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EL POPULISMO, ¿MARXISMO?

  

  

Originalmente publicado en ESPARTACO Vol. I, No. 3, Febrero-Marzo 1967 

  

NOTA — En el número anterior, prometimos “Fidelismo y Guevarismo en Guatemala” para la presente edición. Por diferentes razones, publicamos el artículo en la edición no. 9 de Spartacist, nuestro órgano en inglés, aplazando el artículo en español para la próxima edición de Espartaco. En esta edición publicamos un análisis que creemos requisito teórico antes de publicar nuestro estudio sobre el MR-13 en Guatemala, en el cual analizaremos al fidelismo, guevarismo y a la Internacional de Juan Posadas.

 

ORÍGENES

  

La burguesía latinoamericana siempre ha sido adepta a inventarse nombres “autóctonos,” inspirados en el pasado colonial o proyectados a un futuro absolutamente irreal. Así, el hispanismo, la sandez de la “raza cósmica” y otras creaciones similares forman la imagen que la burguesía trata de construir de sí misma. Pero qué alejada de la realidad se encuentra; su total emasculación económica, su entreguismo al imperialismo yanqui, son la cruda veracidad de la situación. El escapismo ideológico sirve para cerrar los ojos a la realidad social, tratando de “compensar” la miseria y la explotación por medio de supersticiones y fantásticas idealizaciones.

  

Esta tendencia idealizadora, escapista, halla tierra fértil en los dislocados círculos “rebeldes” universitarios e intelectuales de la pequeñoburguesía. Ellos también tratan de escapar, imaginando utopías en donde un tribunal social armónico (v.g., el negocio pequeñoburgués) cubre a todas las clases sociales limitadas por una entidad (también pequeñoburguesa) llamada “patria.” Y ésta debe de ser una patria libre de la bancarrota permanente producida por la burguesía nacional y su amo, el imperialismo.

  

Pero la pequeñoburguesía, para solucionar este callejón sin salida creado por el imperialismo, no puede imaginar otra solución que una lucha “democrática” para lograr la “liberación nacional” y restaurar un sistema utópico-agrario de libre competencia, inspirado en un cierto indigenismo populista. Pero como las necesidades económicas contemporáneas de cualquier país latinoamericano exigen relaciones totalmente opuestas al capitalismo (aun el pequeñoburgués), nuestros pequeñoburgueses se ven obligados a tomar medidas socialistas y abandonar sus utopías prerrevolucionarias si es que se apoderan del gobierno, aunque instituyéndose despótica y burocráticamente sobre los obreros en el estado. Éste es el caso de Cuba socialista, la cual avanzará y se consolidará sólo si los obreros cubanos derrocan a la burocracia chovinista castrense y se apoderan completamente del gobierno socialista.

  

PERSPECTIVAS

  

Con razón Mariátegui decía: “No queremos que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heroica.” El subjetivismo idealista de semejante dicho suena típico; la pequeñoburguesía cree que con sólo desear o “no querer” algo, (¡en este caso un fenómeno social!) todo es posible. El socialismo en Latinoamérica es una necesidad histórica que sólo puede ser alcanzada continentalmente por el proletariado y su dictadura. Esto en sí connota un programa y tácticas definidas, no al “libre albedrío,” sino basados en los requerimientos revolucionarios concretos del proletariado latinoamericano. La cuestión de que no debe de ser calco y copia es una banalidad que no viene al caso.

  

La realidad social, siempre cambiante, requiere un estudio extenuante, especialmente en Latinoamérica. Pero los marxistas hacemos este estudio combinándolo con una firme finalidad: instituir la dictadura del proletariado en el continente y en el mundo. Semejante finalidad nos lleva a la conclusión que un desarrollo similar (no “copiado”) al proceso ocurrido en Rusia en Octubre de 1917, donde los obreros y su partido tomaron el poder, apoyándose en las grandes masas rurales, es posible también en la gran mayoría de los países latinoamericanos. Y además de posible, es absolutamente inapelable si nuestro programa, siendo marxista, requiere el mandato directo del proletariado sobre sus estados, la división de la labor industrial continental y la solución final del problema agrario en la tierra.

  

La Revolución Rusa nos sirve de modelo metodológico aunque nos damos perfecta cuenta que social y económicamente, Latinoamérica tiene enormes diferencias con la Rusia de 1917. Pero estas diferencias no son de substancia; no niegan que es el proletariado la única clase capaz de tomar continentalmente el poder en Latinoamérica. Esto es negado solamente por la pequeñoburguesía “rebelde.”

  

Latinoamérica no ha escapado de las leyes del desarrollo capitalista descubiertas por Marx y Lenin. Aunque el caso de Latinoamérica es un caso especial, como lo es cada continente, cada país, cada región, etc., existen generalidades definitivas que atan el desarrollo económico-político latinoamericano al resto del mundo, determinándolo, y más aún, siendo determinadas por él en estos momentos. Los modos productivos precolombinos y la explotación mercantilista colonial europea crearon una situación social propicia para la subsiguiente explotación semicolonial por parte del imperialismo europeo y finalmente, el norteamericano.

  

El proletariado latinoamericano, creado en el proceso, numerando más de quince millones en veinte países, es una clase que no puede ser relegada a un segundo plano. El futuro socialista en la América Latina lo decidirá definitivamente sólo el proletariado sostenido revolucionariamente por las grandes masas oprimidas rurales y urbanas del continente. Esto, y sólo esto, es posible, ya que el desarrollo económico y social del continente ha creado una situación de desbordamiento revolucionario definido fundamentalmente por la lucha de clases (entre el proletariado y la burguesía) y que política, y a la vez socialmente, puede ser solucionado sólo si el proletariado se apodera de los medios productivos y ordena la sociedad latinoamericana. Esto no puede ser hecho por las burguesías nacionales ya que se encuentran íntimamente ligadas, siendo consolidadas estructuralmente, por el imperialismo yanqui. El campesinado, aunque más numeroso que el proletariado, es incapaz de tener relevancia política alguna continentalmente considerado por sí solo, ya que juega, como clase, un papel externo al proceso formativo actual que se presenta y que define a la sociedad latinoamericana en términos marxistas.

  

LOS TEÓRICOS

  

El subjetivismo “tacticista” pequeñoburgués es iluminado por Luis de la Puente Uceda, del MIR peruano: “El plan de la Revolución de Octubre, centralizado en la ciudad, no es aplicable a nuestra realidad ya que el poder oligarca se encuentra aquí fuerte y no en descomposición como era el caso durante aquel suceso histórico; el hecho que este plan siga siendo considerado puede ser sólo atribuido al dogmatismo de ciertos trotskistas ortodoxos y a una tendencia general de interpretar todo en términos de planes prestados del extranjero.” (Traducido de Monthly Review, noviembre 1965.)

  

Pero veamos cómo el MIR, además de no comprender a la Revolución Bolchevique, solucionó el problema, adaptándose a “nuestra realidad.” Su programa decía: “... es esencial unir a los sectores explotados: campesinos, obreros, pequeñoburguesía y sectores progresistas de la burguesía nacional...” y añadía: “El proceso... comenzado por el MIR... [es] una revolución... destinada a establecer un gobierno democrático y las fundaciones para la construcción del socialismo en nuestro país.” (Ibíd.) Este “plan,” ya que Uceda sólo hablaba de “planes,” es el vulgar “bloque de cuatro clases” maoísta. Tal bloque ocurrió en China después que el mismo estalinismo ayudó tácticamente a masacrar los obreros chinos en las matanzas infames de 1925-27, determinando en gran parte el escapismo populista de Mao Tse-tung que sin quererlo se vio obligado a tomar el poder en 1949 después que Chiang Kai-shek repetidamente rechazó sus avances coalicionistas. Todo esto no existe para Uceda. Es de añadir que por “socialismo” el MIR presentaba la siguiente falsificación: “Protección de la industria nacional, comercio nacional y clase media...” (Edición Extraordinaria del órgano del MR-13 guatemalteco, en artículo fraterno, julio 1965, No. 16, año II.)

  

Germán Lairet, venezolano, otro “teórico” del inconsciente oportunismo pequeñoburgués, nos dice: “Pero no basamos ya nuestra acción fundamental en la posibilidad de esta crisis [insurrecciones urbanas], aunque tratamos de aprovecharla al máximo, sino que construimos un ejército en las montañas... [con posibilidad] más segura y más cierta de victoria…” (Desafío, septiembre 13, 1966.) El proletariado, entonces, es un “brazo auxiliar” del aventurismo pequeñoburgués, a su servicio y a su merced. Ciertamente que el proletariado venezolano no necesita de tales “aliados” que lo consideran un mero objeto “táctico.”

  

El ELN colombiano, en su Manifiesto de Simacota, repite otra creación “autóctona”: “Los pequeños y medianos productores, tanto del campo como de la ciudad, ven arruinadas su economía ante la cruel competencia y acaparamiento de los créditos por parte del capital extranjero y sus secuaces vende-patrias... [que también arruinan] a... los comerciantes honestos.” (Desafío, cotizador de variados revisionismos, en su edición de julio 26, 1966.) Y estos son programas “socialistas.”

  

En México, donde el oportunismo no ha formado guerrillas ni milicias, se ha mezclado con el populismo, imaginándose también “autóctono.” Veamos lo que dice el señor Alfonso Garzón, secretario general de la Confederación Campesina Independiente, en una entrevista: “... por nuestra parte pensamos que la coexistencia es posible. Pero debemos tener autoridad suficiente para presionar cambios... y hablar de igual a igual... Nuestro método fundamental requiere necesariamente que, para alcanzar verdadero progreso, participemos en el manejo del poder.” (Traducido de Revolution, Vol.1, No.10.) El señor Garzón, honestamente, nos descubre el rol esencial del campesinado bajo la hegemonía burguesa: absoluto entreguismo político, a regañadientes heroicos, pero entreguismo aún. Y el hecho que sea organizado en milicias o en guerrillas no diluye su posición social bajo el modo productivo capitalista.

  

Aun así, otro profeta, Juan A. Corretjer, añade: “Sin un ejército campesino no hay revolución posible en América Latina.... El hecho revolucionario en que Mariátegui dio papel estelar a los campesinos ya no es profecía. Es decir, es profecía cumplida.” (Desafío, abril 5, 1966.)

  

Las teorías oportunistas de la pequeñoburguesía latinoamericana tienden a repetir las acciones de los populistas narodniques rusos, calzando además en el reformismo estalinista con las variedades guerrilleras del fidelismo y el guevarismo. Particularmente dividen teoría y práctica, pero por desgracia para ellos esta actitud sólo lleva a repetir, inconscientemente, los viejos vicios programáticos que la pequeñoburguesía “rebelde” resucita en  cada generación bajo el sistema capitalista.

  

Los narodniques, al preocuparse sólo de “planes, tácticas,” etc., continuaban prácticamente los que teóricamente eran métodos pequeñoburgueses, aceptables por el zarismo, ya que el populismo ruso no podía atacar ni cercenar las bases de la propiedad privada sino “renovarlas” utópicamente. Los populistas latinoamericanos tienen aún menos razón de existir que los narodniques del siglo pasado. La realidad histórica en Latinoamérica ha sobrepasado el momento en que el populismo hubiese sido comprensible o tal vez necesario históricamente. Su desarrollo económico pone a la orden del día la participación directriz del proletariado, hecho que aún en 1929, cuando Mariátegui murió, tenía relevancia continental.

  

¿UNA INTERNACIONAL PEQUEÑOBURGUESA?

  

Es imposible crear una “Internacional Campesina,” tan ridículo que la Tricontinental misma no se atreve a titularse así, aunque ésa es su finalidad objetiva. A veces, la pequeñoburguesía atenta copiar ciertas prácticas del proletariado (su internacionalismo, por ejemplo) y trata de aplicarlas demagógicamente al campesinado. Pero el internacionalismo obrero se basa en la posición social mundial del proletariado dentro el modo productivo capitalista, contra el cual irresistiblemente entra en total contradicción, y por lo tanto tiene bases concretas para existir. El campesinado, por más que los anti-históricos pequeñoburgueses pujen, no tiene la cohesión de clase propia del proletariado y por lo mismo no puede crear su propio “internacionalismo.” Históricamente la posición económica de la producción individual campesina está condenada; no tiene razón de existir pues no puede satisfacer las necesidades reproductivas que el capitalismo ha desencadenado sobre la tierra.

  

El campesinado latinoamericano, fundamentalmente fuera del desarrollo económico continental, fuera de los mercados comerciales, fuera de la “vida nacional,” no puede, y esto es innegable, sin la guía del proletariado, meterse a “renovador” social. El oportunismo populista, al retirarse al campo, se condena un aislamiento político y económico, siendo absolutamente impotente para remediar la situación por sí solo. Hablar de una “Internacional Campesina” o del “Poder Dual en el campo,” en donde no existe razón de ser, revela sólo la extrema ignorancia de la pequeñoburguesía “rebelde,” a la vez que deja traslucir su intrínseco desprecio y desconfianza en la capacidad permanente del proletariado para luchar despiadada y totalmente contra toda opresión de clase.