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La mujer y la revolución permanente

  

  

Esta versión fue impresa en Spartacist en español No. 16. ADAPTADO DE  WORKERS VANGUARD NO. 17, MARZO DE 1973. 

  

Para los marxistas la emancipación de la mujer de su opresión especial es un indicador preciso del grado en el que una sociedad ha sido purgada de la opresión social en general. Esta interrelación fue formulada por primera vez por el socialista utópico Fourier:

 

“El cambio en una época histórica siempre puede determinarse por el progreso de la mujer hacia la libertad, porque en las relaciones de la mujer con el hombre, del débil con el fuerte, es más evidente la victoria de la naturaleza humana sobre la brutalidad. El grado de emancipación de las mujeres es la medida natural de la emancipación general.”

—Theorie des quatre mouvements

 

Fourier fue parafraseado por Marx en La sagrada familia (1845):

 

“La relación del hombre con la mujer es la relación más natural de un ser humano con otro. Indica por tanto en qué medida el comportamiento natural del hombre se ha vuelto humano, y en qué medida su esencia humana se ha convertido en una esencia natural para él, hasta qué punto su naturaleza humana se ha convertido en lo natural para él.”

 

En una forma más directa y más sucinta. Marx repitió el mismo punto 23 años después en una carta a Kugelmann: “...el progreso social puede medirse con exactitud por la posición social del sexo bello (incluidas las feas).”

  

  

Emergencia de la familia monógama

  

Una de las ironías de la historia es que el origen de la opresión especial de la mujer tiene sus raíces en uno de los primeros avances sociales: el desarrollo de la tecnología humana más allá de la lucha cotidiana por la mínima subsistencia característica de las sociedades cazadoras y recolectoras. Al introducirse la cría de ganado, el forjamiento de los metales, los hilados, y finalmente la agricultura, la fuerza de trabajo humana se volvió capaz de producir un excedente social importante. Bajo el impacto de estos avances tecnológicos, la institución bajo la cual se reproduce la fuerza de trabajo, la familia, sufrió una profunda transformación. Como señalaron Marx y Engels en Laideología alemana, la propagación de la especie engendró la primera división del trabajo entre hombre y mujer. Debido a las funciones procreativas de las mujeres, la carga del alumbramiento, la crianza y las tareas domésticas en general recayeron sobre ellas. La casa era la esfera general de la actividad de la mujer. Sin embargo. El avance de la tecnología, la domesticación de animales (incluyendo otros seres humanos, usualmente prisioneros de guerra o esclavos) y la labranza de la tierra, así como el desarrollo de las herramientas tuvo lugar en la esfera general de la actividad del hombre, y fue él quien se apropió de la expansión concomitante en la riqueza social. Así, el advenimiento de la propiedad privada y la necesidad de transferir esta propiedad a los descendientes dio origen a la ley patriarcal de herencia y de línea de descendencia. La familia monógama fue instituida para asegurar la paternidad de los hijos, con la obligada reclusión de la esposa para garantizar su fidelidad. La reclusión significó su apartamiento de la vida pública y la producción social.

 

“La monogamia fue un gran progreso histórico, pero al mismo tiempo inaugura, juntamente con la esclavitud y con las riquezas privadas, aquella época que dura hasta nuestros días y en la cual cada progreso es al mismo tiempo un regreso relativo y el bienestar y el desarrollo de unos verifícanse a expensas del dolor y de la represión de otros.”  

 —    Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el estado

 

Antes de la emergencia de la propiedad privada y de la familia monógama, las armas, al igual que los instrumentos de trabajo y la propiedad, eran propiedad común. Sin embargo, con el desarrollo de la propiedad privada de los medios de producción y de procreación, y la polarización de la sociedad en clases económicas, las armas fueron monopolizadas por cuerpos de hombres separados del resto de la sociedad. Estos cuerpos armados de hombres constituyeron la esencia del estado. Aunque aparentando estar por encima de las clases, el estado es en realidad el instrumento por medio del cual la clase económica dominante en cada época mantiene su hegemonía. El estado antiguo era el estado de los esclavistas para mantener sometidos a los esclavos; el estado feudal era el órgano de la nobleza para someter a los campesinos siervos y peones; y el estado "democrático" moderno es el instrumento de la clase capitalista para mantener su dominio y capacidad de explotar a los trabajadores.

 

En cada época, la familia, al igual que el estado, ha sido principalmente una institución para perpetuar la forma de propiedad dominante y a la clase económica dominante. Para el esclavo, el siervo y el esclavo asalariado -es decir, para aquellas clases sociales carentes de propiedad que heredar o defender- las instituciones sociales de la herencia y la defensa, la familia y el gendarme, son principalmente instituciones de sojuzgamiento.

  

  

Limitaciones del progresismo burgués

  

Con el arribo del capitalismo industrial, la familia entró en un estado de disolución relativa. Para bajar los salarios, el capitalismo trató de reducir el costo de producción y reproducción de la fuerza de trabajo integrando a la familia entera en el proceso productivo. Esto significó el desmantelamiento de la estructura de los gremios de artesanos, en un principio mediante la distribución de “trabajo a destajo” a familias individuales, y luego mediante su concentración en zonas industriales y caseríos de propiedad de la empresa. En países con desarrollo capitalista retardado, como la Rusia zarista, los gremios y el desarrollo de la industria de trabajo a domicilio fueron omitidos, y los siervos atraídos directamente a grandes y desolados pueblos patronales.

 

El retorno de la mujer a la producción social es la precondición para su emancipación social, pero bajo el capitalismo ello significó una mayor esclavización y degradación de la mujer, al ser forzada a agregar la esclavitud asalariada a su esclavitud doméstica. Incapaces y reacios a ofrecer sustitutos sociales para el papel económico de la familia, sin embargo, los capitalistas alentaron a las mujeres a regresar a la casa y a la cocina con propaganda conscientemente elaborada a favor de la familia y la religión. De esa manera el capitalismo expandió las fuerzas productivas y sentó las bases tecnológicas para la socialización del trabajo doméstico y la sustitución de la familia como unidad económica, pero fue y sigue siendo incapaz de lograr esta sustitución, de la misma manera que sentó las bases para la socialización internacional de los medios de producción, pero aún no puede eliminar las fronteras nacionales.

  

Para su supervivencia el capitalismo depende de las tradicionales y arcaicas instituciones sociales del dominio de clase: la propiedad privada, la familia monógama y el estado-nación. Conforme las fuerzas productivas generadas por el capitalismo crecen, presionan contra los límites impuestos por las instituciones sociales sobre las que se basa el sistema, y la clase capitalista se vuelve más virulenta en su afán por apuntalar y reforzar instituciones que se tornan cada vez más reaccionarias. La tendencia de las mujeres a salir de las fábricas y volver a los hogares, respaldada por los capitalistas, alcanzó su punto culminante en la campaña Nazi para la esclavización de la mujer a “Kinder, Kirche, Küche” – “niños, iglesia, cocina”.

  

Las revoluciones burguesas de los siglos XVII y XVIII, que limpiaron de instituciones feudales el camino del desarrollo capitalista, reemplazaron las relaciones sociales basadas sobre obligaciones y privilegios con aquellas que se basan en la igualdad contractual, y de ese modo tuvieron un profundo efecto sobre la familia. La igualdad de derechos entre los sexos fue voceada por los partidarios ideológicos más radicales de la revolución burguesa, especialmente con respecto a la posesión y a la transmisión hereditaria de la propiedad. Pero aun en el marco de la legalidad formal, la burguesía se asustó con las consecuencias de su propia revolución e inmediatamente escudriñó en el pasado medieval en busca de instituciones arcaicas con las cuales estabilizar su dominio. Así, la Revolución Francesa fue seguida por una contrarrevolución política, un Termidor en el cual los agentes de la revolución burguesa, los pobres del campo y los sansculottes urbanos, fueron desheredados. El Termidor en términos de la familia y la opresión especial de la mujer lo proveyó el Código Napoleónico, el cual convirtió a la mujer en propiedad de su esposo, requiriendo de una mujer la obtención del permiso de su marido para, por ejemplo, conseguir un pasaporte, elaborar un testamento o firmar un contrato.

 

En forma similar, la igualdad de las naciones proclamada por la revolución burguesa fue subordinada al empuje de los países industrialmente avanzados para someter a las naciones menos desarrolladas en la lucha por los mercados y las materias primas. La interrelación entre la subordinación de la igualdad de los sexos y la igualdad de las naciones es demostrada gráficamente por el imperialismo francés. Cuando Napoleón III consideró que un índice mayor de nacimientos era esencial para el suministro de obreros y soldados para la expansión del Imperio Francés, recurrió a Roma y logró que el papa redefiniera el comienzo de la vida – reemplazando el punto de vista católico tradicional según el cual la vida comienza cuando el feto puede sobrevivir fuera de la matriz, con la opinión actual que sostiene que la vida se inicia inmediatamente después de la concepción. Esto convirtió al aborto de pecado venial en pecado mortal, y sobre esta base Napoleón III redactó la restrictiva ley del aborto que tiene Francia en la actualidad.

 

  

Las mujeres bajo el capitalismo decadente

 

De tal manera que la burguesía nunca fue consecuentemente democrática, ni siquiera cuando las tareas democráticas necesarias para consolidar su dominio de clase se encontraban a la orden del día. En la época del imperialismo, los países imperialistas tienen un interés directo adicional en suprimir las aspiraciones democráticas y nacionales de las masas coloniales y semicoloniales. Si las potencias imperialistas en China hubieran apoyado la Rebelión Taiping (en la cual las brigadas de mujeres armadas jugaron un papel importante), una moderna nación protestante podría haber surgido ahí. En lugar de ello respaldaron a los Manchú, de los cuales dependían ya para asegurar la estabilidad. El camino hacia el sojuzgamiento imperialista pasaba por el reforzamiento de los aspectos más reaccionarios y represivos de la sociedad semifeudal combinado con la penetración de esa sociedad por la técnica capitalista más avanzada.

  

La incapacidad de las “burguesías nacionales” de estos países coloniales para destruir el pasado feudal – y llevar a cabo hasta su culminación una revolución democrático-burguesa fue demostrada definitivamente en el curso del siglo pasado. La burguesía nacional, generalmente salida directamente de la vieja nobleza, y dependiendo de las reliquias del pasado feudal para su supervivencia, se desarrolló como un agente dependiente del imperialismo. Las clases burguesas nativas en el mundo colonial fueron incapaces de separarse de la maraña que las enreda al dominio imperialista por temor a desatar fuerzas, principalmente la lucha anticapitalista de los obreros, en alianza con el campesinado – que también las expulsaría del poder.

  

Al analizar las tareas de una revolución en la Rusia zarista y los medios para llevarlas a cabo, Trotsky formula la teoría de la Revolución Permanente. Concluyendo no solamente que se requeriría una dirección proletaria para alcanzar los objetivos básicos democrático-burgueses de la revolución en vista de que la burguesía era incapaz de optar por una vía revolucionaria contra la autocracia – sino también que el proletariado tendría que poner sus propios objetivos socialistas inmediatamente a la orden del día para que la revolución tuviera éxito. Para poder desarraigar a la autocracia feudal y a la dominación colonial, la clase obrera tendría que extirpar el orden burgués que apuntala estas instituciones en las cuales se originó.

  

La cuestión de la emancipación de la mujer en el Tercer Mundo continúa demostrando la veracidad de las conclusiones de Trotsky y las lecciones de la Revolución Rusa previstas en ellas. La igualdad de derechos para la mujer es un derecho democrático elemental, reconocido por todas las democracias y aceptado como una meta por todos los movimientos de “liberación nacional”. Pero la opresión especial de la mujer está arraigada en los fundamentos del sistema de propiedad privada. De la misma manera que la lucha anticolonial que limita sus objetivos al establecimiento de un estado independiente es incapaz de ofrecer una verdadera independencia del dominio imperialista, así también la “revolución” que se detiene antes de derribar al capitalismo se ha mostrado impotente para acabar con la opresión de la mujer.

 

Bangladesh ofrece ejemplos tan repugnantes del proceder inhumano burgués que se pasa por alto el hecho de que la lucha de “liberación nacional” contra Pakistán está totalmente controlada por la igualmente reaccionaria burguesía de India. Sin embargo este hecho fue definitivamente lo que determinó que ese movimiento no lograra realizar ni una sola tarea democrática (Workers Vanguard No. 16. febrero de 1973). Entre las víctimas de la lucha por Bangladesh hubo unas 200.000 mujeres bengalíes múltiple y sistemáticamente violadas por el ejército de Pakistán Occidental. Luego, las tropas del Mariscal Khan les trasquilaron los cabellos, una marca de deshonra en la sociedad bengalí. Finalmente fueron puestas en libertad, para ser rechazadas y masacradas por sus esposos, hermanos y padres cuando el jeque Rahman, fiel senescal (mayordomo) de la otrora feminista Indira Gandhi. Tomó el poder. El estado surgido al amparo de las bayonetas del ejército de la India demostró ser no más liberador de las mujeres de Bangladesh que el régimen que perpetró las salvajes violaciones múltiples.

  

  

Independencia argelina – pocos avances para las mujeres

 

Cuando la “liberación nacional” no se limita simplemente a reemplazar a un soberano imperialista por otro, sino que resulta en un cierto grado de verdadera independencia política dentro del contexto de la continuación del dominio económico imperialista – v.gr. Argelia – la falta de mejora en la condición de la mujer refleja su continua incapacidad para completar las tareas democráticas elementales de la revolución para las masas. El Programa de Trípoli, manifiesto fundamental de la Revolución Argelina, prometía vagamente una igualdad formal, pero aun la legislación del nuevo régimen codifica la desigualdad sexual para las mujeres, muchas de las cuales lucharon en el FLN [Frente de Liberación Nacional] como auxiliares y comandos. Por ejemplo, la pena máxima por el delito de adulterio cometido por hombres es un año de cárcel – para las mujeres, dos años. Y la realidad es mucho peor de lo que la ley expresa en papel – aunque el matrimonio obligado es ahora ilegal, año tras año hasta el gobierno se ve obligado a admitir que muchas mujeres se suicidan para evitar dichos matrimonios. Esto podría ser atribuido a la dificultad en vencer la tradición, sin embargo la actitud del régimen argelino es hostil a la superación de la tradición. Boumedienne, presidente del Consejo “Revolucionario” de Argelia, declaró:

 

“Decimos ‘no’ a este tipo [occidental] de evolución, porque nuestra sociedad es una sociedad socialista e islámica. Aquí existe un problema. Tiene que ver con el respeto a la moral .... Porque hemos visto entre varios pueblos que han sido recientemente liberados, que la mujer, una vez libre. Se apresura a pensar en cosas que no viene al caso mencionar aquí .... La evolución de la mujer argelina y el disfrute de sus derechos debe darse dentro del marco de la moral de nuestra sociedad”.

—    8 de marzo de 1966

  

¡Y este discurso fue pronunciado en el Día Internacional de la Mujer! El discurso ocasionó que algunas mujeres abandonaran el recinto. En la Argelia “socialista”, donde todos los estudiantes reciben educación religiosa, las mujeres han sido excluidas de la política, generalmente de la educación superior, y además obligadas a cubrirse con el velo.

  

En la sociedad argelina no han faltado ciertas reformas democráticas, incluyendo reformas que tocan la familia. Pero cada reforma es laboriosamente justificada únicamente después de un tortuoso debate religioso y tediosa reinterpretación del Corán. El imperialismo moderno no ha olvidado a su Rudyard Kipling, no ha olvidado como cubrirse bajo el manto de una “misión civilizadora”, especialmente en lo que se refiere al “sexo débil” – mientras ultraja tanto a las mujeres como a los recursos naturales de las naciones sojuzgadas. Los imperialistas franceses, cuyo Código Napoleónico hasta 1966 no le permitía a una mujer abrir una cuenta bancaria o aceptar un empleo sin el permiso de su marido, se ostentaban en Argelia como defensores y liberadores de la mujer musulmana. Quizá la expresión más absurda de esta piadosa hipocresía fue la llamada “Batalla de los Velos”. Después del 13 de mayo de 1958, cuando los colons franceses saquearon el cuartel general del gobernador, forzando la caída de la IV República, una mujer colon prominente organizó el Movimiento de Solidaridad Femenina, que exhibía a mujeres musulmanas desprovistas de velo dando discursos elogiosos sobre lo bueno que era ser liberadas por la sociedad de la liberté, égalité,  fraternité – ¡la consumación del matrimonio del feminismo con el imperialismo! Como reacción, el velo se convirtió en un símbolo de la resistencia al imperialismo francés, al igual que la familia musulmana, las costumbres tradicionales, etc. Así, las costumbres milenarias de la esclavitud y la opresión domésticas no solamente no fueron abolidas, ¡sino que los símbolos de esas mismas costumbres fueron adoptados por la “Revolución”! Por tanto Boumedienne no dice “no” a la hipocresía de los imperialistas franceses a quienes finge odiar – sino a las conquistas fundamentales de la Revolución Francesa.

  

La expresión más clara del nacionalismo tercermundista que, al igual que los narodniki [populistas] rusos, reduce el “socialismo” y la “revolución” al resurgimiento feudalista, se encuentra en ese favorito de los revolucionarios de café, Franz Fanon, ideólogo oficial del FLN argelino. Aunque su libro L’an cinq de la Révolution Algérienne testimonia el valor y la fortaleza de la mujer revolucionaria argelina – mostrando cómo la integración en el FLN revolucionó su posición social, Fanon ve su fuerza no en la experiencia liberadora de la igualdad impuesta por la vida de comandos, sino en la tradición patriarcal musulmana:

 

“La verdad es que bajo condiciones normales, debe haber una interacción entre la familia y la sociedad en general. El hogar es el fundamento de la verdad de la sociedad, pero la sociedad autentifica y legitima la familia. La estructura colonial es la negación misma de esta justificación recíproca. La mujer argelina, al imponerse a si misma tal restricción, al escoger una forma de existencia de alcances limitados; profundizaba su conciencia y se preparaba para el combate.”

  

Fanon tiene razón al afirmar que después de participar en la lucha de liberación nacional la mujer argelina “no podía volver a su antigua manera de pensar y revivir su comportamiento del pasado.” Pero para Fanon, como para los narodniki, el mismo atraso social y cultural de las masas es una fuente de su capacidad revolucionaria. Los narodniki, los demócratas radicales pequeñoburgueses por excelencia, negaban el carácter burgués de la revolución democrática, es decir, la revolución agraria, la independencia nacional y los derechos democráticos, que constituían los parámetros de su programa. Para los narodniki, para Fanon y el régimen oficial argelino y para sus varios apologistas estalinistas-maoístas-pablistas, tales regímenes son “socialistas” a pesar de su incapacidad para llevar a cabo tan siquiera las tareas democráticas elementales de la revolución burguesa. Lo que resulta es un nacionalismo tercermundista, profundamente antidemocrático, feudalista y en este caso integralista islámico.

  

  

La mujer y la Revolución Rusa

 

Si la experiencia de la revolución argelina es la confirmación negativa de la Revolución Permanente, la Revolución Bolchevique de 1917 fue una confirmación tanto positiva como negativa. La Revolución Rusa surgida de la experiencia cataclísmica de la guerra mundial en un país que, como los países coloniales, combinaba la más avanzada tecnología capitalista – industrias que se encontraban completamente fusionadas con el capital financiero y como tales en última instancia controladas por las bolsas de Europa Occidental – con las instituciones medievales más retrógradas. A la vez Rusia misma era la prisión de naciones, una potencia imperialista con apetitos expansionistas en el Asia Menor y los Balcanes. Dado el retraso de su desarrollo burgués, Rusia se saltó la fase que nutre a una pequeña burguesía urbana vigorosa con instituciones e ilusiones democráticas fuertes. Cuando la mujer radicalizada de la intelligentsia entraba en la política, no lo hacía como feminista o sufragista, sino como terrorista. Según los informes del ministro de justicia zarista, el conde Pahlen, de las 620 personas que comparecieron ante los tribunales por actividades revolucionarias durante la década de los 70 del siglo pasado, 158 eran mujeres. Entre los 29 miembros integrantes del Comité Ejecutivo Central de Narodnaya Volya (Libertad Popular) en 1879 había diez mujeres. Uno de los miembros de este grupo, Sofya Peroskaya, dirigió el asesinato de Alejandro II.

  

La actividad terrorista de las mujeres radicalizadas provenientes de la clase media fue el preludio de las combativas batallas de clase de las trabajadoras rusas. Concentradas principalmente en las industrias textiles, estuvieron a la vanguardia del movimiento huelguístico de finales de la década de 1890. A principios del siglo, feministas burguesas organizaron “Círculos Políticos de Mujeres” en San Petersburgo. En el invierno de 1907-1908 los socialdemócratas rusos organizaron la “Mutualidad de Trabajadoras”. Cuando las feministas burguesas organizaron el primer Congreso de Mujeres de Toda Rusia en 1908, las “mujeres socialdemócratas estaban representadas por su propio grupo de clase aparte, en número de 45. Habiendo aprobado sus propias resoluciones independientes en todas las cuestiones, las trabajadoras finalmente abandonaron ese congreso de ‘damas’” (A. Kollontai, La lucha de las mujeres trabajadoras por sus derechos, 1918).

  

Una de las diferencias entre los Bolcheviques y Mencheviques era si debería organizarse un grupo independiente de mujeres proletarias o participar en los grupos de feministas burguesas. Después de la escisión final entre Bolcheviques y Mencheviques en 1912, los Bolcheviques se distinguieron por continuar la lucha por atraer a las mujeres proletarias al movimiento revolucionario. Los Bolcheviques iniciaron la publicación de Rabotnitsa (Obrera) en 1914 para el Día Internacional de la Mujer. Originado en 1908 en el barrio Lower East Side de Manhattan (Rutgers Square) por trabajadoras de la industria del vestido, su conmemoración fue adoptada por la Segunda Internacional bajo la dirección de Clara Zetkin en 1911. Este día fue celebrado por primera vez en Rusia a instancias de las obreras textiles de San Petersburgo en 1913 y de nuevo en 1914 con marcha y mitin de masas y la primera aparición de la bandera roja en San Petersburgo. La siguiente celebración fue en 1917 y señaló la apertura de la revolución rusa.

  

Los estalinistas que tratan de meter a la revolución rusa en su esquema etapista pretenden que la Revolución de Febrero fue la etapa democrático-burguesa de la revolución. Aunque la Revolución de Febrero fue burguesa ya que puso a la burguesía en el poder, tuvo muy poco de democrática,  especialmente en lo que respecta a la emancipación de la mujer. La exclusión de la Iglesia y los tribunales eclesiásticos de los asuntos privados del matrimonio y el divorcio no fue logrado sino después, con la dictadura del proletariado. Asimismo, no fue sino hasta después de la Revolución Bolchevique que se hicieron esfuerzos reales por aliviar la esclavitud doméstica de la mujer mediante el establecimiento de guarderías, casas de cuna, atención pre y post natal, comedores y lavaderos públicos.

  

La Revolución Bolchevique estableció otro principio básico de la Revolución Permanente – la necesidad de dirección proletaria sobre el movimiento campesino. Aunque la revolución agraria fue espontánea, la lucha por incorporar plenamente a las campesinas a la vida pública y política no lo fue. La movilización política de las campesinas requirió valientes y persistentes esfuerzos de las mujeres del partido Bolchevique, muchas de ellas reclutadas de las fábricas textiles de San Petersburgo que habían estado a la vanguardia de la lucha de clases rusa durante las tres décadas previas a la Revolución. Organizadas en las secciones especiales del Partido Comunista dedicadas a arrastrar a las masas de mujeres oprimidas a la causa de la revolución, cuadros del partido, frecuentemente vestidas de paranyas y eluchvons (la indumentaria con el velo usado por las mujeres en los territorios musulmanes de la Unión Soviética) llevaban el mensaje de la revolución a las regiones más atrasadas de Rusia. Para llegar a las mujeres de las tribus nómadas, las secciones de mujeres del PC organizaban “Yurtas Rojas”, grandes tiendas de campaña que dispensaban propaganda tanto médica como política. Sus esfuerzos culminaron con la Primera Conferencia de Mujeres Proletarias y Campesinas de Toda Rusia en noviembre de 1918, a la cual asistieron 1.700 delegadas. Una de las participantes describió la conferencia como sigue: 

  

“En 1918, cuando ardía la guerra civil, cuando todavía teníamos que luchar contra el hambre, el frío y devastación sin precedente, cuando aún era necesario derrotar al enemigo en innumerables frentes, en esta coyuntura se convocó a la conferencia de mujeres proletarias y campesinas. Centenares de trabajadoras, de las fabricas y aldeas más remotas habían venido a Moscú con sus quejas, reclamos e duda, con todas sus aflicciones grandes y pequeñas…”

—F.W. Halle, Women in Soviet Russia, 1933.

  

  

Termidor revierte las conquistas

  

Mas la Unión Soviética, país económicamente atrasado para empezar, azotado por la intervención imperialista y la guerra civil, acorralado y bloqueado por potencias capitalistas hostiles, fue incapaz de sentar las bases económicas para la construcción del socialismo; sólo podía “generalizar la miseria”. Lenin y Trotsky comprendían que, de la misma manera que la revolución democrática debe devenir en revolución socialista para realizar las tareas democráticas de la revolución, la revolución socialista debe devenir directamente en revolución mundial. El no haberse extendido la revolución condujo a la toma del poder por la conservadora burocracia estatal bajo Stalin que convirtió el aislamiento de la Unión Soviética de una profunda derrota en una “victoria” retórica con la doctrina nacionalista y antimarxista del “socialismo en un solo país”. Al consolidarse Stalin en el poder, la nueva élite gobernante requirió también del resucitamiento de la familia monógama como baluarte de este “socialismo” nacional – de la misma manera que constituyó un baluarte de la contrarrevolución política fascista en los países capitalistas.

 

La contrarrevolución política estalinista sencillamente echó a rodar en reversa la película de la revolución sobre la cuestión de los derechos de la mujer. Las secciones del partido para el trabajo entre mujeres fueron liquidadas en 1934; la homosexualidad se convirtió en delito en 1934; el aborto, que había sido legalizado en 1920, fue proscrito en 1936; de 1935 a 1944 el divorcio se hizo cada vez más oneroso y complicado; y en 1944 fue abolida incluso la educación mixta. Para lograr estas medidas. Stalin se basó en la influencia conservadora de los campesinos, que en general fueron los únicos que les dieron buena acogida.

  

Naturalmente, a cada etapa los apologistas estalinistas se las arreglaban para encontrar razones sociales y económicas para cada una de las medidas contrarrevolucionarias de Stalin. Como dijo Trotsky en La revolución traicionada, “La familia no puede ser abolida: hay que reemplazarla. La emancipación verdadera de la mujer es imposible en el terreno de la ‘miseria generalizada’.” Así que incluso el gobierno revolucionario de Lenin y Trotsky tuvo que enfrentarse a problemas horrendos, especialmente en lo concerniente a la familia y la emancipación de la mujer. Por ejemplo, en 1922 Krupskaya, esposa de Lenin, calculaba que había siete millones de niños sin hogar, en tanto que Lunacharsky, Comisario de la Educación, estimaba que había nueve millones. ¡Y la adopción tuvo que ser proscrita en 1926 para impedir la explotación de la mano de obra infantil por el campesinado! La principal “conquista” de Stalin fue el convertir las condiciones difíciles en la excusa para entregar todo el poder a una camarilla gobernante conservadora y contrarrevolucionaria que se adaptó al atraso para sobrevivir.

 

  

La mujer bajo el estalinismo tercermundista

 

En Yugoslavia, China, Vietnam del Norte y Cuba, direcciones pequeño burguesas al mando de ejércitos basados en el campesinado lograron destruir el capitalismo debido a circunstancias históricas excepcionales, a pesar de sus programas “democráticos” totalmente procapitalistas. Este sólo hecho les ha permitido a estos países jugar un papel independiente de la subordinación económica y política directa al imperialismo; esto es, les ha permitido cumplir la tarea fundamental de la revolución anticolonial. Mas estas victorias ocurrieron como confrontaciones militares en las que las fuerzas aliadas de los imperialistas y las burguesías nativas fueron derrotadas a pesar del empeño de las direcciones “revolucionarias” por traicionar la lucha a cambio de una “revolución” prudentemente contenida dentro de los límites del capitalismo (tal como sucedió en Argelia y en la mayoría de las situaciones similares). El proletariado, víctima de anteriores derrotas, carecía de dirección y no pudo participar como contendiente activo por el poder en estas revoluciones.

 

Como consecuencia, lo que resultó no fue la democracia proletaria, sino regímenes tan burocráticamente deformados como el que surgió de la degeneración de la revolución en la Unión Soviética – es decir, estados obreros deformados. Dentro de estos regímenes, una vez más la emancipación de la mujer resulta el indicador más exacto para medir la emancipación general. Aunque se ha otorgado la igualdad formal a las mujeres, no se ha hecho ningún esfuerzo concertado y consecuente por liberarlas de la esclavitud doméstica. A pesar de que las mujeres han ampliado su acceso a actividades socialmente productivas, se les restringe generalmente a aquellas áreas que son una simple extensión de las labores domésticas, tales como los textiles y la enfermería. En Vietnam del Norte, después de 26 años de guerra, a las mujeres aún no se les permite desempeñar posiciones de combate en el ejército regular. Y únicamente las exigencias de la guerra han obligado a la burocracia norvietnamita a establecer guarderías. El control de la natalidad y el aborto se legalizan o se proscriben al antojo de la burocracia.

  

Políticamente, las mujeres no se encuentran ni más ni menos privadas de derechos que sus esposos en ausencia de la democracia proletaria. Debido a la inexistencia de secciones especiales del partido para el trabajo entre las mujeres, no hay vehículos idóneos para prepararlas y equiparlas para ingresar al partido. El reclutamiento de mujeres se hace generalmente por medio de la exhortación moral. La gran mayoría de las mujeres son apartadas a la Federación Democrática de Mujeres de la localidad donde pueden difundir peticiones a favor de la paz, la justicia y la igualdad. En China, la Federación Democrática de Mujeres, que en un tiempo decía contar con una militancia de 70 millones, era encabezada por la esposa de Liu Shao-chi, ¡fue por tanto abolida por la Revolución Cultural!

 

En los países coloniales y atrasados, las clases pequeñoburguesas oprimidas por el feudalismo y el imperialismo, particularmente el campesinado, son más numerosas que el proletariado. Para llegar al poder, el proletariado debe movilizar a estas clases tras de sí en la lucha contra el imperialismo y por los derechos democráticos elementales. Sin embargo, el proletariado es la única fuerza consecuentemente revolucionaria y anticapitalista en estos países. Para derrocar al capitalismo e iniciar un camino sin obstáculos hacia el socialismo, la revolución debe hacerse bajo las condiciones dictadas por el proletariado y con su programa. La familia como unidad económica que sojuzga a la mujer podría entonces ser sustituida a través de la socialización de los medios de producción y reproducción de la fuerza de trabajo. Pero la revolución que se basa en el campesinado o en una engañosa amalgama de los intereses de campesinos y obreros (es decir, sobre un programa modificado de un sector de la pequeña burguesía), se encuentra con que para el campesinado la familia es la unidad económica existente de la agricultura en pequeña escala, en contraposición a las fábricas e industrias socializadas del proletariado. Al contrario de los obreros, los intereses de clase de los campesinos están basados en la profundización de la propiedad privada de pequeñas parcelas, lo cual implica la retención de la estructura familiar. Pero los campesinos son incapaces de reorganizar la sociedad. Su influencia conservadora solo puede ser contrarrestada mediante la dirección obrera.

  

De modo que la interrelación entre la cuestión de la tierra y la familia es una cuestión clave para entender el zigzagueo de los estados obreros degenerado y deformados. Porque la industrialización requiere un excedente de alimentos; un excedente de alimentos requiere la mecanización; la mecanización requiere la industrialización, etc. ¿Como romper este círculo vicioso? La Nueva Política Económica (NEP), acumulación socialista primitiva (el impuesto en especie), la persuasión y el ejemplo fueron los métodos de Lenin y Trotsky. El fíat burocrático, cuyos parámetros son solamente los precipicios de la catástrofe, es el método del estalinismo, que vira del “kulaks, enriquecéis” de Bujarin/Stalin y la Nueva Democracia de Mao a la colectivización forzada y al Gran Salto Adelante. Durante el Gran Salto Adelante y la colectivización forzada de Stalin, las mujeres fueron alentadas a participar en la producción social, y la familia tendió a ser subordinada. Pero estas medidas no correspondían al ritmo real del desarrollo económico, y no se crearon sustitutos para reemplazar a la familia como unidad económica. Los regímenes estalinistas se vieron así obligados a fortalecer la estructura familiar como la única forma no revolucionaria de salir del caos que habían creado y para conciliar a los campesinos enfurecidos. El proletariado, precisamente la clase para la cual la familia no desempeña ningún papel económico, está destinada por la historia a encabezar la lucha por la emancipación de la mujer.

  

  

La mujer y la revolución permanente

 

Aunque la explotación de clase es el eje principal de la lucha social, no es ésta la única forma de opresión social. La insensibilidad a las formas especiales de opresión -nacional, racial y generacional así como sexual- es una forma de oportunismo. El economicismo, la ideología de los burócratas de los sindicatos y sus acólitos, prospera en tal oportunismo. Sin embargo, el negarse a ver la trabazón existente entre la opresión especial y la lucha de clases, el proponer otras vías (como el feminismo burgués) que la lucha de clases para resolver la cuestión de la opresión especial, es a la vez reaccionario y utópico. Debido a que la cuestión de la familia y de la opresión de la mujer es fundamental a la sociedad de clases, la solución sólo puede ser la extirpación global de la propiedad capitalista y la preparación para la sociedad comunista sin clases. Solamente un partido proletario internacional, consciente de sus tareas y su misión, puede ofrecer la dirección necesaria para tal levantamiento.