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El culto a la virgen María

  

  

Publicado por primera vez en Women and Revolution No. 15, verano de 1977. Traducido en Espartaco No. 35 junio de 2012. Copiado de  http://www.icl-fi.org/espanol/eo/35/virginmary.html

  

Los marxistas vemos en la religión contemporánea —en la que el miedo y la degradación conforman una liturgia que vuelve a los creyentes estúpidos e impotentes ante la divinidad de sus opresores— algo odioso. Entendemos, sin embargo, que lo que sostiene la filiación religiosa en la era científica no es tanto la convicción intelectual como la opresión social. Así pues, si bien el espíritu anticlerical que animaba el vivo deseo de Voltaire de “ahorcar al último rey...con las tripas del último cura” puede ser sincero e incluso justificado, semejante “guerra contra dios” no trasciende el idealismo pequeñoburgués. La religión desaparecerá sólo cuando haya sido destruida la sociedad que la hace necesaria.

  

Las revoluciones burguesas establecieron el principio de la separación entre la iglesia y el estado, pero, como señaló Marx, esto no produjo la libertad respecto de la religión. Tampoco el declive de la vitalidad de la religión organizada ha eliminado el sentimiento religioso.

  

Si bien en Estados Unidos nunca ha existido una religión de estado, la vinculación del prejuicio religioso con los movimientos nativistas de derecha es bien conocida, y el patriotismo, la religiosidad y la prosperidad han constituido a través del tiempo la trinidad de la política imperial estadounidense. Hoy entre 30 y 40 millones de estadounidenses se consideran a sí mismos “cristianos renacidos”, para no hablar de las sectas más tradicionales ni mucho menos del miserable misticismo que sirve de basurero para los despojos de la Nueva Izquierda que aún buscan adquirir la liberación personal a bajo costo.

  

El tono mojigato de la última campaña presidencial, y el hecho de que el santísimo Jimmy Carter (quien dice consultar las decisiones importantes con su hermana curandera) se alzara con la victoria, apuntan no tanto a un resurgimiento religioso serio como a la pasividad desesperante que se cierne sobre la clase obrera estadounidense. Una muestra de la relación que guarda la conversión religiosa con la derrota política es el crecimiento de la secta de los Musulmanes Negros, que lucra con la desesperanza y el cinismo que se apoderaron de los negros tras los fracasos políticos y la destrucción física del movimiento negro de los años sesenta.

  

No es sorprendente que las mujeres sean con frecuencia las devotas más fervientes de la religión. Aisladas de la producción y lucha sociales dentro de los sofocantes confines de la familia, las mujeres han sido en general las principales víctimas de los “gendarmes en sotana” y también sus más confiables instrumentos.

  

  

El mito de la virgen madre de dios

  

El libro de Marina Warner, Alone of All Her Sex, intenta explorar el mito religioso que más explícitamente se ha dirigido a moldear y deformar la conciencia femenina: el mito de la madre virgen de dios. Los rituales y complejidades de la teología católica son más comunes y mejor conocidos en Europa y los países latinos que en EE.UU., pero esa imagen en particular ciertamente está relacionada con estereotipos y modelos más generales de “la mujer ideal”.

  

¡Y vaya que ha sido un mito poderoso! Dante y Botticelli encontraron inspiración en él; las agujas y campanarios de Notre Dame y Chartres se edificaron supuestamente para celebrarlo; e incluso Isabel I de Inglaterra —que no era de las que dejan que los escrúpulos religiosos interfieran con los asuntos de estado— se permitió envolverse en la imaginería de la “Reina Virgen”.

  

Desde luego, el mito del dios/redentor nacido de una virgen no es exclusivo del cristianismo, sino que tiene raíces en las leyendas antiguas. El poema de William Butler Yeats, “Leda y el cisne” (1923) revive el encuentro mítico entre el dios Zeus y la mortal Leda:

  

“Un golpe súbito: bate las alas

sobre la chica hasta sentir sus muslos

bajo las patas, y le muerde el cuello

hasta que el seno inerme es ya su seno.

  

¿Cómo zafarse en su terror la mano

de la emplumada gloria entre los muslos?

¿Y cómo el cuerpo asido en blanco júbilo

puede ignorar el corazón ajeno?

  

Temblor del espinazo que concibe

el muro profanado y el saqueo,

la muerte del Atrida.

     Bajo el trance,

y sometida por la sangre etérea,

¿sumó la chica ciencia a ese poder

que abría ya su pico indiferente?”

  

Al describir el modo en que el culto a la madre virgen se extendió por Europa Occidental, Warner intenta explorar lo que plantea como una paradoja: “el que, en la celebración misma de la mujer humana perfecta, tanto lo humano como lo femenino sean sutilmente denigrados”. Unas 300 páginas después, presenta la siguiente hipótesis concluyente:

  

“La virgen María no es el arquetipo innato de la naturaleza femenina, el sueño encarnado; es un instrumento de la discusión dinámica de parte de la Iglesia Católica respecto a la estructura de la sociedad, presentado como un código de inspiración divina. Esta discusión cambia, según las contingencias...

  

“Gracias a su flexibilidad y su maña, la Iglesia Católica puede lograr adaptarla a las nuevas circunstancias de igualdad sexual, pero lo más probable es que la Virgen se convierta en leyenda… La leyenda de la virgen perdurará en todo su esplendor y lirismo, pero se habrá vaciado de contenido moral y por lo tanto habrá perdido los poderes reales que actualmente tiene para curar y para dañar”.

  

Sin embargo, lo que daña no es el mito, sino la realidad que éste mistifica, y no es mediante la renovación del mito como se va a “curar” a la mujer de su opresión. Marx y Engels citaron favorablemente el lema que encabezaba el semanario del republicano francés Loustalot:

  

“Los grandes nos parecen grandes

sólo porque estamos de rodillas.

¡Pongámonos de pie!”

  

Sin embargo, añadieron: “Pero para ponerse de pie no basta con levantarse mentalmente, y dejar que sobre la cabeza real y sensible penda el yugo real y sensible, que no podemos destruir por arte de magia a fuerza de ideas”.

  

  

Fundamentos del cristianismo

  

El cristianismo comenzó como la ideología de las masas judías pobres bajo el Imperio Romano. Dado que las relaciones económicas no permitían que la riqueza se multiplicara mediante el desarrollo de las fuerzas productivas, la única manera en que las clases poseedoras de Roma podían sostener su riqueza era mediante el continuo y siempre expansivo saqueo de las áreas conquistadas. El costo extremadamente bajo del trabajo esclavo que se obtenía de ese modo era lo único que hacía que las empresas a gran escala (generalmente agrarias y a veces mineras) fueran relativamente rentables en comparación con las de los pequeños campesinos. La riqueza acumulada a través del saqueo se destinaba básicamente al consumo, a la búsqueda de diversiones.

  

La causa fundamental de la decadencia del Imperio Romano fue la contradicción, inherente al creciente dispendio de las clases poseedoras, entre el aumento del valor excedente, por un lado, y el carácter estático del modo de producción, por el otro. Y es también en esta contradicción donde deben buscarse las raíces del cristianismo primitivo. Abraham Leon escribió:

  

“Pero aunque sea evidente que la mayoría de los judíos desempeña un papel comercial en el imperio romano, no debe creerse por ello que todos sean ricos comerciantes o empresarios; por el contrario, la mayoría de los judíos se compone realmente de personas de humilde condición, de las que una parte obtiene sus medios de vida, directa o indirectamente, del comercio: buhoneros, descargadores, artesanos, etc.... Esta multitud humilde es la primera a quien golpea la decadencia del imperio romano y la que más sufre por las exacciones. Concentrada en grandes masas en las ciudades, posee mayor capacidad de resistencia que los campesinos dispersos por la campiña; también es mucho más consciente de sus intereses.

  

“En las capas pobres de las grandes ciudades de la Diáspora es donde se expande el cristianismo... En la medida en que a las insurrecciones judías siguen insurrecciones de capas populares no judaicas, la religión comunista judía se extiende rápidamente entre las multitudes paganas”.

  

Como ideología de protesta por parte de los desposeídos y los indefensos, el cristianismo encarnó un vehemente sentimiento antiplutocrático. En el evangelio según Lucas, por ejemplo, se lee:

  

“Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados… Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre”.

  

La epístola de Santiago es igualmente explícita:

  

“¡Vamos ahora, oh ricos! Llorad y aullad por las miserias que os esperan... Vuestro oro y plata están enmohecidos; y su moho testificará contra vosotros, y devorará del todo vuestras carnes como fuego”.

  

El “comunismo” del cristianismo primitivo no se basaba, ni podía basarse, en la comunalización de la capacidad productiva de la sociedad, sino en la comunalización del consumo: “comunismo por medio del saqueo al opulento”, como decía Karl Kautsky. Pero, conforme el cristianismo se extendió, sus líderes se esforzaron por mellar su filo antiplutocrático.

  

El proceso por el cual pasó la iglesia no se debió fundamentalmente a la codicia y la ambición personal de sus funcionarios; no fue simplemente una herramienta para engañar y despojar a las masas. El cristianismo se volvió la religión oficial del Imperio Romano bajo Constantino, al mismo tiempo en que la decadencia del imperio, basada en el parasitismo y el bandolerismo, llevaba a las reformas de Diocleciano y Constantino, las cuales intentaron apoyarlo en una economía natural. Como religión de la clase de los grandes propietarios en el origen de la economía feudal europea, el fuego antiplutocrático que el cristianismo tenía originalmente quedó reservado a los mercaderes y usureros.

  

  

Secularización y celibato

  

Warner plantea un vínculo interesante entre la creciente riqueza de la iglesia y su santificación del celibato (las escrituras mismas no mencionan jamás la “inmaculada concepción” y plantean muchas dudas sobre la virginidad de María). Bajo la ley romana, una mujer tenía derecho a heredar riqueza y disponer de ella de manera independiente a partir de cierta edad. Entre las familias romanas, era común criar a los hijos varones en la vieja religión y a las hijas en la nueva; además, en la época de la decadencia romana solía ocurrir que las familias se extinguieran por la línea masculina. Así, la vocación del celibato (que implicaba no tener herederos) para las cristianas vírgenes y viudas sin hijos resultaba de lo más rentable para la iglesia. Fue pues, según Warner, como parte del creciente poder secular de la iglesia que el culto a la virgen alcanzó prominencia por primera vez.

  

Agustín, que vivió en el siglo V, trazó una conexión explícita y literal entre el acto sexual y el pecado original: Cristo nació de una virgen porque sólo así pudo evitar contaminarse del pecado original. La percepción de la virginidad como un estado inherentemente santo y la identificación de la pureza espiritual con la abstinencia sexual siguen dominando la doctrina de la iglesia hasta la fecha.

  

La imagen de la madre de dios —prácticamente ignorada durante los primeros cuatro siglos del cristianismo— no era la humilde y sumisa chica de la anunciación, sino la triunfante reina del cielo, una imagen que también servía para simbolizar la ventaja de la iglesia sobre otros gobernantes temporales a lo largo de Europa y el imperio Bizantino. Esta imagen de María como reina del cielo se mantuvo esencialmente inalterada, excepto quizá por la creciente opulencia de su indumentaria, por muchos siglos, prestándole la autoridad de la sanción divina al concepto de monarquía.

  

Parte del tributo económico considerado digno de una reina —y la separación entre lo temporal y lo divino fue convenientemente oscurecida— puede verse en la extraordinaria ola de adulación que fue el pretexto para la construcción de 80 catedrales en Francia en un solo siglo.

  

La ley feudal francesa de los siglos XII y XIII permitía que las mujeres poseyeran rangos y propiedades por derecho propio; y en una sociedad donde la adquisición de tierra era una necesidad constante y urgente, las herederas podían llegar a tener un inmenso poder: Leonor de Aquitania (1122-1204) es la más célebre de ellas. Pero la consolidación de Francia y otros territorios como estados-nación entró en conflicto con las tendencias centrífugas de los patrones feudales de herencia. Con el tiempo, las mujeres perdieron muchos de los derechos económicos de los que habían gozado.

  

Parte de la batalla por la consolidación nacional de Francia se libró como una guerra santa por parte del papa y los señores feudales del norte de Francia por subyugar el sur, campo de cultivo de la popular herejía cátara. Ésta, una forma ascética del maniqueísmo, permitía la entrada de la mujer al clero y sostenía que el sexo casual y la sodomía eran menos reprensibles que el matrimonio, el cual había poblado el pestilente universo. El sur de Francia también era la patria de la poesía provenzal de los trovadores, que exaltaba el amor adúltero. Por ende, desde muchos puntos de vista, tanto los herejes como los trovadores eran anatema para la iglesia y para la dinastía de los Capeto en el norte. Las batallas que se libraron en el sur a partir del siglo XIII acabaron con medio millón de personas.

  

Fue la generación de la nieta de Leonor de Aquitania, Blanca de Castilla, la que, alentada por la iglesia y el estado, empezó a enfocar su ardor en María como virgen. Esta “nueva” María asumió gran parte del carácter y la función del personaje original de la poesía provenzal, pero sin la celebración del hedonismo y la permisibilidad. Todavía se le reconocía como una reina poderosa, pero solamente, según se enfatizaba, por gracia de su hijo, y no por derecho propio. Se le retrataba como la encarnación de la hermosura y el ardor divino, pero sobre todo, de la castidad.

  

Como señala Warner, el estatus especial que obtuvo la madre virgen de dios tenía como reverso el igualmente especial desprecio a la mujer ordinaria, no virginal, que se consideraba, como Eva, la “oportunidad del pecado”, una tentadora que distraía al hombre de dios para conducirlo a una perdición eterna.

  

  

Recoger las flores de la vida

  

El libro de Warner es una mezcla frecuentemente desenfocada de investigación histórica y sociológica con nostalgia y autoanálisis. Y es franca respecto a su ambivalencia:

  

“No puedo entrar en una iglesia sin que me duela toda la seguridad y belleza de la salvación a la que renuncié. Recuerdo cuando visité Notre Dame en París y, de pie en medio de la nave, comencé a llorar de rabia por ese viejo amor y su perdurable capacidad de conmoverme”.

  

No habiendo saldado satisfactoriamente las cuentas de su propia experiencia con el oscurantismo religioso, Warner explica el dominio de la iglesia sobre los creyentes en términos meramente sicológicos e ideológicos.

  

Ciertamente hay que reconocerle a la iglesia el “genio...con que se adueña de la psique de sus fieles”, como dice la reseña del Village Voice. De hecho, en los países donde la iglesia católica ha sido una influencia cultural y política dominante, ha lesionado y distorsionado hasta tal punto la psique de las masas, que incluso los manifestantes políticamente motivados han caído en orgías de anticlericalismo torcido. Por ejemplo, en 1909, cuando el gobierno español intentó movilizar a los reservistas para defender sus colonias marroquíes, la población respondió con una huelga general y una frenética protesta de cinco días que incluyó el desenterrar cadáveres de monjas y el bailar con ellos por las calles.

  

Al mismo tiempo, históricamente la iglesia ha impuesto la manipulación sicológica mediante una coerción altamente efectiva, tanto física como social. Cuando, en los primeros seis meses de la Guerra Civil Española, los obreros y campesinos quemaron 160 iglesias hasta los cimientos, no sólo estaban protestando contra la opresión sicológica, sino también contra una poderosa institución estatal fanáticamente comprometida con la preservación de la monarquía y con la reacción.

  

Al final, Warner rechaza al eunuco femenino de la iglesia católica, si bien con una extraña ambivalencia feminista:

  

“Si bien la Virgen María no puede ser un modelo para la Mujer Nueva, es mejor tener una diosa que no tenerla, pues el encorbatado mundo masculino de la religión protestante se parece demasiado a un club de caballeros en el que no se admiten damas salvo los días especiales”.

  

Y así, al final, la cuestión de la mitología religiosa sigue consistiendo en la deprimente elección entre una fantasía perniciosa y una realidad yerma y estéril.

  

Los marxistas insistimos en que éstas no son las únicas alternativas. La crítica marxista de la religión desmitifica la fantasía religiosa y demuestra que fue el hombre quien creó a los dioses y diosas, y no al revés, pero no para que las masas trabajadoras se vean privadas del consuelo, por pequeño que sea, que esas fantasías puedan aportar en un mundo cruel, sino para remplazar esas pobres ilusiones con una realidad mucho más rica y satisfactoria. Marx lo expresó con la mayor elocuencia:

  

“La miseria religiosa es, por una parte, la expresión de la miseria real, y por otra parte, la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura agobiada por la desgracia, el alma de un mundo sin corazón, el espíritu de una época sin espíritu. Es el opio del pueblo.

  

“...Exigir que se renuncie a las ilusiones concernientes a nuestra propia situación, es exigir que se renuncie a una situación que necesita de ilusiones. La crítica de la religión es pues, en germen, la crítica de este valle de lágrimas, en el que la religión es una simple aureola.

  

“La crítica ha deshojado las flores imaginarias que cubrían la cadena de la religión, no para hacerla prosaica y desoladora, sino para que el hombre las sacuda y recoja las flores de la vida”.