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Un régimen burocrático anti-obrero

Guerrilleros en el poder

  

  

Traducido de Workers Vanguard No. 102, 26 de marzo de 1976. Esta versión fue impresa en Spartacist en español No. 07, junio de 1979.

  

Como parte de un amplio intento de “institucionalizar” su dominio, el reciente congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC) aprobó una nueva constitución “socialista” para el país, la cual reemplazará la “Ley Fundamental” burguesa de 1940. El primer ministro Fidel Castro aprovechó la ocasión para presentar la “versión autorizada enmendada” de la historia de la Revolución Cubana.

  

Esta presentación panorámica fue particularmente significativa en el contexto de la nueva constitución, dado que una de las demandas claves de Castro en su primera época ―desde el ataque a Moncada el 26 de julio de 1953 hasta el derrocamiento del dictador Batista el 10 de enero de 1959― fue precisamente el retorno de la constitución de 1940. Esto plantea el problema primordial de la naturaleza de clase del movimiento guerrillero y de la revolución que llevaron a cabo, así como las causas y el significado del paso de un programa burgués “democrático” a la expropiación de la burguesía.

  

Estas son cuestiones de tremenda importancia para todo comunista puesto que se refieren a los más fundamentales problemas de la estrategia revolucionaria en los países capitalistas atrasados. ¿Puede la pequeñaburguesía ―tradicionalmente considerada por los marxistas como grupo vacilante, incapaz de proveer una dirección independiente de clase― llevar a cabo una revolución socialista, tal como afirma el revisionista “Secretariado Unificado”? ¿O ha sido Cuba a lo largo de todos estos años un estado capitalista como dicen los maoístas y los seudotrotskistas del “Comité Internacional” de Gerry Healy? Si, por otro lado, el régimen de Castro ha sido desde fines de 1960 un estado obrero deformado, como sostiene únicamente la tendencia espartaquista internacional, ¿cómo es que se formó y qué implica para la teoría trotskista de la revolución permanente?

  

¿Un comunista disfrazado?

  

En su discurso de inauguración del congreso del PCC, el “comandante” Castro alabó repetidamente la política de los dirigentes estalinistas de la Unión Soviética. Firmemente comprometido en la órbita soviética desde hace mucho tiempo, Castro busca identificar su política actual con la de los jóvenes militantes que en 1953 asaltaron el cuartel de Santiago de Cuba y con el núcleo del Ejército Rebelde que tres años después inició la lucha guerrillera en las montañas de la Sierra Maestra.

  

Entre los “pilares sólidos” sobre los cuales se basaban los dirigentes del Movimiento 26 de Julio, Castro menciona “los principios del marxismo-leninismo”. Agrega: “Aun cuando éste no fue el modo de pensar de todos aquellos que emprendieron el camino de la lucha armada revolucionaria en nuestro país, sí lo fue en el caso de sus dirigentes principales” (Granma, 21 de diciembre de 1975). Castro también afirmó que entre los jóvenes combatientes había “un profundo respeto y admiración por los viejos comunistas” del Partido Socialista Popular (PSP) pro-Moscú, quienes “mantenían en alto con firmeza inquebrantable las nobles banderas del marxismo-leninismo.”

  

La realidad fue muy distinta. El informe de Castro no tocó el tema del programa del movimiento antibatistiano, pero en un breve comentario indirecto, dirigido a los que conocen algo de las luchas de los años 50, agregó: “... no sólo fue necesaria la acción atrevida, sino también astucia y flexibilidad por parte de los revolucionarios.... Durante el período de la lucha insurreccional la proclamación del socialismo no habría sido comprendida por el pueblo, y el imperialismo habría intervenido directamente en nuestro país con sus tropas.”

  

Semejantes afirmaciones se pueden encontrar en muchos de los ataques derechistas a Castro, acusándole de haber “traicionado la revolución” contra Batista y de haber engañado al pueblo. Ciertos apologistas de izquierda del régimen de La Habana también proclaman el mito de Castro, el “marxista-leninista disfrazado” que les dio gato por liebre a los imperialistas. “Los dirigentes de la revolución tuvieron que conocer al pueblo y hablarle en términos que pudieran fácilmente comprender” escribe E. Boorstein en The Economic Transformation of Cuba (1968). Otros, como el ex-maoísta Progressive Labor Party (PL), quienes intentan criticar a Castro desde la izquierda, sostienen haber estado encantados al principio por “la manera en la cual el ‘Che’ [Guevara] hábilmente llevó Cuba al socialismo de espaldas a todo el mundo” (Jake Rosen, “Is Cuba Socialist?” PL, noviembre dc 1969). Insistiendo que “no creemos más en maniobras sutiles”, PL concluyó que Cuba permanece capitalista. La verdad es más compleja, más dialéctica que tal palabrería simplista caracterizando a Guevara y a Castro como estafadores.

  

Un demócrata jacobino radical

  

Todas estas “explicaciones” no son más que una teoría conspirativa de la historia e ignoran el verdadero carácter social del movimiento de Castro. Por una parte, ni siquiera Castro pretendía formar parte del movimiento obrero durante la lucha contra la dictadura respaldada por los EE.UU. Por el contrario, fue un demócrata jacobino radical pequeñoburgués siguiendo los pasos del “apóstol” de la independencia cubana: José Martí. Su experiencia política fue la de un dirigente estudiantil liberal y abogado constitucionalista. Durante un tiempo fue presidente del directorio estudiantil de la Universidad de la Habana. Y en 1948 votó por Eduardo Chibás, candidato del Partido Ortodoxo, quien se presentaba para presidente nacional con un programa contra la corrupción y el mal gobierno. En 1952, Castro fue candidato al Congreso cubano en la Lista Ortodoxa, pero un golpe de estado por el ex-hombre fuerte militar Fulgencio Batista canceló los comicios.

  

Luego del golpe del 10 de marzo, la primera acción del joven abogado contra el dictador no fue la agitación entre los obreros y campesinos, ¡sino una apelación ante un tribunal de emergencia en la capital pidiendo el arresto de Batista por contravenir el Código de Defensa Social! Leo Huberman y Paul Sweezy comentan en su apología simplista de Castro (Cuba: Anatomy of a Revolution [1960]): “Cuando su petición por el encarcelamiento de Batista fue rechazada por el tribunal, Fidel decidió que había sólo un camino para derrocar el usurpador: la revolución.” Sus metas cran: “un gobierno honesto” y “una Cuba verdaderamente soberana”.

  

Los métodos que luego utilizó el joven abogado entraban perfectamente dentro del marco de la política burguesa tradicional de América Latina. Varios seudomarxistas, desde el mismo Castro hasta los seguidores del seudotrotskista Ernest Mandel, hoy día pretenden que la “estrategia” guerrillera cubana estaba de algún modo a la izquierda del reformismo estalinista corriente porque abarcaba “la lucha armada”. “Olvidan” que en las condiciones inestables de América Latina, casi toda tendencia política, en un momento u otro, ha “cogido el fusil”. El primer intento de acción revolucionaria de Castro, por ejemplo, no fue nada menos que un “pronunciamiento” de estilo clásico.

  

El proyecto del asalto al Moncada era sorprender a los mil soldados ahí acuartelados, quitarles sus armas y luego apoderarse de la estación de radio para transmitir el último discurso de Chibás (quien se había suicidado en 1951), terminando con un llamado a las armas invitando al pueblo cubano a levantarse contra el dictador. Se han visto acciones similares numerosas veces en México, Bolivia. Perú o Argentina. En este caso, sin embargo, la acción fracasó, en parte debido a una mala preparación, y la mayoría de los 200 atacantes murieron durante el asalto o fueron brutalmente asesinados por los torturadores de Batista en la subsiguiente operación de limpieza.

  

El programa del Movimiento 26 de Julio

  

Durante su proceso en septiembre, Castro (quien había sido capturado en los montes que rodean la capital de la provincia de Oriente) logró poner al gobierno en el banco de los acusados con un discurso dramático condenando al régimen por su opresión del pueblo. En este discurso, posteriormente publicado como folleto titulado “La historia me absolverá”, Castro detalló cinco “leyes revolucionarias” que hubieran sido proclamadas inmediatamente después de la toma de la Moncada.

  

Estos decretos proyectados muestran claramente el contenido social de la revolución que planeaban los rebeldes del 26 de julio. El primero era retornar a la constitución de 1940, el segundo era otorgar títulos de propiedad a los arrendatarios y colonos (con indemnización por el gobierno a los antiguos propietarios, basándose en el valor del arrendamiento que hubieran recibido durante los próximos diez años); el tercero establecía la compartición de ganancias, el cuarto que los cultivadores de la caña recibirían el 55 por ciento de la producción de azúcar (en contraste con la situación existente en la cual la gran mayoría de los ingresos iban al ingenio); y el último confiscaba las “ganancias mal adquiridas de todos aquellos que habían cometido fraudes durante regímenes anteriores”.

  

Como escribió el periodista-académico de guerra fría Theodore Draper: “No hay casi nada en el programa económico y social de ‘La historia me absolverá’ que no se pueda remontar por lo menos hasta... el programa de 1935 del Partido Auténtico del Dr. Grau San Martín, ni que decir de la propaganda posterior de Chibás” (Castroism: Theory and Practice [1965]).

  

Cuando se trata de la lucha antibastistiana de Castro luego de la catastrófica expedición del yate Granma hacia la provincia de Oriente en diciembre de 1956, normalmente se habla exclusivamente en términos de una pequeña banda de guerrilleros que con el tiempo se fueron ganando el apoyo de los jíbaros (campesinos). Pero simultáneamente el líder del pequeño Movimiento 26 de Julio negociaba con ciertos destacados políticos burgueses. De manera que el documento rebelde más ampliamente difundido, el “Manifiesto de la Sierra Maestra” fechado enjulio de 1957, fue firmado por Castro, Raúl Chibás (hermano de Eduardo) y Felipe Pazos, el ex-presidente del Banco Nacional de Cuba.

  

El manifiesto Castro-Chibás-Pazos se pronunció a favor de “elecciones imparciales y democráticas”, organizadas por un “gobierno provisional neutral”; de la “separación [del] ejército de la política”; de la libertad de prensa; de “una política financiera sólida” e “industrialización”; y de una reforma agraria basada en otorgar propiedad a los arrendatarios y colonos (con previa indemnización de los propietarios). El programa de diez puntos sería llevado a cabo por un Frente Revolucionario Cívico, conformado por representantes de todos los grupos de oposición.

  

La última declaración programática desde la Sierra Maestra, emitida en octubre de 1959 cuando el régimen de Batista se desmoronaba, fue la “Ley No. 3” sobre la reforma agraria. Basada en el principio de la tierra a quien la trabaja, no hizo mención ni de cooperativas, ni de granjas estatales.

  

Cuando Fidel y Raúl Castro bajaron de la Sierra Maestra, irrumpiendo en los llanos de la provincia de Camagüey para enlazarse con Ernesto “Che” Guevara y Camilo Cienfuegos y luego marchar sobre La Habana, el Ejército Rebelde estaba lejos de ser una organización de masas, contando con sólo unos 1100 soldados, la mayoría de ellos campesinos.

  

El gobierno provisional, instaurado con el visto bueno de Castro, no fue, desde luego, dominado por ministros del 26 de Julio. El presidente era Manuel Urrutia, un antiguo juez; el primer ministro, José Miró Cardona, ex-presidente de la Cámara de Abogados de La Habana; el ministro de relaciones exteriores era Roberto Agramonte, el candidato presidencial del Partido Ortodoxo en el año 1952; y una vez más se colocó a Felipe Pazos en la presidencia del Banco Nacional. El jefe de la nueva Fuerza Aérea Revolucionaria era un tal Pedro Díaz Lanz. Ya para fines del año 59, todos éstos habían emigrado a los EE.UU., reuniéndose con los ex-batistianos en Miami. Miró sería luego el presidente títere de un “Consejo Revolucionario” organizado por la CIA para servir de cubierta a su invasión a Playa Girón en abril de 1961.

  

La política adoptada por el nuevo régimen durante sus primeros meses en funciones era ciertamente un cambio radical de la corrupción laissez faire y de la venalidad orgiástica del “gobierno” Batista, el cual fue casi equivalente a tener a Al Capone en la Casa Blanca. No obstante, las acciones del gobierno revolucionario no rebasaron los límites del régimen capitalista.

  

Entre las primeras medidas se contaban la reducción a la mitad del precio de la electricidad en las zonas rurales, reducciones de hasta el 50 por ciento de los alquileres para los pobres, y la implementación de la ley de reforma agraria de la Sierra Maestra junto con el decomiso de las haciendas de los esbirros de Batista. En los Estados Unidos, la prensa burguesa, encabezada por la revista Time, azuzó una reaccionaria campaña publicitaria contra los juicios por crímenes de guerra de los ensangrentados carniceros del régimen de Batista (de cuyas bestialidades no habían informado nada los medios de comunicación imperialistas). En total, fueron ajusticiados sólo 550 de los más notorios criminales, con el amplio apoyo de casi todas las clases del pueblo cubano.

  

Pero mientras este primer gobierno postbatistiano estaba encabezado por auténticos políticos burgueses liberales, el verdadero poder estaba en manos del Ejército Rebelde, y es por eso que los dirigentes abiertamente contrarrevolucionarios salieron del país sin lucha alguna, los combates guerrilleros en los montes fueron militarmente marginales, pero lograron cristalizar el odio popular masivo al régimen de Batista. Cuando los dirigentes del Movimiento 26 de Julio entraron en la capital, el ejército oficial y el aparato policial ―el núcleo del poder estatal― ya habían caído. Los castristas procedieron a barrerlo y organizar un nuevo aparato represivo compuesto y organizado de manera totalmente distinta.

  

El ejército guerrillero era una formación pequeñoburguesa, políticamente heterogénea, cuya dirección había sido reclutada de entre antiguos estudiantes y profesionales, y cuyas filas provenían del campesinado de la sierra. Mientras Castro y el resto de la dirección habían firmado varios programas, manifiestos, etc., con liberales de la oposición, sus previos lazos directos con la burguesía se habían roto. Más importante todavía es el hecho de que el Ejército Rebelde no se enfrentaba con un proletariado combativo y consciente, el cual hubiera polarizado a los militantes pequeñoburgueses, atrayendo algunos al lado de los obreros y empujando a los demás a los brazos de Urrutia, Miró, Cardona y Cía. Consecuentemente, lo que surgió en la Habana luego del derrocamiento de Batista fue un fenómeno necesariamente transitorio y fundamentalmente inestable: un gobierno pequeñoburgués que no estaba comprometido ni a la defensa de formas de propiedad privada burguesa, ni a formas de propiedad colectivista del dominio proletario (ver “Cuba y la teoría marxista”, Cuadernos Marxistas No. 3).

  

La consolidación del estado obrero deformado

  

Aunque este régimen era temporalmente autónomo del orden burgués (o sea, no existía en el sentido marxista un estado capitalista, en otras palabras no existían los cuerpos armados dedicados a la defensa de las formas particulares de propiedad de la burguesía) Castro no podía ausentarse de la lucha de clases. Luego del 1° de enero de 1959 un nuevo poder estatal burgués pudo haber sido erigido en Cuba, como ocurrió después de la salida del régimen colonial francés de Argelia en 1962. En el caso argelino, el proceso fue ayudado por la conclusión de los acuerdos neocoloniales de Evian, garantizando textualmente la propiedad de los colonos franceses, y por el hecho de que el poder fue entregado a un ejército regular que había jugado un rol muy reducido en la lucha guerrillera.

  

Sin embargo, el imperialismo norteamericano no fue tan complaciente y pronto inició un fuerte conflicto económico que rápidamente se intensificó hasta envolver acciones militares contra los nuevos mandatarios en La Habana. Esta presión imperialista, por su parte, empujó hacia la izquierda al núcleo de la dirección cubana mientras condujo a otros sectores del Movimiento 26 de Julio a unirse con los liberales burgueses y los batistianos en el exilio.

  

El primer enfrentamiento fuerte con la burguesía criolla tuvo lugar en torno a la proclamación de una ley moderada de reforma agraria en mayo del 59. La nueva ley expropiaba todas las propiedades por encima de 400 hectáreas, que serían indemnizadas con bonos del gobierno revolucionario, redimibles en 20 años. La reacción previsible no se hizo esperar: los terratenientes declararon que “esto es peor que el comunismo” y el Departamento de Estado envió una nota arrogante deplorando que los inversionistas estadounidenses no habían sido previamente consultados. La próxima medida de Castro que provocó la ira de los capitalistas fue la destitución de Felipe Pazos de la presidencia del Banco Nacional y su reemplazo por Guevara. En febrero de 1960, el vice primer ministro ruso Mikoyan visitó a Cuba y firmó un acuerdo para comprar uh millón de toneladas anuales del azúcar cubano. Esto liberó a Cuba de su anterior dependencia casi exclusiva del mercado de los EE.UU. Y cuando el 29 de junio de 1960 las refinerías de petróleo pertenecientes a compañías norteamericanas se rehusaran a aceptar petróleo crudo importado desde la URSS, ellas fueron nacionalizadas. El 3 de julio, el Congreso Estadounidense aprobó una ley eliminando la cuota de azúcar cubana, y dos días más tarde Castro tomó posesión de las propiedades norteamericanas en la isla (fundamentalmente ingenios azucareros).

  

Entretanto la polarización dentro del heterogéneo movimiento castrista seguía profundizándose. Ya para julio de 1959, el presidente Urrutia provocó una crisis gubernamental al denunciar al PSP y al comunismo; casi simultáneamente, el jefe de la fuerza aérea, Díaz Lanz, le pidió al ministro de defensa Raúl Castro depurar a los comunistas de las fuerzas armadas. Poco después Díaz huyó a los Estados Unidos y Urrutia dimitió. Siendo reemplazado por Osvaldo Dorticós. En octubre el comandante militar de la provincia de Camagüey, Hubert Matos, trató de lanzar una rebelión regional junto con dos docenas de sus oficiales, pero su intentona fue rápidamente aplastada y Matos y sus hombres fueron arrestados.

  

No sólo al interior de las nuevas fuerzas armadas ocurría esta diferenciación. La organización de La Habana del Movimiento 26 de Julio y su periódico Revolución fueron a principios de 1959 fuentes de un anticomunismo agresivo.

  

La crisis entre el ala derecha y el ala izquierda llegó al punto culminante durante la batalla por los sindicatos, donde David Salvador había sido instalado a la cabeza de Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC) para remplazar al gangster lacayo de Batista Eusebio Mujal. Salvador puso fin inmediatamente a la colaboración práctica establecida a fines de 1958 entre el PSP y el Movimiento 26 de Julio en el movimiento sindical, y nombró a anticomunistas para todos los puestos en el comité ejecutivo de la CTC. En el congreso de la CTC de noviembre de 1959 hubo un choque decisivo, y luego de una intervención personal de Fidel Castro se quebró la espina dorsal del ala anti-PSP (la cual habría incluido cierto número de ex-mujalistas). Salvador renunció pocos meses después, y el control de los sindicatos pasó al viejo estalinista Lázaro Peña (ver J.P. Morray, Second Revolution in Cuba [1962]).

  

El paso culminante en las nacionalizaciones ocurrió en el otoño de 1960; con una serie de tomas de empresas (las tabacaleras, los bancos norteamericanos y luego, el 13 de octubre, los demás bancos y otras 382 empresas). A mediados de octubre fueron nacionalizadas todas las fábricas de productos agropecuarios, todas las fábricas de medicinas, textiles, papeleras, metalúrgicas y químicas; todos los ferrocarriles, puertos, imprentas. Compañías constructoras y grandes almacenes. En su conjunto, estas medidas hicieron al estado dueño del 90 por ciento de la capacidad industrial de Cuba.

  

La revolución permanente

  

Con la toma de la propiedad capitalista en Cuba, por primera vez en el hemisferio occidental ―y “a sólo 90 millas de Florida” ― el mundo presenció la expropiación de la burguesía como clase. Como era de esperarse esto hizo de la revolución cubana un objeto de odio para los imperialistas. Asimismo convirtió a Castro y a Cuba en objetos de adoración de toda clase de revolucionarios potenciales y de una amplia franja de la opinión radical pequeñoburguesa. La Nueva Izquierda, con su feroz antileninismo, instintivamente hizo suya esta revolución hecha “por el pueblo” pero sin un partido leninista ni la participación de la clase obrera.

  

Sin embargo, para los que se reclaman del trotskismo, la Revolución Cubana planteaba importantes problemas programáticos. La teoría de la revolución permanente sostenía que en las regiones capitalistas atrasadas, la burguesía era demasiado débil y atada por sus lazos con los imperialistas y feudalistas para poder lograr una revolución agraria, la democracia y la emancipación nacional ― objetivos de la revolución burguesa clásica. El análisis de Trotsky de la Revolución Rusa de 1905 le llevó a su insistencia de que el proletariado debe establecer su propio dominio de clase, con el apoyo del campesinado, para poder siquiera lograr las tareas democráticas de la revolución burguesa; y se vería obligado desde el principio a tomar medidas socialistas, dándole el carácter permanente a la revolución.

  

La Revolución Cubana demostró que aún con una dirección que empezó su insurgencia sin perspectivas que fueran más allá del radicalismo pequeñoburgués, resultó imposible una verdadera reforma agraria y la emancipación nacional del yugo del imperialismo yanqui sin la destrucción de la burguesía como clase. Una vez más confirmó la posición marxista de que la pequeña burguesía ―compuesta de elementos altamente movedizos y contradictorios, sin la fuerza social para luchar independientemente por el poder― es incapaz de establecer un nuevo modo característico de relaciones de propiedad. Al contrario, se ve forzada a valerse de las formas de propiedad de una de las dos clases fundamentalmente contrapuestas en la sociedad capitalista: la burguesía o el proletariado.

  

Así la dirección castrista, bajo las circunstancias excepcionales debidas al colapso del régimen de Batista en la ausencia de una poderosa clase obrera, capaz de luchar por el poder estatal en su propio nombre, fue empujada por la hostilidad enloquecida del imperialismo estadounidense a crear un estado obrero deformado que se asemejaba cada vez más al modo de dominio del estado obrero degenerado en la URSS, conforme los castristas consolidaban un aparato burocrático estatal. La evolución de la dirección cubana desde radicales pequeñoburgueses hasta administradores del estado obrero deformado (y la incorporación de los comunistas [estalinistas] cubanos en su seno) confirmó la caracterización por Trotsky de los estalinistas rusos como una casta pequeñoburguesa basada en las formas de propiedad establecidas por la Revolución de Octubre. Más aun, la Revolución Cubana proporciona una prueba negativa de que sólo el proletariado consciente, dirigido por un partido marxista de vanguardia, puede establecer un estado obrero revolucionario democráticamente gobernado, y así preparar las bases para la extensión internacional de la revolución y abrir el camino al socialismo.

  

A diferencia de la Revolución Rusa ―que necesitó una contrarrevolución política bajo Stalin para devenir en estado obrero burocráticamente degenerado― la Revolución Cubana fue deformada desde sus inicios. La clase obrera cubana, por no haber jugado esencialmente ningún papel en el proceso revolucionario, nunca tuvo en sus manos el poder político, y el estado cubano fue gobernado desde sus inicios por los caprichos de la camarilla castrista en vez de ser administrado por consejos obreros democráticamente elegidos (soviets).

  

La corriente revisionista que surgió en el movimiento trotskista durante la década de los 50 vio en Cuba la perfecta justificación de su abandono de la construcción de partidos trotskistas de vanguardia. Al ignorar el factor clave de la democracia obrera y así eliminar la diferencia cualitativa entre un estado obrero deformado como la Rusia estalinista o la Cuba castrista por una parte, y el estado obrero sano de Lenin y Trotsky por otra, los partidarios europeos del Secretariado Internacional (S.I.) de Michel Pablo recibieron a la Revolución Cubana como prueba de que transformaciones revolucionarias podrían tener lugar sin la dirección de una vanguardia proletaria: Cuba se convirtió en el modelo del “proceso revolucionario” bajo “nuevas condiciones”, y el esquema al cual se han aferrado los revisionistas a pesar del fracaso de un sin número de luchas guerrilleras en Latinoamérica en sus intentos de reproducir la “vía cubana”.

  

Por otra parte, para el Socialist Workers Party (SWP) norteamericano, Cuba fue el paso decisivo en la degeneración del partido como abanderado del trotskismo revolucionario. Durante los años 50 había combatido el concepto pablista del “entrismo profundo” en los partidos reformistas de masas. Pero con su carácter revolucionario debilitado por el macartismo, los dirigentes del SWP estaban buscando desesperadamente una causa popular que les permitiera salir de su aislamiento.

  

Joseph Hansen, un viejo dirigente del SWP, declaraba entusiásticamente:

  

“¿Qué estipulaciones tiene el marxismo para una revolución evidentemente de tendencia socialista pero animada por el campesinado y dirigida por revolucionarios que nunca han profesado metas socialistas?... ¡No está en el código!... Si el marxismo no tiene estipulaciones para este fenómeno, quizás es hora de hacerlas. Parecería oportuno a cambio de una revolución tan buena como ésta.”

  

― “La teoría de la Revolución Cubana”, 1962 [subrayado nuestro]

  

Al calificar a la revolución de “tendencia socialista” y habiéndola igualado con la Rusia de Lenin, Hansen no podía simplemente ignorar la cuestión decisiva de la democracia obrera. “Es cierto que éste estado obrero carece todavía de formas de la democracia proletaria”, escribió. Pero agregó inmediatamente: “Esto no significa que no haya democracia en Cuba.”

  

La dirección del SWP aprovechó la convergencia sobre la cuestión cubana para proponer la reunificación con el S.I. En un documento de 1963, titulado “Por una pronta reunificación del movimiento trotskista mundial”, el SWP hablaba de “la aparición de un estado obrero en Cuba, cuya forma exacta está todavía por establecerse”; y de la “evolución hacia el marxismo revolucionario [del] Movimiento 26 de Julio”. Concluía:

  

“En el transcurso de una revolución que empieza con simples demandas democráticas y termina con la ruptura de bis relaciones de propiedad capitalistas, la de guerrillas conducida por campesinos sin tierra y fuerzas semiproletarias, bajo una dirección que se ve obligada a llevar a cabo la revolución hasta su conclusión, puede jugar un papel decisivo en socavar y precipitar la caída de un poder colonial o semicolonial... [Esta lección] debe ser incorporada conscientemente a la estrategia de la construcción de partidos marxistas revolucionarios en los países coloniales.”

  

En respuesta a este revisionismo descarado, Healy y sus partidarios del Comité Internacional simplemente enterraron sus cabezas como avestruces y declararon que Cuba, aún después de las nacionalizaciones de 1960, era “un régimen bonapartista descansando sobre los cimientos del estado capitalista”, y que no difería cualitativamente del régimen batistiano. Pero en el interior del SWP la Tendencia Revolucionaria (TR ― precursor de la Spartacist League/U.S.) fue capaz de comprender el carácter del régimen cubano después de 1960 como un estado obrero deformado y anotar el significado de esta caracterización para la teoría marxista.

  

En una resolución que fue presentada como documento contrapuesto al texto “Por una pronta reunificación…” de la dirección del SWP, la TR aclaró que “los trotskistas son desde luego los defensores más militantes e incondicionales de la Revolución Cubana, así como el estado obrero deformado que nació de ella, contra imperialismo.” Pero agregaba: “los trotskistas no pueden poner su confianza en o dar su apoyo político, por muy crítico que sea, a un régimen gubernamental hostil a los más elementales principios y prácticas de la democracia obrera...” (“Hacia el renacimiento de la IV Internacional”, junio de 1963).

  

Rechazando directamente la adopción del guerrillerismo y del castrismo por parte del SWP, en lugar de la perspectiva trotskista de revolución proletaria, la resolución de la TR resumía:

  

“La experiencia desde la Segunda Guerra Mundial ha demostrado que la guerra de guerrillas basada en los campesinos bajo una dirección pequeñoburguesa no puede llevar más allá de un régimen burocrático antiobrero. La creación de tales regímenes ha sido posible bajo las condiciones de decadencia del imperialismo, la desmoralización y desorientación causadas por la traición estalinista y la ausencia de una dirección marxista revolucionaria de la clase obrera. La revolución colonial puede tener un signo inequívocamente progresista sólo bajo una tal dirección del proletariado revolucionario. Para los trotskistas, incorporar a su estrategia el revisionismo sobre la cuestión de la dirección proletaria en la revolución es una profunda negación del marxismo-leninismo.”