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Apoyo crítico a Unidad Socialista

Las elecciones dominicanas en la hora de El Salvador

  

  

Traducido de Workers Vanguard no. 306, 28 de mayo de 1982. Esta versión fue impresa en Spartacist en español No. 14 (1984).

  

La elección de Salvador Jorge Blanco como presidente de la República Dominicana en la votación del 16 de mayo [de 1982] fue aclamada por los medios informativos estadounidenses como una “victoria para la democracia” en el Caribe. Saludando la concurrencia de “votantes alegres” que esperaban ante las urnas en largas colas, los comentaristas vinculaban los comicios dominicanos con el reciente show electoral montado por la junta militar salvadoreña respaldada por los EE.UU. Pero mientras que el voto en El Salvador puso al cabecilla de los escuadrones de la muerte D’Aubuisson a la cabeza de una “asamblea constituyente” fraudulenta, en este caso el victorioso Partido Revolucionario Dominicano (PRD) está afiliado a la Segunda Internacional socialdemócrata y Jorge Blanco, el próximo presidente es considerado (con bastante exageración) un “izquierdista moderado”.

  

Pero lo más notable en las elecciones dominicanas fue precisamente lo que no ocurrió. No hubo golpe. Hace cuatro años, cuando el candidato del PRD, Antonio Guzmán, ganó las presidenciales, el ejército se movilizó a las cuatro de la mañana a apoderarse de las urnas. Sólo un telefonazo del presidente norteamericano Jimmy Carter, ansioso por apuntalar su imagen de promotor de los “derechos humanos”, impidió que los militares se instalaran en el poder. En esta ocasión las tropas permanecieron en sus cuarteles. ¿Significa esto que el país ha “entrado definitivamente a la era de la libertad,” como dijo el dirigente perredeísta José Peña Gómez? ¿Acaso está dando resultado la tan cacareada iniciativa para la Cuenca del Caribe de Ronald Reagan, con la cual se propone atajar la revolución por medio de un “mini” Plan Marshall? Nada más erróneo.

  

Para los planes de guerra fría del imperialismo EE.UU., el que uno u otro político burgués anticomunista ocupe la silla presidencial de su protectorado dominicano no reviste importancia capital mientras se mantengan controladas a las masas. (Aún tienen en la memoria el alzamiento de abril de 1965 cuando necesitaron 42.000 marines norteamericanos para reimponer el orden y ahuyentar el fantasma de la revolución social.) Naturalmente que para algunos de los belicosos dementes en Washington, la perspectiva de una junta militar “autoritaria” a sólo unos cuantos kilómetros de Cuba era tentadora. Además, como escribió un columnista en Washington, el candidato del PRD tiene “varios partidarios con ‘pasados problemáticos’.” Por otra parte, a Jorge Blanco se le consideró “carente de las inclinaciones marxistas-leninistas que son fatales para cualquier extranjero en busca del favor de Reagan” (Washington Post, 11 de mayo de 1982).

  

Pero ante todo el gobierno norteamericano se encuentra por el momento demasiado atareado. Después del trabajo que le costó embellecer las “elecciones” salvadoreñas, éstas resultaron en la victoria del “Mayor Soplete” D’Aubuisson, quien ahora tienen que hacer aceptar por el Congreso estadounidense. Luego vino el “golpe por inspiración divina” [de Ríos Montt] en Guatemala: ante un fallido fraude electoral, optaron por un movimiento de “oficiales jóvenes” de las fuerzas armadas que inadvertidamente colocó a un estrafalario cristiano “renacido” como jefe de la junta militar. Y ahora la absurda y ridícula guerra por las Malvinas/Falklands, que ya le ha costado a Reagan la pérdida de su aliado anticomunista argentino, ha venido a dificultar los planes de Washington para una invasión contra la Nicaragua sandinista. Lo que menos necesitaba el Pentágono era una aventura militar innecesaria y posiblemente costosa en el Caribe. Sobre todo dado que en todas las cuestiones importantes, a nivel nacional e internacional, la política del PRD —como la mayoría de los comestibles en un colmado dominicano— es “made in U.S.A.”.

  

Hoy no hay golpe

  

Aun así, la amenaza de una intervención del ejército fue lo que dominó la campaña. En Santo Domingo la interrogante es siempre qué es lo que traman los generales y el Pentágono. El New York Times (21 de mayo de 1982) publicó un editorial sobre una “Nueva rutina dominicana”, señalando: “Antes de que Trujillo tomara el poder en 1930, Santo Domingo tuvo 123 jefes de gobierno; salvo cuatro, todos los jefes políticos después de la colonia fueron militares. Ningún presidente dejó su cargo por voluntad propia.” (El redactor omitió mencionar que fueron los EE.UU. quienes colocaron a Trujillo a la cabeza del ejército durante los ocho años que ocuparon la isla; que “El Benefactor” gobernó por tres décadas con respaldo norteamericano antes de que “el chivo” fuera asesinado en una operación fraguada por la CIA.) Como indicio de la creciente “cultura democrática” (¿de quién?) en la República Dominicana, el Times señala al golpe en cierne de 1978 que Carter “acomedidamente” desalentó y concluye: “En esta ocasión ni siquiera existió amenaza de golpe.”

  

Guzmán, el actual presidente perredeísta, declara que el principal logro de su régimen ha sido la “profesionalización de las fuerzas armadas”. Más durante meses esta oficialidad “profesional” ha estado amenazando con intervenir. En febrero [de 1982] una carta de uno de los integrantes del comando conjunto de las FF.AA. al ministro de defensa, divulgada extraoficialmente, acusaba al dirigente del PRD Peña Gómez de planear una revuelta armada si su partido no ganaba las elecciones. Poco después se arrestó a decenas de izquierdistas por pintar murales en las paredes, mientras el jefe de la Policía Nacional amenazaba con perseguir a los “vándalos dentro del PRD que andan causando desórdenes” (ver “Hands Off Dominican Leftists!” Workers Vanguard No. 301, 19 de marzo de 1982). Luego el 2 de abril, el columnista de Washington Jack Anderson reveló en la cadena de televisión ABC que se estaban despachando envíos de armas norteamericanas al ejército dominicano, supuestamente “para asegurar que las elecciones del 16 de mayo se realicen sin contratiempos.”

  

De hecho, informó Anderson, el General Lachapelle, jefe del estado mayor dominicano, consideraba al favorito en las elecciones, Jorge Blanco, un “comunista”, y “la gente de Lachapelle admite abiertamente que el general utilizará su armamento norteamericano para adueñarse del poder” e impedir un triunfo del PRD. La credibilidad del informe adquirió realce cuando el jefe del ejército hizo publicar comunicados de prensa en páginas enteras en todos los periódicos importantes para negar oficialmente que el ejército estuviera fraguando un golpe esa semana. Aparentemente esto no fue suficientemente convincente, por lo que dos semanas más tarde se publicó un segundo comunicado, esta vez refrendado con las firmas de los jefes de las cuatro ramas de las FF.AA., negando toda intención de “subvertir el orden constitucional”. El Gral. Lachapelle, mientras tanto, confirmaba en una entrevista de prensa (El Sol, 8 de abril de 1982) que las armas habían sido solicitadas, pero protestaba:

  

“He dicho siempre a los oficiales y alistados que el gobierno democrático que surja con el voto popular el Ejército lo apoyará. Ahora... si surge un gobierno que desee la destrucción de las Fuerzas Armadas, entonces tenemos derecho a la legítima defensa; los institutos armados estarán de frente a ese gobierno porque hay lo que se llama un instinto de conservación, es natural.”

  

En un informe posterior Anderson explicó qué es lo que al ejército dominicano le parece tan natural. Citaba una carta a Reagan de dos representantes de Lachapelle en Washington en la que afirman que tienen “pleno conocimiento, y poseen evidencia de infiltración comunista y armas que llegan por Haití [¡!] con el patrocinio de Cuba y la Unión Soviética.” La misiva solicitaba armamento suficiente “para equipar una brigada de infantería ligera antes de las elecciones de mayo.” En respuesta un “pequeño arsenal”, que incluía 1.200 rifles automáticos M-16, dos helicópteros de carga, tres aviones de ataque A-37 Bravo, un barco patrulla PTF-23 y piezas de repuesto, fue inmediatamente embarcado hacia la República Dominicana (El Sol, 23 de abril de 1982).

  

Pero el 16-17 de mayo no hubo movimientos de tropa. ¿Qué sucedió? Evidentemente Washington consideró sus posibilidades y dio órdenes de parar. A fines de abril el embajador norteamericano Robert Yost declaró que la posición de Washington en las elecciones dominicanas era “neutral”. Y el candidato del PRD jugó su rol, acentuando durante los últimos días previos a los comicios que fortalecería los vínculos económicos y políticos con los EE.UU., daría menos importancia a las relaciones con los países del bloque soviético, y no tocaría a la jerarquía ni al personal del cuerpo de oficiales. De tal modo que al final los poderes dominantes acataron la decisión: tan pronto concluida la votación, el ganador recibió las felicitaciones de la asociación de comerciantes, la Gulf & Western, Ronald Reagan y el comando conjunto dominicano, (recordándole que no intentara tocar al ejército).

  

La “semidemocracia” del gobierno del PRD

  

Jorge Blanco hizo campaña como representante de una “nueva generación” en contra de dos caudillos decrépitos. Sus principales adversarios eran el veterano Joaquín Balaguer, de 75 años y casi ciego, que fue el último presidente títere del dictador Rafael Trujillo; y su rival perenne, el chocho profesor Juan Bosch, cuyo momento de gloria fueron sus siete meses de reinado en que sirvió de testaferro de la “Alianza para el Progreso” de John Kennedy en 1963. En la retórica política dominicana, el PRD populista/liberal del acaudalado ranchero Guzmán y del abogado de la Shell Oil Jorge Blanco se autodenomina “revolucionario”. Los neotrujillistas de Balaguer constituyen el Partido “Reformista” (PR), y el populista burgués Juan Bosch, cuyo vehículo es el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), se proclama marxista a la vez que se alía con Balaguer.

  

En 1978 el partido capitalista liberal, el PRD, llegó al poder con la consigna de “cambio”. Después de 12 años del gobierno semibonapartista de Balaguer con sus elecciones fraudulentas y violentas medidas represivas, gran parte de los cinco y medio millones de gente que constituyen la población del país deseaban un cambio. Aunque sólo fuera para poner alto a las matanzas: durante el balaguerato, la policía, el ejército y las bandas paramilitares asesinaron a unos 1.200 jóvenes e izquierdistas.

  

No obstante su timidez, el populismo del PRO logró despertar esperanzas entre las masas. Esto se reflejó en varias luchas que alcanzaron su punto decisivo a mediados de 1979. El gobierno de Guzmán había decretado la “austeridad” y una “tregua” laboral unilateral por parte de los trabajadores. Y cuando los obreros del gran complejo industrial Falconbridge se declararon en huelga en abril, el gobierno envió al ejército contra el sindicato. Ese verano, cuando un aumento en el precio de la gasolina detonó una combativa huelga del transporte público en Santo Domingo, el régimen del PRD dio rienda suelta a la policía y a una pandilla de matones, la llamada Banda Blanca, para que la rompieran y envió tropas a ocupar los barrios obreros. El saldo: siete muertos, 20 heridos y 700 encarcelados. En otra huelga de los transportistas en 1980 hubo cinco muertos como resultado de la represión gubernamental. Bajo el PRD, como bajo Balaguer, toda lucha social seria ha conducido a situaciones semiinsurreccionales.

  

A nivel internacional también el “cambio” introducido por el régimen de Guzmán fue puramente superficial. A pesar de que el PRD populista/liberal se afilió a la Segunda Internacional (la IS) hace algunos años, su objetivo fundamental sigue siendo administrar su pequeño estado insular como vasallo leal del imperialismo norteamericano. Se ofrecen gustosos como anfitriones de “reuniones cumbres” socialdemócratas caribeñas en Santo Domingo e invitan a dirigentes de la IS como Mario Soares de Portugal y Carlos Andrés Pérez de Venezuela a que actúen como observadores (léase “rehenes”) cuando temen un golpe militar. Pero sobre la cuestión de Afganistán, Guzmán respaldó el boicot de Carter de las Olimpíadas de Moscú. Sobre El Salvador, la República Dominicana se unió a otros ocho aliados de Reagan en Latinoamérica —incluyendo a las juntas chilena y argentina— para condenar el comunicado franco-mexicano (reconociendo al FDR/FMLN) como una “injerencia” en los asuntos internos de otro país. Y el PRD se ha negado reiteradamente a dar reconocimiento diplomático a la Cuba de Castro. En todas las cuestiones fundamentales bailan al son de Washington.

  

Apoyo crítico al PCD

  

Aquellos sectores de las masas dominicanas que sí rompieron con el PRD buscando una alternativa de lucha se orientaron en gran medida hacia la figura de Juan Bosch, recordado aún como símbolo de 1965. Los mítines electorales de Bosch atrajeron a muchedumbres volátiles de los tugurios de Santo Domingo. Contrariamente a su reputación, el “líder máximo” del PLD no es un hombre de izquierda sino un caudillo populista que ha girado desenfrenadamente de uno a otro extremo del espectro político burgués.

  

En la reciente campaña el único punto de “izquierda” definible en el inexistente programa de Bosch fue un llamado a que se nacionalicen las tierras de la Gulf & Western (mas no sus lucrativas empresas fabriles y turísticas). Conforme se acercaba el día de las elecciones, Bosch ponía en claro su oposición a toda clase de sublevación popular, declarando que la revolución socialista no sería posible “por muchos años” y que si ganaba el poder no gobernaría con izquierdistas y que más probablemente lo haría con algunos derechistas. Aunque Bosch obtuvo el apoyo de muchos izquierdistas de antaño, la “alternativa” que ofrecía estaba firmemente encajada dentro de los estrechos límites del capitalismo atrasado dominicano sujeto al dominio imperialista norteamericano.

  

También participaban en los comicios de mayo dos listas electorales de izquierda, Izquierda Unida y Unidad Socialista. Izquierda Unida es un bloque de diez grupos de “extrema izquierda”, herederos de la izquierda guerrillera maoísta/guevarista de los años 60. En su plataforma electoral la IU convocaba a la formación de un “gobierno democrático, popular y revolucionario”. Pero mientras instaba a los obreros a no votar por los partidos que representaban a los capitalistas, Izquierda Unida admite haber realizado “muchos esfuerzos” por acercarse al PLD del populista burgués Bosch para participar en una lista conjunta (Unidad Marxista Leninista, 11 de marzo de 1982). De tal manera que IU era explícitamente frentepopulista, es decir, intentó establecer una alianza de “frente popular” (como en España durante la guerra civil de los años 30 o Chile bajo el régimen de Allende) con los llamados “sectores progresistas” de la clase explotadora.

  

En contraste con los frentepopulistas de IU, la lista de Unidad Socialista encabezada por el Partido Comunista Dominicano (PCD) llama por un “programa socialista y anticapitalista”. En su plataforma electoral dicen que: “Como somos un país capitalista, y el proletariado es la clase explotada fundamental, hoy no puede haber en República Dominicana otra revolución que no sea socialista.” Aliado con otras dos agrupaciones pequeñas, el Movimiento por el Socialismo (MPS) y el Movimiento por la Unidad Socialista (MUS), proclaman que “el socialismo es tarea de hoy”. Critica el programa “democrático” de los maoístas por abrirle “un espacio a la llamada revolución nacional democrática del PRD”. Esto representa un giro inusitado y altamente episódico para un partido reformista estalinista pro Moscú.

  

Evidentemente la demagogia populista del PRD ha obligado al PC dominicano a adoptar una postura de izquierda rechazando “los esquemas de alianzas con la socialdemocracia que podrían ser válidos para otras situaciones” (Narciso Isa Conde, “Comunismo vs. Socialdemocracia”, 1981). Yendo aún más lejos, el PCD ahora rechaza incluso el tradicional esquema estalinista de la revolución “por etapas” para la República Dominicana. Y no tan sólo allí. En una conferencia sobre las “Características Generales y Particulares de los Procesos Revolucionarios en América Latina y el Caribe” que se celebró recientemente en La Habana, el delegado del PCD declaró:

  

“De manera que no se puede establecer una separación forzada entre una revolución denominada democrática y antiimperialista y otra socialista, ya que en la América Latina de hoy esas medidas están estrechamente vinculadas, forman parte de un solo torrente revolucionario, cuyo norte final es el establecimiento del socialismo a nivel mundial.”

  

Hablan los Comunistas, 6-13 de mayo de 1982

  

Esto tiene consecuencias sobre una serie de cuestiones, tales como las luchas en Centroamérica, donde el dirigente del PCD Narciso Isa Conde condena a los socialdemócratas que enfatizan “salidas negociadas”.

  

Conforme el imperialismo norteamericano ha subido la presión de su campaña de guerra antisoviética, esto ha intensificado dramáticamente la crisis del estalinismo mundial, una crisis que se ha hecho sentir agudamente dentro del Partido Comunista Dominicano. Así, el PCD protestó en 1968 contra la intervención de las tropas del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia, y durante años fue conocido como un partido semieurocomunista. Pero en 1980 ante la ofensiva antisoviética de los “derechos humanos” de James Carter, el PCD se pronunció por la intervención rusa en Afganistán. Más recientemente el PC dominicano ha entrado en una profunda crisis a raíz de los sucesos en Polonia. El pasado diciembre [de 1981] tres miembros destacados del PCD dimitieron del partido con una declaración “No a la intervención soviética en Polonia”. La posición oficial del partido rehusaba criticar las medidas represivas de Jaruzelski contra Solidarnosc, agregando a la vez que “ni la prolongación del uso de la fuerza” ni un “desenlace violento y trágico de esa crisis conducen a soluciones favorables a la causa del pueblo y del socialismo polacos” (Hablan los Comunistas, 17-24 de diciembre de 1981).

  

Juzgando desde lejos, la lista encabezada por el Partido Comunista Dominicano parece ofrecer al menos una oposición rudimentaria y coyuntural al populismo burgués y al frentepopulismo, y por lo tanto los luchadores por la causa proletaria pudieron dar un apoyo crítico a los candidatos de Unidad Socialista en las elecciones del 16 de mayo. Al mismo tiempo, los revolucionarios comunistas auténticos deben denunciar las peligrosas contradicciones del programa del PCD/US. Con relación a EI Salvador y para diferenciarse de Peña Gómez, el dirigente del PCD Isa Conde puede criticar la predilección de los socialdemócratas por las “salidas negociadas” con el imperialismo y la oligarquía. Pero en la República Dominicana, ¿qué? Durante el alzamiento de 1965 el Partido Comunista (entonces el PSP) fue el único grupo de izquierda que junto con el PRD se sometió a las “negociaciones” dictadas por la presencia de 42.000 marines estadounidenses. Los elementos combativos del PCD deben confrontar sin escaramuzas el papel contrarrevolucionario desempeñado por su partido en esos acontecimientos críticos, porque lo que está en juego es el futuro de la revolución dominicana.

  

La propaganda “socialista” de la campaña del PCD/Unidad Socialista es ante todo electorera; recuerda la vieja línea kautskyana del programa mínimo y programa máximo de la socialdemocracia. El PCD habla de socialismo, pero, ¿dónde está su intervención en luchas de importancia vital (como las huelgas de 1979-80) con el propósito de convertirlas en una amplia ofensiva obrera contra las multinacionales, el ejército y el gobierno del PRD? Aunque denuncia las varias amenazas golpistas, el PCD no insta a las masas a movilizarse para defenderse contra la reacción armada; en su lugar pide la depuración de unos cuantos “ultras” del cuerpo de oficiales que es virulenta y necesariamente anticomunista. Tales llamamientos son tan traicioneros como las prédicas de Allende de confianza en los oficiales “constitucionalistas” en Chile antes del desenlace sangriento de septiembre de 1973.

  

Este electoralismo también se refleja en el llamado del PCD/US a quienes “por alguna razón crean que deben votar por los candidatos presidenciales de las opciones políticas que se mueven dentro del sistema” a depositar un voto fraccionado a favor de los candidatos a diputados y locales de Unidad Socialista. De tal suerte que mientras se hacía campaña contra los populistas del PRD y PLD, y se denunciaban los coqueteos de Izquierda Unida a la burguesía “democrática”, aquí le abren las puertas al colaboracionismo de clases... ¡para ganarse unos cuantos votos más para concejales municipales!

  

¡Por una federación socialista del Caribe!

  

Salvador Jorge Blanco ha sido elegido presidente de la República Dominicana; el PRD sigue en el gobierno con el consentimiento del estado mayor dominicano y del Departamento de Estado norteamericano porque se presta voluntariamente como instrumento del dominio burgués e imperialista. ¿Y qué obtienen a cambio de su lealtad? Ronald Reagan presentó su respuesta al comunismo del sur del Río Bravo con su Iniciativa para la Cuenca del Caribe, recordando la “Esfera de Coprosperidad” de Japón en Asia Oriental durante los años 30, según la cual todos estos miniestados serán vinculados al mercado norteamericano a través de preferencias arancelarias. Bajo este plan la República Dominicana recibiría 40 millones de dólares en ayuda estadounidense mientras que el déficit de su balanza comercial (debido al alto precio del petróleo y el bajo precio del azúcar) es de 400 millones de dólares anuales.

  

Además, poco antes de las votaciones del 16 de mayo, Washington dio un paso que expresa claramente cuál es la relación de estos diminutos estados avasallados con el imperialismo norteamericano, imponiendo nuevas cuotas a la importación de azúcar. La República Dominicana se enfrenta así a la pérdida de más de la mitad de sus exportaciones. También, desde mediados de los 70 el precio del azúcar en el mercado mundial ha caído de 64 a 9 centavos de dólar la libra. Este deterioro en los términos del intercambio comercial, expresión directa del dominio imperialista, ha tenido un efecto desastroso en la economía dominicana. Tan es así que el otoño pasado durante una visita del vicepresidente norteamericano Bush al país, el presidente de la Cámara de Diputados dominicana le ofreció la siguiente comparación: Cuba vende azúcar a los soviéticos a un precio constante de 40 centavos de dólar la libra y compra petróleo a la URSS a 12 dólares el barril; la República Dominicana vende azúcar a los EE.UU. a 12 centavos de dólar la libra y compra petróleo en el mercado mundial a 35 dólares el barril. O sea que si fueran un satélite soviético, ¡los dominicanos estarían en mejores condiciones!

  

Pero por supuesto que la conservadora burocracia estalinista del Kremlin no está interesada en tener más satélites en el Caribe. Cuba les resulta lo suficientemente cara, y junto con Castro no se cansan de repetir a los sandinistas que hagan cuanto puedan por mantenerse dentro de la zona dólar (en otras palabras, no tocar a los capitalistas). El único modo de romper las cadenas del imperialismo, el cual condena a las masas caribeñas a un futuro de miseria aniquiladora, es a través de la revolución socialista internacional. Y si en la Rusia de Stalin el dogma del “socialismo en un solo país” fue un mito para justificar políticas antiinternacionalistas, el “socialismo en media isla” es un absurdo patente. La revolución obrera en la República Dominicana debe también proponerse la tarea de liberar a las masas haitianas del yugo de la dictadura títere de Washington que las oprime. Y particularmente, dado el número de dominicanos que viven en EE.UU. (más de medio millón en la sola ciudad de Nueva York), la revolución dominicana se desarrollará en estrecha unión con la revolución norteamericana. A través de la lucha por la revolución socialista y la emancipación nacional de colonias como Puerto Rico y neocolonias como Jamaica, y por la revolución política para reemplazar a la burocracia estrechamente nacionalista en Cuba, debe apuntar hacia el establecimiento de una federación soviética del Caribe como parte integrante de unos Estados Unidos Socialistas de América Latina.