones; ligados íntimamente al imperialismo británico. Representaban los intereses de una burguesía comerciante, minera y terrateniente que tenía conexiones íntimas con el mercado mundial. Durante este siglo, esta misma clase se extendió a la industria ligera, pero sin dividirse en sectores agrarios e industriales, y aún menos en segmentos “oligárquicos” y “progresistas”. La familia Edwards en Chile, símbolo de los monopolistas, es un gran terrateniente (capitalista), dueña de varias industrias, accionista mayor del Banco de Londres y Sudamérica, dueña del periódico El Mercurio y una fuerza importante en el Partido Nacional.

  

Chile es un país predominantemente urbano con un fuerte movimiento obrero desde hace 100 años. Ya en 1907 un 43 por ciento de la población era urbana; hoy es más de tres cuartos urbana. El primer sindicato (el de los obreras del ferrocarril) fue fundado en 1852, y la base principal del movimiento obrero fue asentada en las “sociedades de resistencia” de los mineros del nitrato construidas en las regiones norteñas durante la década de 1890. La primera federación nacional de obreros, la Gran Federación Obrera Chilena, fue establecida en 1909, y en 1912 el Partido Socialista Obrero fue fundado por Luis Emilio Recabarren, un socialista de izquierdas semejante al norteamericano Eugenio Debs. En 1921 Recabarren llevó al partido a la Internacional Comunista, convirtiéndose en el primer y mayor PC en Latinoamérica (tenia aproximadamente cincuenta mil miembros antes de la elección de Allende). Hoy, aproximadamente 35 por ciento de los obreros están sindicados (comparado con aproximadamente 25 por ciento en los Estados Unidos), y casi un 20 por ciento están en la Central Única de Trabajadores (CUT), dirigida por el PC con grandes minarlas del PS y del PDC.

  

En contradicción con lo que pretende la mitología burguesa, la historia de la lucha de clases en Chile está impregnada de violencia. Desde la masacre de los mineros del nitrato en Iquique en 1907 (más de 2.000 fueron segados por las ametralladoras) al ataque de la Democracia Cristiana contra los huelguistas de El Teniente en 1966, la clase dirigente de Chile nunca ha titubeado en utilizar al ejército y a la policía para proteger sus intereses de clase. Aún más, el PC fue declarado ilegal durante la mayor parte de su historia, durante los años 1925-35 y 1948-58.

  

El gobierno de frente popular

  

El gobierno de la UP de Allende es el producto de una coalición electoral entre el Partido Socialista, el Partido Comunista, el Partido Radical (el partido clásico de la burguesía liberal en Chile) y varios partidos menores de la pequeña burguesía (el MAPU, el API, el PSD). Es un frente popular clásico ― esto es, una coalición de partidos obreros y partidos burgueses “progresistas”. A pesar de la base obrera del gobierno de la Unidad Popular (el voto por los partidos burgueses es apenas un quinto de los votos combinados de los partidos obreros), la burguesía está fuertemente representada. La coalición no podría haber ganado una pluralidad sin los radicales, incluyendo y especialmente su ala derecha. A pesar del pequeño número de votos por el Partido Radical, el primer gabinete de Allende contuvo una mayoría de ministros burgueses.

  

Para poder tomar posesión de su cargo Allende tuvo que llegar a un compromiso con la Democracia Cristiana, el partido burgués dominante hoy en día. (La UP obtuvo sólo una pluralidad ―36 por ciento del voto― y la elección de Allende por el Congreso dependía del apoyo del PDC.) Este compromiso fue codificado en un “Estatuto de Garantías Constitucionales” ― enmiendas constitucionales que declaraban ilegal el formar milicias privadas (tales como milicias obreras) o dar puestos a oficiales de la policía o militares que no se hubieran entrenado en las academias oficiales (asegurando así el firme control de las fuerzas armadas por la élite militar establecida). En el Congreso, ningún programa de Allende puede ser aprobado sin el apoyo del PDC, y desde junio de 1972 la UP ha tratado repetidamente de inducir a la Democracia Cristiana a que entre en el gobierno. Y de postre, Allende nombra ahora a unos generales para encabezar tres ministerios claves, incluyendo al comandante en jefe del Ejército, el General Prats, como Ministro del Interior (encargado de la policía).

  

La mejor expresión del carácter del gobierno de Allende viene dada por el PC, el partido más consistente de la coalición. En un importante reciente artículo Orlando Millas, miembro del Comité Político del PC, escribe:

  

“Chile se ha dado un Gobierno Popular correspondiente a una democracia avanzada que asegura condiciones favorables a la lucha por el socialismo. En esta democracia avanzada, con este Gobierno Popular… se requiere una política certera… de alianza suyas con las masas populares de la ciudad y del campo y con la pequeñoburguesía y la burguesía pequeña y media. Para aislar al imperialismo, a los terratenientes y a la oligarquía financiera.

  

“El Gobierno Popular es la resultante de la política patriótica de vinculación del proceso revolucionario con el desarrollo democrático en el curso de cuya aplicación la clase obrera… tomó en sus manos las reivindicaciones legítimas de todas las clases y capas sociales antiimperialistas y antioligárquicas.”

  

Punto Final 23 de junio, 1972

  

Frentes populares no son nada nuevo en la historia de Chile; el país ha pasado por varios entre los años 1938 a 1948, empezando por la coalición PC-PS-Radical bajo Pedro Aguirre Cerdá (en el cual Allende mismo fue ministro por el PS). Varias reformas de la beneficencia social fueron llevadas a cabo bajo estos gobiernos de colaboración de clases, pero el resultado neto para el proletariado chileno fue la derrota: los sueldos cayeron de 27 por ciento a 21 por ciento de la renta nacional durante 1940-1963, mientras que los beneficios aumentaron tremendamente; se fortalecieron los partidos de la derecha y se desorganizaron los sindicatos. El principio del fin vino en 1947 cuando el Presidente Videla proscribió a su asociado en la coalición, el PC, (supuestamente a causa de la huelga de los mineros) y detuvo a cientos de líderes obreros en campos de concentración. (El PS ayudó a romper la huelga y después entró en el gobierno de Videla.) Durante todo el período no se hizo nada sobre la reforma agraria.

  

Allende, por supuesto, aduce que este frente popular actual es diferente:

  

“... sí bien es cierto que estábamos los mismos partidos que hoy día, la hegemonía la tenía el Partido Radical, que era el partido de la burguesía y ésa es la diferencia que existe hoy día entre la Unidad Popular y el Frente Popular: en la Unidad Popular... hay una clase hegemónica, la clase obrera, y hay un presidente socialista marxista.”

  

― R. Debray, Conversación con Allende

  

Pero ni esto es nuevo. Exactamente esta misma situación existió en el gobierno del frente popular español bajo el “socialista de izquierdas” Largo Caballero. Como Trotsky señaló:

  

“El hecho que más sorprende políticamente, es que en el Frente Popular Español no hay siquiera, en esencia, paralelogramo de fuerzas: el lugar de la burguesía está ocupado por su sombra. Por intermedio de los estalinistas, de los socialistas y de los anarquistas, la burguesía española ha subordinado a su control al proletariado, sin tomarse el trabajo de participar en el Frente Popular… No quedaron en el campo republicano más que los deshechos insignificantes de las clases poseedoras, los señores Azaña, Companys y sus semejantes, abogados políticos de la burguesía, pero de ningún modo ella misma… No representaban más que a ellos mismos. No obstante, gracias a sus aliados socialistas, estalinistas y anarquistas, esos fantasmas políticos jugaron en la revolución un rol decisivo. ¿Cómo? Simplemente, en tanto que encarnación del principio de la ‘revolución democrática’, esto es, de la inviolabilidad de la propiedad privada.”

  

― Trotsky, Lecciones de España - Ultima advertencia, 1937

  

Un frente popular con la “sombra” de la burguesía es todavía un frente popular. La “Revolución Española” murió en su infancia, a pesar de la lucha heroica de las masas, porque los dirigentes de las organizaciones obreras tradicionales rehusaron romper con la burguesía y movilizar al proletariado por el socialismo.

  

Fueron los socialdemócratas Scheidemann y Noske, los verdugos de la revolución alemana, los que llamaron a la unidad de explotadores y explotados. Fue Stalin el que inventó la “teoría” del frente popular en su pánico por obtener una alianza con las burguesías “democráticas” de Inglaterra y Francia contra Hitler. En 1917 fueron los mencheviques los que se aliaron con los Kadetes burgueses (el Partido Democrático Constitucional) en el Gobierno Provisional. Lenin denunció esta traición terminantemente, contraponiendo la demanda “Abajo los diez ministros capitalistas” ― por un gobierno de los partidos obreros únicamente. El Cuarto Congruo de la Internacional Comunista insistió claramente en este punto:

  

“Los partidos de la Segunda Internacional tratan de ‘salvar’ la situación… aconsejando y formando un gobierno de coalición de partidos burgueses y socialdemócratas… A esta coalición burguesa socialdemócrata abierta o escondida, loa comunistas contraponen el frente único de todos los obreros y una coalición de todos los partidos obrero en la arena económica y política para la lucha contra el poder burgués y por su derrocamiento final... Los deberes primordiales del gobierno obrero deben ser armar al proletariado, desarmar las organizaciones burguesas contrarrevolucionarias, introducir el control de la producción... y romper la resistencia de la burguesía contrarrevolucionaria.

  

― “Tesis sobre tácticas, 1922

  

El simple hecho de enunciar la posición leninista revela cuán lejos del leninismo están el gobierno de Allende y sus apologistas.

  

Las nacionalizaciones de la UP

  

El programa de la Unidad Popular propugna extensas nacionalizaciones. El “Programa de Gobierno” de la Unidad Popular de 1970 declara:

  

“Las fuerzas populares unidas buscan como objeto central de su política remplazar la actual estructura económica, terminando con el poder del capital monopolista nacional y extranjero y del latifundio, para iniciar la construcción del socialismo….

  

“El proceso de transformación de nuestra economía se inicia con una política destinada a construir un área estatal dominante... Así, quedarán integrando este sector de actividades nacionalizadas las siguientes:

1) La gran minería del cobre, salitre, yodo, hierro y carbón mineral.2) El sistema financiero del país, en especial la banca privada y seguros.

3) El comercio exterior.

4) Las grandes empresas y monopolios de distribución.

5) Los monopolios industriales estratégicos.

6) En general, aquellas actividades que condicionan el desarrollo económico y social del país, tales como la producción y distribución de energía eléctrica; el transporte ferroviario, aéreo y marítimo; las comunicaciones; la producción, refinación y distribución del petróleo y sus derivados, incluido el gas licuado; la siderurgia, el cemento, la petroquímica y química pesada, la celulosa, el papel.”

  

Y muchas de estas nacionalizaciones han sido llevadas a cabo. Las grandes minas del cobre (El Teniente, Chuquicamata, El Salvador, Exótica) de los monopolios Kennecott y Anaconda son hoy propiedad del estado. También han sido nacionalizadas las minas de nitrato, hierro, yodo y carbón de piedra; casi todos los bancos privados (domésticos y extranjeros); el comercio exterior; varias grandes fábricas papeleras, textiles y del auto.

  

Pero este programa no sobrepasa los límites del capitalismo. De hecho, este programa ayuda a ciertos sectores de la burguesía industrial. El programa mismo subraya que no se nacionalizarían más que 150 de las 30.500 empresas ―y los dueños serían compensados. La industria quedaría en gran parte intacta. La reforma agraria es simplemente la ley del previo gobierno de Frei (PDC), que deja exenta 80 hectáreas de tierra de regadío (o su equivalente, que son 800 hectáreas en las regiones ganaderas), también proveyendo compensación total. La primavera pasada, cuando el Ministro de Economía Vuskovic (PS) propuso una lista de 91 grandes compañías que deberían ser nacionalizadas, esto provocó una alborotada protesta por parte de la Democracia Cristiana y finalmente su caída. La lista fue olvidada. El programa de la UP no expropia a la burguesía como clase.

  

Reclamamos, en palabras del “Programa de Transición” de Trotsky, “el programa socialista de la expropiación, vale decir, de la destrucción política de la burguesía y de la liquidación de su dominación económica.” Como señala el “Programa de Transición”:

  

“La diferencia entre estas reivindicaciones y la consigna reformista demasiado vieja de ‘nacionalización’ consiste en que 1) Nosotros rechazamos la indemnización; 2) Prevenimos a las masas contra los charlatanes del Frente Popular que mientras proponen la nacionalización en palabras, siguen siendo, en los hechos, los agentes del capital; 3) Aconsejamos a las masas a contar solamente con su fuerza revolucionaria; 4) Ligamos el problema de la expropiación a la cuestión del poder obrero y campesino.”

  

En Ghana, bajo Nkrumah, o en Argelia y Egipto hoy, se han llevado a cabo reformas agrarias en gran escala, y el control estatal de la banca, del comercio exterior y de gran parte de la industria. En Italia la mayor parte de la industria está en manos de gigantescos trusts de estado, el IRI y el ENI, como herencia del fascismo. Pero mientras la burguesía siga existiendo como clase, controlando los medios de producción importantes, ningún número de nacionalizaciones cambiará el carácter de la economía: es capitalista.

  

El carácter de clase del estado

  

El programa de la UP reclama una “Asamblea Popular”:

  

“Una nueva Constitución Política institucionalizará la incorporación masiva del pueblo al poder estatal. Se creará una organización única del Estado estructurada a nivel nacional, regional y local que tendrá a la Asamblea del Pueblo como órgano superior de poder.... Los integrantes de la Asamblea del Pueblo y de todo organismo de representación popular estarían sujetos al control de los electores... que podrán revocar sus mandatos.”

  

― “Programa de Gobierno” de la UP, 1970

  

Pero esto es solamente un gesto para encauzar el odio que las masas tienen por el estado de los patronos hacia el reformismo. Mientras que el ejército burgués y la policía reinen supremos y la clase obrera permanezca desarmada, mientras que el proletariado no esté organizado en sus propios órganos de poder de clase (soviets), independientes del estado burgués, no existirá ni siquiera un doble poder, mucho menos un estado obrero. Una “Asamblea Popular” sería un parlamento burgués modificado y nada más.

  

En el centro está la cuestión del poder estatal. El ejemplo chileno es la encarnación de la llamada “vía pacifica al socialismo”. Allende se refiere a esto como la esencia de la “vía chilena”:

  

“Las circunstancias en Rusia en 1917 y las de Chile ahora son muy diferentes. Nuestro método revolucionario, el método pluralista, fue anticipado por los teóricos marxistas clásicos pero nunca ha sido puesto en práctica antes... Chile hoy es la primera nación en el mundo que ha puesto en práctica el segundo modelo de transición a una sociedad socialista....

  

“Los escépticos y los profetas de la ruina dirán que esto no es posible. Dirán que un parlamento que ha servido a las clases dirigentes con tanta eficacia no puede transformarse en el Parlamento del Pueblo Chileno. Aún más, han declarado enfáticamente que las Fuerzas Armadas y el Cuerpo de Carabineros... no consentirán en garantizar la voluntad del pueblo si éste se decidiera al establecimiento del socialismo en nuestro país…

  

“Ya que el Congreso Nacional está basado en el voto del pueblo, no existe nada en su naturaleza que impida que se transforme para volverse, de hecho, el Parlamento del Pueblo. Las Fuerzas Armadas y los Carabineros, fieles a su deber y a su tradición de no-intervención en el proceso político, apoyarán a una organización social que corresponde con la voluntad del pueblo…

  

“Si no se desata la violencia contra el pueblo, seremos capaces de cambiar las estructuras básicas sobre las que descansa el sistema capitalista en una sociedad democrática, pluralista y libre, y de hacer esto sin la innecesaria fuerza física, sin desorden en las instituciones, sin desorganizar la producción…” 

  

― “Primer mensaje al Congreso”, 1970

  

No hay nada nuevo en esta “teoría” de la “vía chilena”. El himno triunfal de Allende a una “sociedad democrática pluralista y libre”, la descripción de Millas de Chile como una “democracia avanzada” ― que lindamente corren parejas estas ideas con la declaración del revisionista Kautsky de que “la dictadura del proletariado era para Marx una condición que necesariamente se desarrolla dé la democracia pura, si el proletariado forma la mayoría”. Marx sin embargo, desautorizó este concepto en una sola frase:

  

“La Comuna ha demostrado, sobre todo, que ‘la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal y como está y servirse de ella para sus propios fines’.”

  

― Marx y Engels, Prefacio a la edición alemana de 1872 del Manifiesto Comunista

  

Y Engels podía haber estado hablando específicamente a los reformistas chilenos cuando escribió:

  

“¿Han Visto estos caballeros alguna vez una revolución? Una revolución es ciertamente la cosa mis autoritaria que existe; es un acto por el cual una parte de la población impone su voluntad sobre la otra por medio de rifles, bayonetas y cañones ― siendo todos ellos medios muy autoritarios. Y el grupo que triunfa tiene que mantener su mandato por medio del terror que sus armas inspiran en los reaccionarios.”

  

― Engels, “Sobre la autoridad”

  

Chile ―esta “democracia avanzada”― tiene el ejército más grande, en comparación con su población, de cualquier país en Latinoamérica, y una de las mayores burocracias. En Chile hoy existe la dictadura de la burguesía, presidida por un gobierno de frente popular que incluye los partidos obreros más grandes. Hasta que sea aplastado por una clase obrera armada y políticamente consciente, seguirá reprimiendo a las masas explotadas en interés del capital.

  

Después de las elecciones de septiembre de 1970, existía una actividad considerable de la derecha que trataba de impedir que Allende tomase el poder. Como establecieron los documentos de la ITT, el embajador de los EE.UU. y la CIA estaban en contacto estrecho con el General Viaux, que a su vez estaba implicado en el asesinato del General Schneider, el jefe de las fuerzas armadas, en un intento de provocar un golpe militar. Los demócratas cristianos, sin embargo, pusieron todo su empeño en domesticar a Allende. Cuando la UP, después de protestas iniciales, firmó el “Estatuto de Garantías Constitucionales”, aún el reaccionario Partido Nacional apoyó su elección en el Congreso. En su mensaje inaugural, Allende prometió respetar la “legalidad” y exhortó al “trabajo y sacrificio” a las masas en el “nuevo” Chile.

  

Durante 1971 el gobierno de la UP llevó a cabo varias medidas progresivas. Con el consentimiento del PDC Allende nacionalizó las minas de cobre, hierro, salitre y otras minas en manos de monopolios extranjeros. Utilizando leyes que han estado en los libros desde los años 30, decretó la nacionalización de varias fábricas textiles e industrias ligeras en manos de compañías estadounidenses. Por medio de negociaciones el gobierno compro las acciones de casi todos los bancos privados, y por decreto nacionalizó el comercio exterior.

  

Envalentonadas, la clase obrera y las masas campesinas tomaron centenares de haciendas y fábricas. Un grupo medio castrista, medio “nueva izquierda”, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) dirigió mis de 300 tomas de haciendas en los primeros meses del gobierno de la UP, y organizó muchas de las “poblaciones callampas” (barriadas pobres ilegales) alrededor de la capital. Los obreros industriales, casi todos bajo la dirección sindical del PC tomaron varias fábricas, destacándose una fábrica de asamblaje de la Ford y catorce fábricas textiles. A principios de 1971 subieron los sueldos mientras que los precios permanecieron en su mayor parte bajo control. Resultando en un aumento real de salarios de 30-40 por ciento.

  

Pero el gobierno de la UP pronto quedó desenmascarado como el agente de la clase capitalista, defensor de la propiedad privada y de la legalidad burguesa. En respuesta a una campaña de presión de las derechas, el gobierno, comenzando a mediados de 1971, se ha opuesto por la fuerza a las invasiones de tierra de los campesinos, produciendo seis muertos y decenas de presos solamente en la provincia de Cautín. El 22 de mayo de este año los Carabineros (la policía nacional) atacaron en Concepción a una importante contramanifestación anti-derechista compuesta de los partidos de la UP, la federación laboral, y el MIR y detuvieron a 80, casi todos miristas. El ataque fue dirigido por el “Grupo Móvil” la elite de la policía que el programa de la UP había prometido desmantelar. Durante los recientes motines de las derechas el gobierno una vez más se concentró en arrestar a izquierdistas, y puso al país bajo control militar. (En ese mismo momento las marinas chilena y norteamericana llevaban a cabo maniobras conjuntas a corta distancia de la costa.) El día después de que Allende instalara a tres ministros militares, las oficinas centrales de su propio PS sufrieron una redada de la policía en busca de armas ― con una autorización obtenida por el grupo fascista Patria y Libertad. Frente a estos ataques crecientes de la derecha, la UP mantiene solemnemente que la tarea principal es ¡“ganar la batalla de la producción”!

  

Allende se ha echado atrás en varios puntos del programa de la UP, capitulando bajo la presión de las derechas. Proyectos de ley que reclamaban una  “Asamblea Popular” y “Tribunales Comunales” fueron dejados a un lado a causa de la resistencia del PDC. En febrero de 1972 Allende consintió a pagar 85 millones de dólares en bonos emitidos por el previo gobierno de Frei:

  

“La razón es que Chile está intentando organizar un nuevo programa de balanza de pagos de más de 2.000 millones de dólares a sus acreedores de los Estados Unidos y Europa Occidental…. Según fuentes financieras, Chile ha accedido de mala gana a permitir que el Fondo Monetario Internacional revise periódicamente su situación monetaria de créditos y comercial, como parte de un arreglo para obtener el refinanciamiento de su deuda.”

  

New York Times, 26 de febrero de 1972

  

Allende todavía se negaba a pagar compensación por las nacionalizaciones de la UP. Pero dos meses más tarde:

  

“Los Estados Unidos y otras 11 naciones acreedoras han accedido a primeras horas de hoy a conceder a Chile un grado mayor de crédito obteniendo a cambio una promesa de compensación justa por todas las nacionalizaciones conforme a las leyes chilenas e internacionales.”

  

New York Times, 20 de abril de 1972

  

Chile en crisis

  

Al llegar el verano de 1972 el gobierno de la UP había alcanzado una situación de crisis, el apoyo del que gozaba claramente en disminución, como se demostró por las elecciones especiales al Congreso y un aumento dramático en el apoyo a la Democracia Cristiana en la principal federación obrera. Mientras que algunos en el Partido Socialista apremiaron hacia una “aceleración en el ritmo de la transformación revolucionaria” (es decir, más nacionalizaciones), el Partido Comunista reclamó más concesiones:

  

“Cabe, entonces, poner el acento en la defensa del Gobierno Popular, en su mantenimiento y en la continuidad de su obra. Sería funesto seguir ampliando el número de los enemigos y, por el contrario, deberán hacerse concesiones y, al menos, neutralizar a algunas capas y determinados grupos sociales, enmendando desaciertos tácticos.”

  

― Orlando Millas, Punto Final, 20 de junio de 1972

  

Fiel a su tradicional línea reformista Allende remplazó al Ministro de Economía Vuskovic, del PS, por un socialista “menos dogmático” y abandonó la lista de 91 compañías que debían ser nacionalizadas, para “tranquilizar a los círculos financieros” El New York Times, órgano central del imperialismo yanqui, se explayó en hipócritas alabanzas de estas medidas:

  

“El Presidente Allende ha comenzado a resolver la severa crisis en el seno de la coalición de la Unidad Popular rechazando el consejo radical de su propio Partido Socialista y adoptando el enfoque más moderado y conciliatorio a que apremiaban los comunistas... [Los comunistas] apremian a la consolidación, en vez de la rápida extensión, de los programas sociales y económicos del gobierno de Allende, a negociaciones sobre reforma constitucional con la Democracia Cristiana y a una relación de cooperación con el comercio privado…. Esta decisión puede forzar al presidente a reprimir duramente al MIR... pero esto es infinitamente preferible a una continuación de la polarización... El objetivo de la oposición democrática chilena hoy unida, debe ser siempre no el forzar al Dr. Allende a que abandone la presidencia, sino hacer que su gobierno se adapte a las reglas establecidas del juego.”

  

New York Times, 20 de junio de 1972

  

Desde entonces, la UP ha intentado repetidamente convencer a la Democracia Cristiana a entrar en la coalición. El PDC, sin embargo, se está inclinando cada vez más hacia la derecha a medida que la situación se polariza. El crecimiento del grupo fascista Patria y Libertad, y de los comandos armados anticomunistas en el campo y en los barrios urbanos ricos, son otras tantas indicaciones de esta polarización.

  

Recientemente, una protesta por los propietarios pequeñoburgueses de camiones sobre un plan del gobierno para crear una compañía estatal de transporte se extendió hasta convertirse en una movilización en contra del gobierno por los propietarios de tiendas, los médicos y otros profesionales, los autobuses privados, los dueños de taxis, las compañías constructoras y las escuelas católicas en respuesta a una llamada a “huelga general” de los “sindicatos” y las asociaciones comerciales del PDC. Sus demandas incluían: la supresión de las Juntas de Abastecimiento Precios (las JAP) y de los “comités para la defensa de la revolución” (guardias obreras sin armas); una enmienda constitucional prohibiendo las nacionalizaciones sin aprobación del Congreso; la expulsión de “extremistas” extranjeros; el abandono de los planes para un banco estatal unificado y una compañía estatal de transporte; la reapertura de las emisoras de radio de la derecha; la anulación de todas las sanciones contra los que habían participado en el “paro patronal”.

 

Frente a esta movilización abiertamente contrarrevolucionaria, Allende abandonó su plan para una compañía estatal de transporte, metió a los militares en el Gabinete e y movilizó al Ejército. En medio de esta crisis, anunció:

  

“Ya no estamos al borde de la guerra civil… Si quisiéramos, podríamos tener 150.000 personas aquí. La más mínima palabra traería a 15 o 20.000 obreros de la periferia industrial de Santiago para abrir las tiendas. Les hemos dicho que no. La fuerza de este gobierno está en el respeto por la Constitución y la ley.”

  

Le Monde, 24 de noviembre de 1972

  

“No espantemos a la burguesía progresista hacia el campo de la reacción”, gritan los estalinistas y los socialdemócratas (aparentemente no se han dado cuenta de que la clase capitalista en su totalidad se pasó al campo reaccionario hace mucho tiempo). Allende está intentando un acto de equilibrio bonapartista sobre una olla hirviendo de antagonismos de clase al rojo. Pero no puede agitar indefinidamente una bandera roja ante la carga de la derecha. Como todo bonapartista, Allende y su gobierno de la UP están descubriendo que tienen que cimentar sus lazos con una de las clases fundamentales de la sociedad: la burguesía o el proletariado.

  

Sólo la movilización revolucionaria independiente de la clase obrera puede defender aún los derechos democráticos burgueses de las masas contra la brutal reacción. Los revolucionarios tienen que exigir de los partidos obreros: ¡Ruptura con el frente popular ― dividirlo a lo largo de líneas de clase; por la formación de consejos obreros; sólo una política proletaria independiente puede movilizar el apoyo de las masas trabajadoras por un gobierno obrero! Los izquierdistas revisionistas de los EE.UU. y de otras partes, que inicialmente profesaron el agnosticismo como un parapeto tras del cual buscaban perseguir a las masas en que se apoyaba la UP (ver “Frente popular en Chile”, Spartacist no. 19, noviembre-diciembre de 1970) puede que se encuentren pronto con la lección escrita en la sangre de las masas trabajadoras de Chile.

  

La destrucción del frente popular requiere antes que nada una lucha resuelta en contra de la política reformista del PC y del PS. Algunos quizás esperaban esto de los fidelistas, que hace unos pocos años proclamaban a voces la necesidad de una guerra de guerrillas por todo el continente. La “Declaración General” de la Organización Latinoamericana de Solidaridad de Castro proclamó en 1967:

  

“5. Que la lucha armada revolucionaria constituye el curso fundamental de la Revolución en América Latina; 6. Que todas las otras formas de lucha deben servir para avanzar y no para retrasar el desarrollo de este curso fundamental, que es la lucha armada.”

  

Pero en el preciso momento en que importa se ponen a cantar otra canción. Hablando ante los dirigentes sindicales de la CUT en noviembre de 1971, Castro declaro:

  

“... en los numerosos pronunciamientos que realizó la Revolución en relación al panorama general de América Latina, nosotros siempre veíamos la situación chilena con un carácter diferente... De manera que nunca hubo contradicción alguna entre las concepciones de la Revolución Cubana y los caminos que seguía el movimiento de izquierda y los partidos obreros en Chile...”

  

Hablando ante los obreros de la mina de cobre de Chuquicamata el 14 de noviembre, Castro les exhortó a que moderasen sus demandas salariales y a que trabajasen más duro ya que la mina habla sido nacionalizada.

  

El MIR: la “nueva izquierda” chilena

  

En el mismo Chile, la mayor organización política de izquierdas que queda fuera del gobierno de Allende es el MIR, que hasta las elecciones de la UP era un grupo relativamente pequeño. Pero a medida que grandes masas de trabajadores, ilusionados por la victoria de la UP, se fueron desencantando con la política conciliatoria de Allende, el MIR empezó a experimentar un crecimiento importante, y estableció un “Movimiento Campesino Revolucionario” (MCR) y un “Frente de Trabajadores Revolucionarios” (FTR). Aunque ha dirigido combativamente varias demonstraciones de masas y algunas expropiaciones de tierras, el MIR mantiene una actitud ambigua hacia el frente popular de la UP y no puede proveer ninguna claridad política para el movimiento obrero.

  

Formado en 1965 de una unificación de fidelistas, maoístas y ex-trotskistas (del Secretariado Unificado), las posiciones principales del MIR eran oposición a las elecciones y apoyó a la guerra de guerrillas. En 1961 el MIR se alineó formalmente junto a OLAS, y en 1969 se sumió en la clandestinidad para preparar operaciones de tipo de guerrillas. En abril de 1970 caracterizó al programa de la UP como de “esencialmente reformista de izquierdas”. Pero después de la elección de Allende exhortó a dar apoyo crítico a la misma UP, pidiendo que la UP implementase el programa que el MIR había condenado cinco meses antes.

  

Inicialmente el MIR se opuso a toda participación en actividades electorales o parlamentarias por principio (una posición que Lenin denominó “infantilismo ultra-izquierdista”), con el eslogan “Fusil, no elecciones”. En abril de 1970 el Secretariado Nacional del MIR declaró que las elecciones no son “más que un mecanismo de auto preservación de la clase dirigente, un método más refinado que la coerción bruta”, y exhortó a la abstención. Pero después de la victoria de Allende, adoptaron un análisis diferente:

  

“Sostenemos que la victoria electoral de la izquierda constituye un inmenso avance en la lucha del pueblo por la conquista del poder, y objetivamente favorece el desarrollo de un camino revolucionario en Chile...”

  

Punto Final, 13 de octubre de 1970

  

En la manera típica de la pequeñaburguesía radical, el MIR sucumbió a la “adoración del hecho consumado”, pasándose del abstencionismo sectario a la capitulación frente a un ejemplo craso de “cretinismo parlamentario”.

  

A veces el MIR ha llegado a un entendimiento parcial de la tarea fundamental: la expropiación de la burguesía como clase y la destrucción del estado burgués. Los slogans del MIR incluyen: “A Conquistar el Poder para los Trabajadores, A Instaurar un Gobierno Revolucionario de Obreros y Campesinos”. En un discurso el Secretario-General del MIR, Miguel Enríquez, declaró:

  

“Así, el gobierno de la Unidad Popular si bien hirió intereses de la clase dominante, si bien comenzó a tomar medidas positivas en el terreno económico en general... al no incorporar las masas al proceso y al no golpear el aparato del Estado y sus instituciones..., se hizo cada vez más débil. Ahora bien, son precisamente estas dos medidas: la incorporación de las masas al proceso y los golpes al aparato del Estado, las que definen a un proceso, como revolucionario....”

  

Punto Final, 9 de noviembre de 1971

  

Pero el MIR consistentemente pasa por alto el carácter de frente popular de la UP; ignora el hecho crucial de que una alianza con la democracia cristiana y los radicales, abierta o indirecta, es un aspecto básico del programa de la UP. Así, hace extraordinarias declaraciones tales como, “para poder aliarse con el PDC, es necesario frenar el proceso” (Punto Final, 6 de junio de 1972). Pide de Allende que lleve a cabo varios puntos del programa de la UP; le critica con camaradería. En vez de desenmascarar a los reformistas del PC y el PS como los enemigos más perniciosos de las masas chilenas, el MIR vacila y, finalmente, se alinea bajo la bandera de la UP: “El Movimiento de Izquierda Revolucionaria sostiene que a pesar que no concordamos con cada paso de la Unidad Popular, que a pesar de que tengamos diferencias con aspectos de su política, ello no significa que tengamos que ir a una ruptura definitiva con la Unidad Popular” (Punto Final, 9 de noviembre de 1971).  El MIR no ataca directamente la ilusión de una “vía pacífica al socialismo”, simplemente declara de pasada que en algún momento se hará necesaria la lucha armada. De hecho, el MIR ¡ni siquiera reclama el armamento de los obreros!

  

El MIR se basa principalmente en los campesinos y los pobladores y no en la clase obrera. En el campo, se orienta principalmente hacia los indios y los campesinos pobres y medios, no hacia el proletariado agrícola; entre los obreros, hacia sectores marginales de la clase en vez de los grandes centros mineros. Como los socialistas italianos en 1920, el MIR se concentra en ocupaciones de fábricas y de haciendas, aparentemente ignorando la necesidad decisiva de una lucha política en el movimiento obrero contra la traidora dirección del PS y el PC. En el fondo, el MIR no es una oposición revolucionaria contra el gobierno de frente popular, sino un grupo militante de presión (como lo llamó el New York Times, “un grupo militante operando en la periferia del gobierno de la UP”). Aún las combativas ocupaciones de las haciendas en el Sur de Chile se hicieron con la aprobación de la agencia de reforma agraria.

  

Un programa revolucionario para Chile

  

“La crisis histórica de la humanidad se reduce a la crisis de la dirección revolucionaria.” Estas palabras del programa de la Cuarta Internacional, escritas por Trotsky hace casi 35 años, han sido completamente confirmadas en Chile hoy. Las condiciones objetivas para una revolución socialista han existido durante décadas. Por medio de ocupaciones de tierras y de fábricas, movilizaciones de masas contra las fuerzas contrarrevolucionarias, aún en las olas iniciales de entusiasmo con que fueron acogidas las promesas de Allende, los obreros han mostrado repetidamente su deseo por un gobierno propio, por su propia dirección de clase. Pero los líderes tradicionales del movimiento obrero se esfuerzan por encima de todo en atar a las masas a su enemigo de clase. Lo que se necesita es una dirección bolchevique, un partido de vanguardia proletario.

  

El logro de este lema plantearía a quemarropa una elección perentoria: la dictadura del proletariado o la contrarrevolución burguesa ― guerra de clases abierta. Un arma poderosa para romper el yugo de los traidores de clase es la demanda que los partidos obreros deben “ROMPER CON LA BURGUESIA y SUS PARTIOOS ― FORMAR UN GOBIERNO OBRERO Y CAMPESINO BASADO EN UN PROGRAMA REVOLUCIONÁRIO”. Este slogan pone en evidencia la negativa de los reformistas a romper con el enemigo de clase. Sin expresar ninguna confianza en el deseo de los reformistas de tomar el poder y gobernar en su propio nombre, los bolcheviques deben al mismo tiempo continuar su propia agitación a favor de demandas de transición que constituyen un programa revolucionario para un gobierno obrero. Si se formase un tal gobierno, sería sólo un episodio breve en el camino hacia la dictadura del proletariado; el paso siguiente seria la guerra de clases abierta.

  

En Chile hoy, como el resultado de más de un siglo de desarrollo capitalista, la clase dirigente en el campo es una burguesía agraria; aparte de las comunidades indígenas hay pocas restricciones feudales en la propiedad de la tierra. El campesinado se caracteriza por un pequeño sector de campesinos medios (19 por ciento de la población agraria), comparado con los campesinos pobres (32 por ciento), los semi-proletarios (inquilinos) (26 por ciento) y el proletariado agrícola (14 por ciento). Por eso la dirección básica en el campo debe ser hacia la organización de los campesinos pobres, los semi-proletarios y el proletariado rural en alianza con la clase obrera urbana. El lema principal debe ser por la “EXPROPIACIÓN INMEDIATA DE LA BURGUESÍA AGRARIA, SIN COMPENSACION”. La forma inmediata de explotación de las haciendas expropiadas sería decidida por comités de campesinos pobres y obreros agrícolas, aunque probablemente comprendería cierto grado de producción colectiva. (La mayoría de los asentamientos de la reforma agraria son cultivados colectivamente, así como las haciendas tomadas.)

  

Un importante punto en discusión en Chile hoy es la actitud hacia la pequeñaburguesía. Frente a los esfuerzos de la burguesía para atraerse a la clase media a través de su respeto por la propiedad privada, Allende sólo sabe capitular. Como marxistas, nosotros buscamos ganar a los sectores más bajos y más explotados de la pequeñaburguesía por medio de un audaz programa de expropiaciones, planteando la dictadura del proletariado como la garantía de una sociedad estable y democrática, en contra de la anarquía burocrática desenfrenada en Chile hoy. Buscamos el neutralizar a otros sectores de la pequeñaburguesía, incluyendo a los campesinos medios, con garantías contra la colectivización forzada y por medio de crédito barato y un mercado cooperativo. Sin embargo, hacia la burguesía en sí, sólo una actitud es posible: “EXPROPIACIÓN TOTAL DE LA BURGUESÍA, COMENZANDO CON LOS SECTORES CLAVES, NINGUNA COMPENSACIÓN.”

  

Pero la clave de un programa revolucionario en Chile es la cuestión del poder estatal ― la dictadura del proletariado. Por lo tanto, requerimos la creación de “MILICIAS OBRERAS ARMADAS BASADAS EN LOS SINDICATOS”. Inicialmente dirigidas contra las bandas fascistas, estos serán los instrumentos decisivos para dividir el ejército y derrumbar el estado burgués.

  

Para movilizar a la clase obrera en su totalidad, y a sus aliados entre los otros sectores explotados de la población, reclamamos la creación de soviets de delegados obreros y campesinos pobres. Como instrumentos para organizar la conquista del poder. Se transformarán en la semilla de la dictadura del proletariado.

  

El camino a la victoria será arduo. La ausencia de un partido revolucionario de vanguardia es hoy el problema fundamental que afrontan los obreros chilenos. Esta vanguardia debe ser forjada a través de una lucha acerba por un programa de clase, contra el frente popular y los reformistas de la UP que están haciendo lo imposible por estrangular la revolución. Como Trotsky escribió sobre España: “PARA TENER EXITO EN TODAS ESTAS TAREAS, TRES CONDICIONES SON NECESARIAS: UN PARTIDO; OTRA VEZ UN PARTIDO; Y DE NUEVO, UN PARTIDO.”

  

  

*Todas las citas seguidas de un asterisco han sido traducidas de una transcripción en inglés, y pueden no coincidir con el original en español.