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¿Adónde va Polonia?

  

  

Traducido de Workers Vanguard No. 279, 24 de abril de 1981. Esta versión fue impresa en Spartacist en español No 9, julio de 1981.

  

Polonia se está deshaciendo. El movimiento sindical “Solidaridad” (Solidarnosc) se polariza. El partido comunista polaco está en caos. La economía hecha pedazos. Y el imperialismo estadounidense trata frenéticamente de provocar una intervención rusa. Reagan y Haig han decidido servirse de Polonia como peón en su sobrecalentada campaña de Guerra Fría contra la Unión Soviética. Y su meta final es derrocar las restantes conquistas de la Revolución de Octubre, baluarte principal del poder estatal proletario. Los revolucionarios y obreros conscientes debemos oponernos a esta provocación imperialista y defender incondicionalmente a los estados del bloque soviético contra ataques contrarrevolucionarios.

  

Washington azuza a sus “aliados” en Europa Occidental a reforzar su resolución antisoviética con cohetes nucleares dirigidos contra el “agresor ruso en Polonia”. El general Haig trata de convencer a los gobiernos miembros de la OTAN a romper relaciones económicas y diplomáticas con la URSS. Weinberger, el ministro de guerra norteamericano, amenaza con represalias terribles contra una intervención de la Unión Soviética. E incluso hace gala de la peligrosa “carta china” estadounidense, amenazando con librar armas a Pekín, probablemente con armamento nuclear capaz de atacar a ciudades soviéticas. Y los chinos están listos, más aun ansiosos: no sólo quieren cohetes nucleares, sino que ¡también quieren usarlos!

  

Desde la Segunda Guerra Mundial la burguesía norteamericana ha tratado de convencerse de que puede aplastar con bombas nucleares a la Unión Soviética y sobrevivir. Esta es la meta que proclama abiertamente hoy la administración Reagan. Richard Pipes, el experto en Rusia de la Casa Blanca, dice que los soviéticos enfrentan la alternativa de “cambiar su sistema comunista en la dirección del Occidente o hacer la guerra.” Reagan/Haig creen que una intervención soviética en Polonia eliminaría todos los obstáculos en sus preparativos para esta guerra.

  

Aun si no interviene el Kremlin, los EE.UU. han hecho de Polonia el foco central de su Guerra Fría con sus referencias constantes a una “invasión por osmosis”, “extensión indefinida de maniobras por tropas del Pacto de Varsovia”, etc. “Parece que [los EE.UU.] hacen alguna jugada con toda una nación,” exclamó un polaco enfurecido por las continuas alarmas desde Washington (New York Times, 6 de abril). En verdad, Reagan y Haig han puesto en claro que buscan una intervención rusa a gran escala, y tratan a toda costa de desencadenarla. Quieren ver a obreros polacos tras el águila y la cruz tirando cócteles molotov contra tanques rusos. Quieren provocar un baño de sangre en Polonia para luego poder utilizar como grito de combate la “agresión rusa”, para empujar en todos los frentes su campaña dirigida a una Tercera Guerra Mundial.

  

Los políticos imperialistas y la prensa occidental hablan de una “invasión” Soviética a Polonia. En realidad, el ejército soviético expulsó a las fuerzas alemanas nazis de Polonia y liberó al país en 1944-45. Y han permanecido allí desde entonces. Hoy día hay dos divisiones rusas protegiendo las vitales vías de comunicación con Alemania Oriental y el frente OTAN. Exigir la retirada de las tropas soviéticas de Polonia es exigir que Varsovia abandone el Pacto de Varsovia. Es decir, equivale a llamar por el desarme unilateral del bloque soviético. No es una invasión de lo que se trata, sino de una intervención militar rusa en la vida civil y la lucha de clases polaca. Y estos procesos han sufrido cambios importantes en los últimos nueve meses de plena ebullición.

  

La ola masiva de huelgas en los puertos bálticos en agosto del año pasado puso a los obreros polacos ante una alternativa histórica: frente a la bancarrota evidente y dramática del dominio estalinista, sería ya o el camino de la contrarrevolución sangrienta enlazada con el imperialismo occidental, o el camino de la revolución política proletaria. A raíz de la influencia clerical-nacionalista en Solidarnosc y ahora con la aparición de una organización de masas del campesinado terrateniente, el peligro contrarrevolucionario sigue siendo grande. Pero se ha iniciado un proceso de diferenciación política. Ante todo, “Solidaridad” ha pasado a abarcar a la totalidad de la clase obrera polaca, con todas sus tensiones y contradicciones. Un millón de miembros del partido polaco han entrado a los nuevos sindicatos, y el partido está en apuros: los “duros” aislados, la dirección debilitada, la militancia alborotada. Y la iglesia se ha distanciado de Walesa y Cía., con la esperanza de mantenerse como un polo contrarrevolucionario estable frente a una intervención militar soviética.

  

Esta fluidez política no quiere decir de ninguna manera que ha habido un cambio fundamental en la relación de fuerzas, la cual es todavía claramente desfavorable desde el punto de vista revolucionario. Pero si surgiera una auténtica oposición leninista-trotskista, podría experimentar un crecimiento rápido y tener un tremendo impacto de polarización. Pero si el Kremlin, empujado por la provocación imperialista, entrara a restaurar el orden burocrático en Polonia, en el mejor de los casos congelaría el proceso de diferenciación política necesario para la única solución progresista a la crisis polaca: la revolución política obrera. Por eso, los verdaderos internacionalistas proletarios deben protestar airadamente una intervención militar rusa, que representaría una derrota para la causa del socialismo.

  

Pero mucho peor sería una resistencia violenta por parte de los polacos, lo que podría resultar en un baño de sangre. Sería ésta una catástrofe histórica. Una represión “fría” sólo postergaría la confrontación entre los obreros polacos y sus gobernantes estalinistas. Si hay un tanque soviético en cada esquina y los polacos pasan rechiflando, ¿qué ha cambiado realmente? Pero si hay una respuesta violenta, la represión resultante aplastaría a la clase obrera polaca políticamente y produciría una explosión de nacionalismo antiruso que costaría años si no décadas en superar. Además, enardecería la campaña bélica del imperialismo estadounidense; es por esto que a Reagan y Haig les gustaría un tal baño de sangre. Los revolucionarios proletarios por tanto debemos oponernos enfáticamente a toda resistencia violenta, ya sea acción de masas o terror individual, contra tal intervención militar soviética en Polonia.

  

La situación actual de Polonia es el producto de décadas de capitulación por los burócratas estalinistas ante las fuerzas capitalistas. Esto hace a todo revolucionario sentir el anhelo por una dirección trotskista en la URSS que solucionaría rápidamente la crisis polaca. Sólo la revolución política en toda Europa del Este bajo el yugo estalinista puede abrir el camino al socialismo. Y esto requiere partidos trotskistas internacionalistas que puedan tender la mano a la clase obrera soviética en la defensa de las conquistas de la Revolución de Octubre.

  

  

El estalinismo alimenta la reacción clerical-nacionalista

  

Las fuerzas armadas soviéticas que entraron en 1944 a la Polonia ocupada por los alemanes, fueron saludadas como libertadoras tanto en el sentido social como nacional. La expropiación de los grandes terratenientes y capitalistas a mediados y fines de los años 40 fue una medida ampliamente apoyada. Y sin embargo, tres décadas de dominio burocrático estalinista han puesto a gran parte de la población, y de la clase obrera industrial, en contra de lo que consideran el “sistema comunista impuesto por Rusia”. Y no se trata simplemente de una reacción a la supresión policíaca de los derechos democráticos y a los privilegios groseros y la corrupción de la burocracia “socialista”. La actual crisis polaca, sobre todo el peligroso incremento en sentimientos clerical-nacionalistas, tiene sus raíces en los fracasos y los compromisos incumplidos del estalinismo de reforma.

  

Cuando Wladyslaw Gomulka subió al poder en 1956 proclamando la necesidad de la más amplia democracia obrera, él gozaba de una autoridad popular enorme. Luego, se dio vuelta y suprimió los consejos obreros y los círculos de intelectuales disidentes que lo habían apoyado contra los estalinistas duros. Cuando Edward Gierek sustituyó a Gomulka en 1970 luego del levantamiento obrero de la costa báltica, muchos creyeron en su retórica prometiendo una prosperidad económica incomparable. Luego, hipotecó ruinosamente la riqueza de Polonia a los banqueros occidentales mientras otorgaba subsidios ruinosos a los campesinos terratenientes.

  

Así, cuando bajo la presión del alza de precios y escasez de alimentos y otros productos básicos de consumo popular se produjo el estallido obrero en julio-agosto del año pasado [1980], los obreros vieron a la poderosa iglesia católica como la reconocida oposición al despreciado régimen “comunista”. La Internacional fue sustituida por el himno nacional, “O Dios, que habéis defendido a Polonia”, y el nuevo líder obrero, Lech Walesa, aprovechó toda oportunidad para declararse un hijo leal de la iglesia polaca. Muchos de los “disidentes” que han surgido son abiertamente reaccionarios-nacionalistas virulentos, anticomunistas, antidemocráticos e incluso antisemitas (¡a pesar de que casi no queda ningún judío en Polonia!).

  

El auge del nacionalismo clerical está asociado con simpatías con el Occidente, que frecuentemente se expresan en llamados por “sindicatos libres” como en los EE.UU. y Alemania Occidental. Los obreros polacos harían bien en mirar a las ensangrentadas neocolonias norteamericanas antes de tragarse las historias de la Radio Europa Libre. Los rusos tendrían que matar a unos 150.000 polacos para igualar proporcionadamente el número de obreros y campesinos asesinados durante el último año por la junta militar auspiciada por Carter y Reagan en El Salvador. En Brasil, el popular líder sindical “Lula” ha sido condenado a tres años y medio de encarcelamiento por haber hecho mucho menos que amenazar con dirigir una huelga general política cada mes. Incluso John Christensen, un observador del sindicato automotriz norteamericano United Auto Workers, que presenciaba los acontecimientos en Brasil, comentaba:

  

“Me asusta que al comparar Brasil con Polonia, un país comunista, parece haber más libertad allí que acá. Walesa es más libre que Lula, Allí el gobierno accedió a dialogar con él, aquí no.”

—New York Times, 3 de abril

  

Pueda que una visita a El Salvador y Brasil por una delegación de “Solidaridad” les enseñaría algo sobre la realidad del “mundo libre” — si es que salen con vida.

  

Dada la fuerte influencia clerical-nacionalista sobre los nuevos sindicatos que se convirtieron en Solidarnosc, hemos advertido repetidamente contra el peligro contrarrevolucionario capitalista encabezado por la iglesia del papa Wojtyla. Al mismo tiempo, reconocimos que la emergencia de un poderoso movimiento obrero desafiando fundamentalmente el dominio burocrático estalinista también podría abrir el camino a la revolución política proletaria. Por lo tanto, hemos insistido en que la tarea estratégica clave para una vanguardia trotskista en Polonia sería hacer romper a la masa de los obreros de las fuerzas reaccionarias. Esto quiere decir luchar por una serie de demandas programáticas incluyendo la absoluta separación de la iglesia del estado, defensa de la propiedad colectivizada, defensa de los estados obreros degenerado/deformados del bloque soviético contra el imperialismo. Una vanguardia trotskista trataría de polarizar el movimiento obrero, atrayendo a aquellos que buscan una solución auténticamente socialista y que son contrarios al Vaticano y al capitalismo occidental.

  

  

Solidarnosc en apuros, el partido comunista polarizado

  

Hoy estamos experimentando los comienzos de la diferenciación política interna dentro de “Solidaridad” y del partido comunista. Por primera vez aparecen fuerzas que se oponen al dominio burocrático no en el nombre del águila y la cruz sino llamando por la “renovación socialista” e incluso el retorno a los principios del “marxismo-leninismo”. El New York Times (12 de abril) pronostica: “De no ocurrir una intervención militar soviética, la fase siguiente más probable en la revolución obrera en Polonia no será una lucha contra el Partido Comunista sino una lucha en el interior del partido.” Esto hace aún más urgente la cristalización de un núcleo de propaganda trotskista en Polonia, lo único que puede ofrecer una salida de las continuas y desesperadas crisis que devastan a Polonia.

  

El panorama político ha cambiado considerablemente desde la huelga general de agosto pasado concentrada en Gdansk. Walesa sufre ataques desde varios lados en el interior de Solidarnosc. Entretanto, muchos de los más de un millón de militantes obreros del Partido Obrero Unido Polaco (POUP) que ahora participan en “Solidaridad” deben darse cuenta de que su ideario socialista (no importa cuán deformado por la ideología estalinista) está en conflicto con las ideas reaccionarias de Walesa y sus hombres. La jerarquía de la iglesia, por otro lado, se ha distanciado, temiendo una intervención militar soviética. Pocos días antes de una programada huelga general de “Solidaridad” a fines de marzo, el cardenal Wyszynski publicó una declaración conjunta con el primer ministro Wojciech Jaruzelski instando a que “pueden ser eliminadas las huelgas pues resultan extremadamente costosas para la debilitada economía nacional” (Daily World, 28 de marzo).

  

Especialmente significativo es el impacto que han tenido las luchas obreras sobre el aparato estalinista del POUP. La última reunión del Comité Central a fines de marzo, se convirtió en un alboroto político. “Debemos reconocer que Solidaridad es en primer lugar la clase obrera en sí,” declaró el secretario del partido del puerto báltico de Szczecin. Sólo el temor a la reacción del Kremlin evitó que la reunión echara a “duros” como Stefan Olszowski fuera del Politburó. Una conferencia nacional reciente de grupos disidentes dentro del partido, llevada a cabo en Torun, reivindicó la información adecuada y completa, el voto secreto, candidatos múltiples. Un delegado protestó: “Las autoridades no deben presentar los cambios que están ocurriendo en nuestro país como el trabajo de fuerzas antisocialistas sino como la necesaria restauración de los principios marxistas-Ieninistas” (New York Times. 16 de abril).

  

Sin embargo, en forma general los disidentes del POUP no se orientan hacia el redescubrimiento del leninismo auténtico. Tienden más bien al estalinismo liberal, “el socialismo con cara humana”, como el reformador estalinista checo Dubcek lo llamaba durante la Primavera de Praga de 1968. Buscan una acogida favorable por parte de los actuales dirigentes de Solidarnosc. Además, según se informa, expresan prejuicios y sentimientos políticos antirusos ampliamente difundidos en Polonia hoy en día. Un delegado en la conferencia de Torun indicaba: “Nuestros amigos soviéticos tienen una historia que los ha acostumbrado al absolutismo gubernamental. Pero la historia de nuestra nación está íntimamente ligada a la democracia.” ¡¿Y qué hay del héroe nacional y dictador fascistoide Pilsudski, ex socialdemócrata de derecha quien defendió al capitalismo polaco contra el Ejército Rojo en 1920?! Como indicó Trotsky, la misma burocracia estalinista podría generar un ala fascista — él la llamó la “fracción Butenko” — la cual en la Polonia de hoy estaría impregnada de un virulento nacionalismo antiruso.

  

Si los liberales del POUP hablan de una “renovación socialista” en Polonia, el Kremlin advierte contra “la contrarrevolución trepante”. Los estalinistas brejnevistas no se atreven a atacar las bases reales de la contrarrevolución, la poderosa jerarquía católica, y en su lugar escogen como blanco grupos disidentes relativamente pequeños, especialmente el Comité para la Autodefensa Social (KOR) de Jacek Kuron, y la Confederación de la Polonia Independiente (KPN) de Leszek Moczulski. Por supuesto, los mandones del Kremlin denunciarían a toda oposición política, incluso y especialmente a los trotskistas, como “contrarrevolucionaria” o aun “fascista”. Pero no obstante las calumnias estalinistas, el KOR y la KPN son, cada uno a su manera, enemigos del socialismo.

  

La KPN es abiertamente clerical-nacionalista y antisocialista. No es lo mismo con el KOR de Kuron, sin embargo. En Occidente se considera a Kuron generalmente como una especie de izquierdista, incluso “marxista” — un reflejo de sus posiciones durante los años 60. Como hemos señalado en contra de sus entusiastas seudotrotskistas, él se ha movido muy a la derecha. Tamara Deutscher lo confirma en un importante artículo, recientemente publicado en el New Left Review (“Poland — Hopes and Fears”, enero-febrero de 1981). Ella recuerda que cuando fueron condenados a la cárcel en 1964, “Kuron y su camarada cantaron con brío la Internacional ante el tribunal. Hoy día este gesto por Kuron sería inconcebible. Se ha movido hacia la socialdemocracia, la iglesia y una posición nacionalista.”

  

  

Ante todo, un partido Internacionalista revolucionario

  

Que haya o no una intervención militar de Moscú en el futuro próximo, la crisis polaca está procediendo rápidamente hacia el punto de detonación. El caos económico asume proporciones desastrosas. Las reservas alimenticias disminuyen rápidamente; las exportaciones para divisas de moneda fuerte han caído en un 25 por ciento desde el año pasado, y la exportación del carbón ha disminuido en un 50 por ciento. Políticamente, la situación es anárquica. Debe haber entre los trabajadores de Polonia un tremendo sentimiento a favor de tomar el control de la sociedad, la economía, y dirigirla en su interés. Buscando apaciguar a las masas, los dirigentes estalinistas hablan ahora de otorgar más poderes al parlamento, el Sejm, la instancia gubernamental nominalmente más alta.

  

En la Polonia de hoy la consigna clásica de los Bolcheviques — todo el poder a los soviets, los consejos obreros democráticamente elegidos — tendría gran atractivo. Una vanguardia revolucionaria podría exigir que los supuestos poderes del Sejm fueran conferidos a un congreso de soviets como en la Revolución de Octubre rusa. Pero los soviets de por sí no garantizan una dirección socialista de la sociedad. Sobre todo en las condiciones actuales de Polonia, podrían sucumbir a la influencia de fuerzas nacionalistas reaccionarias buscando el respaldo imperialista contra la URSS. El elemento clave es un partido obrero auténticamente revolucionario capaz de organizar los impulsos socialistas de las masas trabajadoras alrededor de un programa internacionalista, marxista.

  

La vanguardia comunista debe ser de antinacionalistas combativos. Buscarían inspiración en la tradición del partido socialista de Rosa Luxemburg y Leo Jogiches de antes de la Primera Guerra Mundial. A diferencia del chauvinista Partido Socialista Polaco de Pilsudski, éstos denominaron a su organización la Socialdemocracia del Reino de Polonia y Lituania. Sostenían que la transformación socialista de Polonia estaba entrelazada de forma inextricable con la revolución proletaria en Rusia.

  

Uno de los líderes de la SDKPiL de Luxemburg/Jogiches fue Felix Dzerzhinski quien más tarde jugó un papel distinguido en la Revolución Bolchevique como jefe de la Cheka, el brazo policial del joven poder soviético. Dzerzhinski, cuyo acento polaco en ruso se acentuaba cuando estaba perturbado, fue elegido para esta posición difícil por ser un revolucionario de una rectitud moral extraordinaria. A un nivel histórico bastante menor está Konstanti Rokossovski, un joven socialista polaco que entró al Ejército Rojo soviético en 1919. Encarcelado durante las purgas de Stalín a fines de los años 30, reapareció para convertirse en uno de los más grandes comandantes soviéticos de la Segunda Guerra Mundial. El mariscal Rokossovski fue un oficial militar estalinista y no un revolucionario. Pero su aporte a la defensa de la Unión Soviética en contra del ataque imperialista es honroso — y él jugó un papel clave en la liberación de Polonia en 1944-45 de la horrenda ocupación nazi.

  

En su importante ensayo sobre la “Tragedia del Partido Comunista Polaco”, Isaac Deutscher enfatizó como su conclusión principal que: “… si la historia del PC polaco y de Polonia en general prueba algo, es cuán indestructible es el lazo entre la revolución rusa y la polaca.” Hoy en día es necesario hacer revivir la tradición de la unidad revolucionaria del proletariado ruso con el polaco. Ahora ésta debe ser dirigida contra las burocracias estalinistas, en defensa de las economías colectivizadas y del poder estatal proletario contra la amenaza del capitalismo imperialista.

  

La dirección de “Solidaridad” se opone directamente a estos principios. Walesa y sus colegas se consideran como los abanderados de la nación polaca en su totalidad contra el “comunismo” ruso. Esto se expresa más claramente en su apoyo activo a la organización campesina, Solidaridad Rural. De hecho, la reciente huelga casi general fue llamada fundamentalmente a favor de la organización campesina. Expresando los apetitos adquisitivos de los numerosos campesinos terratenientes polacos, la meta de Solidaridad Rural es el pleno reestablecimiento de las relaciones capitalistas en el campo. Sus demandas no económicas incluyen la construcción de más iglesias, no a la restricción de la educación religiosa y la eliminación de la instrucción obligatoria de la lengua rusa en las escuelas. No es de extrañar entonces que el mismo papa Wojtyla exigiera que el régimen de Varsovia reconozca a Solidaridad Rural, una base potente para la restauración capitalista. El régimen estalinista acaba de legitimar a esta organización campesina, revocando su posición previa, lo cual señala una concesión importante a las fuerzas de la reacción.

  

La respuesta socialista a Solidaridad Rural no es de mantener el statu quo en el campo, pues la actual situación es catastrófica. Los envejecidos e ineficientes minifundistas polacos constituyen una barrera importante a un desarrollo económico equilibrado. El subsidio alimenticio de unos 10 mil millones de dólares — o sea, la diferencia entre lo que el estado les paga a los campesinos y lo que les cobra a los consumidores urbanos — es de lejos el renglón más importante en el presupuesto gubernamental y constituye una parte significativa de la renta nacional total. Las granjas colectivas ucranias y rusas abastecen actualmente a Polonia con alimentos, a pesar de que el nivel de consumo, especialmente de carne, es mucho más alto en Varsovia y Gdansk que en Moscú y Kiev. Una tarea clave e inmediata para un gobierno soviético revolucionario en Polonia seria el promover la colectivización de la agricultura. Deben otorgarse créditos baratos y servicios sociales generosos a aquellos campesinos que combinan sus tierras y fuerza de trabajo. Los que quieren continuar siendo pequeños capitalistas agrarios deben someterse a impuestos más elevados y otras formas de discriminación económica.

  

En conjunto con la atrasada agricultura minifundista, una deuda exterior inmensa está a la base de la actual crisis económica polaca. Durante los años 70 el régimen de Gierek trató de comprar a los obreros y campesinos mediante préstamos masivos contratados en el Occidente. Sus sucesores han acelerado esta política desastrosa. ¡Sólo en los últimos siete meses la deuda polaca al Occidente ha aumentado en una tercera parte! El pago a los banqueros de Frankfurt y Wall Street va a absorber todas las entradas de divisas provenientes de exportaciones por muchos años (y no es pequeña la parte de las exportaciones soviéticas que son utilizadas para el pago directo o indirecto a los acreedores capitalistas occidentales de Polonia). La demanda por la anulación de la deuda imperialista es crucial en romper la camisa de fuerza capitalista que restringe la economía polaca. Pero esto sólo sería posible bajo un régimen soviético revolucionario que pudiera responder a las represalias económicas imperialistas llamando a los trabajadores de Europa Occidental a convertirse en sus camaradas en la planificación socialista internacional de unos Estados Unidos Socialistas de Europa.

  

Importantes como son los llamados a la clase obrera del Occidente capitalista, aún más importante para la revolución política proletaria en Polonia es la perspectiva hacia una tal revolución en la Unión Soviética. Si interviniera militarmente el Kremlin, la suerte inmediata de los obreros polacos dependería en gran medida de su capacidad de influir y ganar a los soldados conscriptos soviéticos — es decir, jóvenes obreros y campesinos rusos, ucranios y de Asia Central en uniforme. El nacionalismo polaco antiruso, y especialmente toda violencia dirigida contra los soldados y oficiales soviéticos, sabotearían la causa proletaria.

  

Aquí es importante anotar que las ilusiones sobre la “buena voluntad” y el pacifismo de las potencias capitalistas occidentales, muy comunes en Europa del Este y especialmente en Polonia, no se extienden a la Unión Soviética. Luego de perder a 20 millones luchando contra la Alemania Nazi, el pueblo soviético sabe muy bien que el arsenal nuclear de la OTAN está dirigido contra él. Esta comprensión ha sido reafirmada ahora por las abiertas amenazas de Washington de un primer ataque nuclear. El pueblo soviético tiene razones legítimas de temer la transformación de los países linderos de Europa del Este en estados hostiles, aliados al imperialismo.

  

Los burócratas del Kremlin explotan este temor legítimo para aplastar el malestar popular y las aspiraciones democráticas en Europa del Este, como en Checoslovaquia en 1968. Pero la situación en Polonia hoyes bastante diferente de la “Primavera de Praga”. El nacionalismo antiruso es de una virulencia magnificada, mientras que Washington y sus aliados en la OTAN actúan de forma mucho más provocativa, incluso con amenazas militares. Por estas razones, la cuestión de la defensa de la Unión Soviética contra el imperialismo tiene una importancia mucho mayor en la actual crisis polaca. Los obreros revolucionarios polacos no pueden esperar atraer a los soldados soviéticos a menos que les aseguren que defienden las conquistas sociales de la Revolución de Octubre contra un ataque imperialista.

  

Sólo al dirigirse a sus hermanos de clase soviéticos en nombre del internacionalismo socialista es que el proletariado polaco podrá liberarse de las cadenas de la opresión estalinista. Con esta perspectiva una vanguardia trotskista en Polonia podría a transformar la catástrofe pendiente en una gran victoria para el socialismo mundial.