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¡Una Polonia obrera, sí, Polonia del papa, no!

  

  

— extractos de Spartacist (edición en Inglés) No. 30, otoño de 1980. Esta versión fue impresa en Spartacist en español No. 9,  otoño 1981.

  

Todo el mundo pronosticó el estallido. Una clase obrera combativa y agitada, huelgas de campesinos, una deuda exterior inmensa, escasez de alimentos crónica y extensa, una iglesia católica poderosa y cada vez más pujante, proliferación de grupos opositores socialdemócratas y clerical-nacionalistas. Todos los elementos estaban presentes. Polonia a fines de la década de los setenta se debatía en una crisis cada vez más profunda rumbo a una explosión, una explosión que podría dar como resultado o la revolución política proletaria contra la burocracia estalinista o una contrarrevolución capitalista con la iglesia del papa Wojtyla a la cabeza.

  

Y cuando llegó el estallido captó la atención mundial durante dos semanas enteras. La huelga general en la costa báltica fue la movilización más poderosa del poder de la clase obrera desde mayo de 1968 en Francia. Pero, ¿fue una movilización para la clase obrera? He aquí la pregunta decisiva.

  

Ahora hay un acuerdo, al menos sobre el papel. Los obreros polacos han forzado a la burocracia a aceptar los “nuevos sindicatos autogestionarios” con la promesa de que ellos reconozcan “el papel dirigente” del Partido Comunista y no se dediquen a actividades políticas. En tanto el acuerdo aumenta el poder de los obreros polacos para luchar contra la burocracia estalinista, los revolucionarios pueden apoyar la huelga y su resultado. Pero sólo un ciego puede ignorar la influencia enorme de la iglesia católica así como la opinión favorable al Occidente entre los obreros huelguistas. Si el acuerdo fortalece organizativamente a la clase obrera, también fortalece a las fuerzas de la reacción.

  

El arreglo de Gdansk no puede durar. Ninguna burocracia estalinista -casta parásita que debe monopolizar el poder político para preservarse- puede tolerar una oposición obrera independiente. Y en Polonia hoy día, la idea de que tales sindicatos “se mantengan fuera de la política” es simplemente absurda. La situación en Polonia es de una dualidad de poderes fría. Nuevos enfrentamientos tendrán que ocurrir ya que el régimen, fuertemente endeudado a las instituciones financieras occidentales, no puede conceder el inmenso “aguinaldo” exigido por los obreros. Los fuertes aumentos salariales necesariamente acelerarán la inflación galopante o causarán una escasez aún más grave. Además, el Kremlin ya ha indicado su desaprobación al arreglo y una intervención militar soviética no puede ser descartada. El fin de la huelga general báltica no fue sino el principio de la crisis de la Polonia estalinista.

  

  

¿Democracia obrera o reacción clerical-nacionalista?

  

Ciertamente, los obreros están reaccionando contra la mala administración, los privilegios y abusos burocráticos. Las quejas de los obreros polacos son reales y justas. El despido pocos meses antes de su jubilación de una veterana militante, Anna Walentynowicz, que habría sido el detonante de la toma de los astilleros Lenin en Gdansk, debería enfurecer a todo obrero honesto. La existencia de almacenes especiales para uso exclusivo de los miembros del partido y los policías es una abominación, un rechazo de los principios más básicos del socialismo.

  

¿Y qué hay de las lealtades positivas y la visión política general de los obreros? Al comenzar la huelga hubo informes periodísticos de coros cantando la Internacional, indicando un elemento de conciencia socialista. Pero aunque los medios de comunicación imperialistas prestan especial atención y dan gran énfasis a todo apoyo dado a la ideología anticomunista en el bloque soviético, no hay duda alguna de que en un grado considerable los obreros bálticos y sus principales dirigentes se identifican con la poderosa oposición representada por la iglesia católica. No son sólo los signos externos -el cantar diario del himno nacional “Oh dios, que has defendido a Polonia”, los cientos de huelguistas arrodillados durante la misa, las ubicuas fotos de Wojtyla/Juan Pablo II, Lech Walesa repartiendo fotos de la Virgen María. Los asesores externos del comité de huelga son importantes miembros del grupo católico ZNAK y continúan sus funciones actualmente asesorando a los “nuevos sindicatos autogestionarios”.

  

Aún más siniestra es la demanda del comité de huelga pidiendo “acceso para todos los grupos religiosos [léase iglesia católica] a los medios de comunicación de masas”. Esta es una demanda antidemocrática que legitimaria el papel actual de la iglesia como la oposición reconocida al régimen estalinista. En realidad, los obreros de construcción naval del Báltico están pidiendo el reconocimiento de una iglesia estatal en un estado obrero deformado.

  

Pero esta iglesia no es leal al estado obrero. ¡Lejos de ello! La iglesia católica polaca (marcada por un antisemitismo virulento) ha sido un baluarte de la reacción incluso en el marco del catolicismo mundial. La iglesia polaca, especialmente a partir de 1976, ha ostentado cada vez más abierta y agresivamente su anticomunismo. A principios del año pasado el Wall Street Journal (2 de enero de 1979) observó: “Así, el sacerdocio se ha convertido en los hechos en un partido de oposición”.

  

El mencionado artículo también indicaba que el cardenal de Cracovia era especialmente responsable de la postura opositora más definida de la iglesia. Pocos meses antes, este prelado polaco se había convertido en el primer sucesor no italiano en cuatro siglos al trono de San Pedro. Karol Wojtyla es un peligroso reaccionario trabajando de la mano con el imperialismo estadounidense (en especial su compatriota Zbigniew Brzezinski) para poner en retirada al “comunismo ateo”, empezando en su tierra natal. Como dijimos cuando este anticomunista polaco fue hecho papa: “… él está ahora a la cabeza de millones de católicos practicantes en Europa del Este, una fuerza tremenda para la contrarrevolución” (“The President's Pope?” Workers Vanguard No. 217, 30 de octubre de 1978).

  

El episcopado polaco, temiendo tanto una intervención militar rusa como su propia incapacidad para controlar una insurrección obrera, tomó una actitud cautelosa durante la huelga general báltica. Pero, sean cuales fueren los cálculos tácticos actuales de la jerarquía, la iglesia, bien organizada y con una base de masas, será -en un vacío de poder- una agencia poderosa para la contrarrevolución social.

  

Polonia tiene la clase obrera más combativa en el bloque soviético, con una historia de lucha por organizaciones independientes datando desde mediados de los años cincuenta. Polonia es también el país en Europa Oriental con una movilización de masas potencialmente contrarrevolucionaria alrededor de la iglesia católica. Así, a diferencia de Hungría en 1956 o Checoslovaquia en 1968, las alternativas en la actual crisis polaca no se limitan a la revolución política proletaria o la reestabilización estalinista. Al mismo tiempo, no es un Afganistán donde el Ejército Rojo soviético está jugando un papel progresista al aplastar una insurrección clerical-reaccionaria respaldada por el imperialismo. En cierto sentido, Polonia está situada entre la Hungría de 1956 y Afganistán.

  

  

Trotskismo y “sindicatos libres”

  

La principal demanda y concesión obtenida por el comité de huelga báltico fue el reconocimiento de “sindicatos libres”. Esta consigna concreta, propugnada desde hace muchos años por la Radio Europa Libre respaldada por la CIA, ha adquirido una connotación marcadamente anticomunista y orientada al Occidente. Recuerden la consigna del motín de Kronstadt de 1921 por “soviets libres”— es decir, libres de comunistas.

  

Una parte esencial del programa trotskista para la revolución política proletaria en los estados obreros degenerado/deformados es la lucha por sindicatos independientes del control burocrático. Los sindicatos y el derecho de huelga serían necesarios aun en un estado obrero gobernado democráticamente, como protección contra abusos y errores de administradores y gerentes. Pero no es evidente en lo absoluto que los “sindicatos libres”, propugnados desde hace mucho tiempo por los disidentes, serían libres de la influencia de elementos católicos y favorables a la OTAN que representan un peligro mortal para la clase obrera.

  

En cualquier caso, en la situación altamente politizada que vive Polonia hoy día, los sindicatos “nuevos y autogestionarios” no pueden limitarse y no se limitarán a cuestiones de escalas de salarios, condiciones de trabajo, seguridad de empleo, etc. Ellos o se verán atraídos inexorablemente a la poderosa órbita de la iglesia católica o tendrán que oponerse a ella en nombre de los principios socialistas.

  

Y en la determinación de ese resultado la presencia de un partido de vanguardia revolucionario sería crucial. Una tarea central para una organización trotskista en Polonia sería proponer en estos sindicatos una serie de demandas que separen las fuerzas clerical-nacionalistas del resto de los obreros y las aíslen. Estos sindicatos deben defender contra el imperialismo occidental la socialización de los medios de producción y el poder estatal proletario. En la Polonia de hoy la reivindicación democrática básica de la separación de la iglesia del estado constituye una línea divisoria entre la lucha por la democracia obrera y el peligro mortal de la restauración capitalista.

  

  

¡Romper la camisa de fuerza económica imperialista!

  

El abandono de la colectivización agraria en 1956 ha jugado un papel importante en contribución a la crisis política y económica actual de Polonia. Así el país se cargó de una economía rural parcelaria atrasada y groseramente ineficiente, incluso en el marco de comparación de la Europa del Este. Y la fuerza de la iglesia católica polaca está basada en el peso social de la pequeña burguesía rural. Hoy en día, más de la tercera parte de la fuerza laboral todavía trabaja en el campo, mientras que el 80 por ciento de la tierra arable es propiedad privada. Sólo mediante la  eliminación de la horrible pobreza y el aislamiento rural en que se encuentran las masas podrá ser roto el dominio que ejerce sobre ellas el oscurantismo religioso. Una tarea clave inmediata de un gobierno obrero revolucionario en Polonia es promover la colectivización de la agricultura.

  

En 1978 más del 50 por ciento de los ingresos de Polonia en divisas de moneda fuerte fue absorbido por el pago de la deuda exterior; en 1979 lo fue más del 80 por ciento y hoy la tasa es de más del 90 por ciento. Polonia ha evitado convertirse en la bancarrota más grande del mundo sólo mediante la aceptación de los programas de austeridad impuestos por sus acreedores imperialistas. Al mismo tiempo, temiendo una explosión popular si las masas polacas se sienten demasiado presionadas, la dirección rusa está pagando una gran parte de la deuda exterior de Varsovia. En un sentido Polonia se ha convertido en el intermediario a través del cual el capital financiero occidental saca plusvalía de los obreros y campesinos soviéticos (cuyo nivel de vida es mucho más bajo que el de los polacos).

  

Un gobierno obrero revolucionario en Polonia anularla la deuda exterior. Bueno, quizás exportaría al camarada Edward Gierek a Alemania Occidental para que él pueda pagar sus deudas trabajando en una mina de carbón del Ruhr. Excelente idea, diría algún obrero polaco, pero ¿olvidarán simplemente los banqueros de Frankfurt unos 20 mil millones de dólares con tan sólo un gesto de fastidio? ¿Y qué de las represalias imperialistas que vendrán, tanto económicas como militares? Ante esta reacción inevitable el proletariado polaco debe dirigir un llamado a los obreros de Europa Occidental: no queremos ser clientes de vuestros amos sino vuestros camaradas en una nueva tarea ¡la planificación socialista internacional en unos Estados Unidos Socialistas de Europa!

  

  

¡Por la unidad revolucionaria de los obreros rusos y polacos!

  

Todas las fuerzas organizadas de la vida política polaca -la burocracia estalinista, la iglesia y todas las alas del movimiento disidente- inculcan, cada uno a su manera, hostilidad a Rusia como el enemigo del pueblo polaco. El sello propio de un partido revolucionario en Polonia sería la orientación positiva hacia la clase obrera rusa y aquí no se trata simplemente de un internacionalismo abstracto, es cuestión de vida o muerte.

  

Los obreros revolucionarios polacos no pueden esperar atraer a los soldados soviéticos a menos que les aseguren que van a defender esa parte del mundo contra el ataque imperialista. Y una revolución política proletaria en Polonia debe extenderse a la Unión Soviética o, de una forma u otra, será aplastada.

  

¡Por sindicatos independientes del control burocrático y basados en un programa de defensa de la propiedad socializada!

  

¡Por la estricta separación de la iglesia del estado! ¡Contra la reacción clerical-nacionalista! ¡Vigilancia contra la restauración capitalista!

  

¡Promover la colectivización de la agricultura!

  

¡Por el control obrero de la producción, los precios, la distribución y el comercio exterior!

  

¡Por la revolución política proletaria contra la burocracia estalinista — Por un gobierno basado en consejos obreros democráticamente elegidos (soviets)!

  

¡Romper la camisa de fuerza económica del imperialismo — Anular la deuda exterior! ¡Hacia la planificación económica socialista internacional!

  

¡Por la defensa militar de la URSS contra el imperialismo! ¡Por la unión revolucionaria de los obreros soviéticos y Polacos!

  

¡Por un partido trotskista en Polonia, sección de una IV Internacional renacida!