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La mujer soviética: Una apología estalinista

  

  

[Esta versión fue impresa en Spartacist en español No. 16. TRADUCIDO DE WOMEN AND REVOLUTION NO. 10, INVIERNO DE 1975-76.]

  

Publicamos a continuación una crítica del libro Soviet Women, de William M. Mandel (Anchor Books, N.Y. 1975). A pesar del tiempo transcurrido desde la publicación original de este artículo, el análisis profundamente trotskista de la situación de la mujer en el estado obrero degenerado soviético que plantea, mantiene plena validez en la actualidad. 

 

Una examinación cuidadosa de la posición de la mujer soviética, esclarece bastante la evolución del estado soviético. El gobierno soviético revolucionario bajo la dirección de Lenin tomó medidas inmediatas para aliviar la opresión de la mujer. El divorcio se hizo gratuito y fácilmente obtenible; se eliminó la discriminación contra los hijos nacidos fuera del matrimonio; se establecieron guarderías infantiles comunales gratuitas; se decretó el pago igual por trabajo igual; se legalizó el aborto gratuito y sin restricciones; y se abrieron miles de escuelas en las que por primera vez se admitía preferencialmente a mujeres.

  

Uno de los propósitos fundamentales de los bolcheviques fue suplantar cada vez más y trascender la familia nuclear como institución económica por medio de la socialización del trabajo doméstico que tradicionalmente era ejecutado en forma privada por la mujer. Ellos comprendían que la familia era una prisión para las mujeres, condenándolas a la ignorancia debido a su aislamiento del resto de la sociedad y limitando su futuro a años eternos de monótono trabajo doméstico. A partir de la guerra civil, una de las primeras campañas importantes emprendidas por el gobierno fue la construcción de guarderías infantiles adecuadas.

  

Después de la consolidación del poder por una casta burocrática encabezada por Stalin, la mujer perdió un gran número de las conquistas que había ganado a través de la revolución. La política de Stalin  dirigida a eliminar todo rasgo de sentimiento revolucionario genuino que pudiera amenazar su régimen, decretó la restauración de relaciones más tradicionales entre los sexos (es decir, el papel servil de la mujer) particularmente dentro de la familia, la cual fue proclamada como la unidad básica de la sociedad soviética.

  

La mujer soviética, un nuevo libro por William M. Mandel es esencialmente una apología de esta política. Mientras que reconoce la desigualdad sexual que existe hoy día en la URSS, la atribuye al legado del zarismo o a los errores inevitables de un pueblo campesino. Mandel también defiende la línea estalinista oficial de que la meta del comunismo no es reemplazar la familia nuclear opresiva, como abogaban Marx y Lenin, sino simplemente mitigar sus peores abusos.

  

Es innegable que la mujer soviética disfruta de muchas oportunidades y ventajas no conocidas por las mujeres de otros países. La URSS proporciona gratuitamente guarderías infantiles para 10 millones de niños pre-escolares, y la atención médica gratuita. A la mujer se le garantiza una licencia por maternidad de 112 días pre y posnatal con pago completo y un plazo de un año para regresar a su trabajo sin pérdida de antigüedad. Hombres y mujeres pueden obtener licencias por enfermedad para cuidar a sus niños enfermos. Los salarios de las mujeres en la Unión Soviética son en promedio el 87 por ciento del de los hombres (comparado con el 59 por ciento en los EE.UU.), y el alquiler está fijado a un 5 por ciento del salario obrero. Y estos beneficios no se limitan a los centros urbanos; entre las mujeres campesinas donde el analfabetismo era casi universal aún después de la revolución, ¡hoy hay más mujeres que hombres con educación secundaria y universitaria!

 

William Mandel también demuestra decisivamente que a la mujer soviética se le ha sacado de la casa y se le ha integrado al trabajo productivo. Constituyen el 51 por ciento de la fuerza laboral y, a diferencia de las mujeres norteamericanas que son excluidas de oficios calificados y semicalificados, las mujeres soviéticas conducen trenes, manejan aviones, dirigen centrales hidroeléctricas, planifican el desarrollo de los recursos naturales, descargan barcos, realizan trabajo teórico en ciencias y matemática y en general participan en todas las ramas de la industria y del gobierno. (“Mi orgullo como norteamericano fue herido profundamente”, dice Mandel, “cuando me enteré que la participación de la mujer  estadounidense en las profesiones más destacadas es la más baja de todo el mundo”).

  

Aquellos como los maoístas y “socialistas tercercampistas” que sostienen que la Unión Soviética es un estado “social imperialista” o capitalista harían bien en reflexionar sobre estos datos porque, aunque en verdad no demuestran plena igualdad en la fuerza laboral, sí indican avances que sólo se pudieron alcanzar en una sociedad que ha arrancado los medios de producción de manos privadas y establecido una economía planificada. El pleno empleo, la reinversión de la ganancia social para la construcción de guarderías infantiles y de escuelas, y la implementación del pago igual por trabajo igual no pueden lograrse en una economía capitalista. Bajo el capitalismo, la plusvalía solo se reinvierte donde se pueda sacar ganancias: se necesita un ejército de desempleados en reserva (históricamente compuesto en gran parte de mujeres) como presión constante para la reducción de los salarios, y se minimiza el costo de la mano de obra al pasar el cargo de la crianza de los niños a la familia del obrero, específicamente a la madre.

  

Los devotos modernos de Stalin sostienen que el capitalismo fue restaurado en la Unión Soviética después de 1956 y que las conquistas de la mujer soviética datan desde antes de este período. Pero cabe destacar que hay una curva inequívocamente ascendente en cuanto a la igualdad educacional y ocupacional de las mujeres soviéticas menores de 30 años y que los principales avances para las mujeres campesinas se han logrado en los últimos diez años. (Mandel cita valiosas estadísticas de comparación con el desarrollo chino que desacreditan el mito maoísta de que China ha sobrepasado a la Unión Soviética en aliviar la opresión de la mujer. Aunque la mujer china se encuentra en una posición mucho mejor que las mujeres de países capitalistas de la región, como India, no habiendo logrado el pleno empleo, China dista mucho de poder integrar a la mujer a la fuerza laboral a un nivel semejante al de la URSS. Además, las licencias por maternidad, cuando son permitidas, sólo duran la mitad que en la Unión Soviética, y es difícil conseguir el aborto).

 

  

El legado de Stalin

 

William Mandel confiesa que hay una ausencia relativa de mujeres soviéticas en altas posiciones directivas dentro del gobierno, la administración, y el Partido Comunista. Su explicación es que el progreso de la mujer soviética ha sido obstruido por el legado cultural del zarismo. En un ensayo más corto titulado “La mujer soviética en la fuerza laboral”, que contiene la tesis fundamental de su libro La mujer soviética, lo dice en forma muy escueta: “… las mujeres han avanzado en la fuerza laboral soviética y las profesiones en aproximada proporción directa a la eliminación de las desventajas heredadas por el régimen soviético y… la principal base de las diferencias residuales en la situación del hombre y la mujer es el rezago temporal en ese respecto.”

  

Mientras que los marxistas reconocemos que un estado obrero joven se construye sobre bases fuertemente marcadas por las tradiciones de la sociedad burguesa de la cual acaba de surgir, también reconocernos que la conciencia humana puede intervenir para disminuir los efectos de esas tradiciones. Las formulaciones objetivistas de Mandel sirven para obscurecer el hecho de que las desigualdades sexuales en la Unión Soviética son la herencia tanto de Stalin como del zar Nicolás. Fue el programa de Stalin que durante 20 años decretó que la función principal de la mujer era producir hijos.

 

Mandel está demasiado bien informado para sencillamente omitir toda referencia a la política de Stalin, y su repugnancia personal hacia las peores atrocidades del régimen lo conduce a criticarlo ocasionalmente. Sin embargo, siendo él mismo un ex estalinista, nunca ha roto con las premisas fundamentales del estalinismo. El cree que la política de la burocracia era, de hecho, justificada:

 

“Debido a la franca hostilidad de todo gobierno hacia la URSS en los años 30, y las intenciones públicamente anunciadas por Hitler, mucho antes de la guerra, de tomar gran parte de la Unión Soviética y colonizarla, la Unión Soviética parecía una ciudad sitiada. La vida de todo individuo estaba bajo control, supuestamente en aras de la supervivencia de todos.”

 

Las verdaderas simpatías de Mandel se ven claramente en un pasaje anterior donde observa:

  

“… hay un mito extraño, de origen más bien político que académico, que mantiene que el periodo breve de la vida de Lenin después de 1917, fue un periodo de progreso seguido por uno de reacción bajo Stalin. La verdad es que Lenin murió en 1924 y Trotsky, quien había sido segundo en importancia, se encontró desde ese entonces en una minoría impotente. Fue la primera década del liderazgo de Stalin (1924-34) que presenció el desarrollo tanto del cine como de la literatura, y de la clase de leyes y experimentos en el modo de vivir que muchos jóvenes radicales y figuras culturales occidentales evocan con nostalgia.”

 

Mientras que el líder del Partido Comunista norteamericano Gus Hall o los maoístas pueden añorar este periodo con nostalgia, 1929-1936 fue el período de la represión más brutal. Prácticamente todo sector de la sociedad soviética fue devastado por purgas en las cuales unas 500.000 personas fueron asesinadas (incluyendo a virtualmente todos los líderes originales del Partido Bolchevique) y 5 millones fueron internados en campamentos de trabajo forzado. La mayor parte de los que participaron en el breve florecimiento del arte soviético fueron asesinados. La colectivización forzada fue tan brutal y destructiva que sus efectos todavía se sienten en la agricultura soviética, contribuyendo a los continuos bajos niveles de producción. El libro de William Mandel, tan lleno de estadísticas, convenientemente omite mencionar ninguna de estas atrocidades.

 

Este período de reacción estalinista marcó un decisivo paso hacia atrás para la mujer. Conforme la ola revolucionaria amainaba en Europa, la Unión Soviética se quedó aislada y empobrecida. Esto creó un terreno fértil para el desarrollo de una burocracia reforzada por su autoridad como defensora de las fronteras soviéticas y por su control de las escasas mercancías asequibles a la población soviética. Ansiosa de proteger su posición privilegiada, esta burocracia se planteó la destrucción de todo vestigio de poder soviético que pudiera desafiar su autoridad. Buscó apoyo en los prejuicios más conservadores de las masas urbanas y campesinas. La familia, proveedora de ideas tradicionales de servilismo y del respeto hacia la autoridad, fue uno de sus instrumentos centrales.

  

Una ofensiva a fondo fue desatada para reconstituir la estructura familiar basada en la subordinación de la mujer. En 1934 la sección del partido para el trabajo entre mujeres fue abolida y todas las organizaciones de masas de mujeres fueron disueltas. Mandel asegura que estas organizaciones desaparecieron porque “en ese entonces, las mujeres habían adquirido la confianza suficiente para defenderse por sí mismas y para funcionar en organizaciones mixtas y en la práctica habían conseguido la igualdad en el trabajo y en la educación, o sea, fuera de la casa.” En su apuro por justificar la política estalinista, él olvida la resolución aprobada en 1930 por el Comité Central del PCUS, que había citado anteriormente, haciendo referencia a “la indecisión extrema por los organismos locales del partido en cuanto a la promoción de la mujer a puestos de dirección con autoridad independiente y, en algunos casos, la intolerancia abierta por parte de ciertas organizaciones y militantes del partido.”

  

Inmediatamente después de la disolución de la sección partidaria para el trabajo entre mujeres y de las organizaciones de masas, vino la ilegalización del aborto y la práctica imposibilidad de obtener el  divorcio, combinados con una ofensiva propagandista que hasta el mismo Mandel confiesa “resultó en una santificación del ‘hasta que la muerte nos separe’ digna de la envidia de cualquier iglesia.” En 1941 fue aprobada una ley exonerando al hombre de toda responsabilidad como padre de hijos ilegítimos. En 1944, la educación mixta fue abolida, condenando así a la mujer a una educación de segunda clase en cuanto a escuelas, profesores y facilidades disponibles se refiere. Este decreto es semejante a las decisiones que tomaron los tribunales norteamericanos de escuelas “separadas pero iguales” luego del período de la reacción desenfrenada en el Sur desatado por la supresión de la Reconstrucción [el período de la ocupación militar y reformas radicales en los estados de la ex Confederación esclavista después de su derrota en la Guerra Civil norteamericana]. La respuesta de Mandel frente a estas derrotas es “... para mí, lo maravilloso de ese período es que a pesar de los pasos atrás, el avance de la mujer a escala de masas no se vio afectado, como lo han demostrado los años subsiguientes.”

  

¡Nada podía estar más lejos de la verdad! La desigualdad que existe hoy día se remonta directamente a la política de ese período. Veinte años de aborto ilegalizado, la exaltación del matrimonio y de la maternidad, y la abolición de la educación mixta solo podían reforzar la actitud tradicional de que la mujer es verdaderamente inferior. Pero, lo que es más importante, aunque las mujeres nunca fueron eliminadas de la fuerza laboral, el énfasis en la crianza de niños y las limitaciones impuestas sobre su educación les robaron de las habilidades que hubieran facilitado una verdadera igualdad de oportunidades. En vez de avanzar conforme se superaban los viejos obstáculos, la mujer se vio forzada a retroceder frente a la deliberada rehabilitación de viejos prejuicios.

  

  

La mujer soviética en el período pos estalinista

 

Debemos preguntar por qué los obstáculos al aborto, al divorcio y a la educación mixta fueron reducidos en 1955. Mientras que William Mandel nunca trata directamente esta cuestión, su respuesta se encuentra en otro de sus ensayos, “El marxismo soviético y la ciencia social”: “Hoy día la URSS puede afirmar que es el primer estado socialista importante que emerge de la etapa del terror interno (la dictadura del proletariado más las masacres innecesarias cometidas en su nombre).” Esencialmente él cree en la autoreforma de la burocracia y que el socialismo ha sido logrado a través del simple desarrollo económico. (Omite el dictamen de Lenin que aun en la primera etapa del comunismo el estado empieza a extinguirse al tiempo que las masas comienzan a asumir cada vez más las simples tareas administrativas de gobierno).

  

La razón verdadera de la restitución de los derechos civiles de la mujer en 1955 es la auto preservación de la burocracia. Para 1955 la burocracia soviética se veía enfrentada con un problema serio. Su economía todavía se tambaleaba tras el impacto de la guerra. El intento de reconstruir la economía mediante el simple abuso de sus aliados en Europa Oriental ya había producido el levantamiento alemán de 1953, seguido por levantamientos en Hungría y Polonia en 1956. Para detener esta ola creciente de disensión interna que amenazaba desbordar con la muerte de Stalin, había que racionalizar la economía nacional.

  

La mujer era la mayor fuente de fuerza de trabajo calificada que todavía no había sido utilizada. Desde la movilización para la guerra, las mujeres constituían casi la mayoría de la fuerza laboral. Los sectores más productivos de la población masculina habían sido severamente diezmados durante e inmediatamente después de la guerra. Para formar las mujeres con las habilidades necesarias para funcionar en posiciones responsables dentro de la industria, ellas tenían que ser admitidas en institutos de alta calidad, es decir había que restaurar la educación mixta. Para alentarles a salir de la casa y a dedicar el tiempo y la energía necesarios para aprender estas nuevas técnicas, era necesario reducir el énfasis en la maternidad. Como en aquel tiempo los anticonceptivos en la URSS eran de notoria baja calidad, el aborto era una alternativa necesaria para el control de la natalidad. La afirmación del derecho de la mujer de disponer de su cuerpo llevó en forma natural a la afirmación del derecho de la mujer a contratar y disolver el matrimonio a voluntad; y como una alta tasa de divorcios resultaba en una fuerza laboral más móvil, el divorcio devino más aceptable. Así al enfrentarse con la necesidad de organizar lógicamente la producción económica, la burocracia se vio obligada a recurrir a las mujeres para proveer la mano de obra calificada necesaria para avanzar los intereses nacionales.

  

Pero las reformas muy limitadas emprendidas en la era pos estalinista no fueron acompañadas por el retorno a la posición marxista de la necesidad de reemplazar a la familia nuclear. Mandel concede que aunque más del 85 por ciento de las mujeres soviéticas realizan trabajo productivo fuera de la casa, todavía están básicamente ligadas a la familia y siguen siendo responsables por el trabajo doméstico y por el cuidado de los niños. Mientras tanto, la burocracia sigue glorificando la maternidad otorgando medallas a madres con gran número de hijos.

  

La política soviética actual explícitamente busca reformar y no reemplazar a la familia. Favorece la creación de puestos a tiempo parcial para las mujeres a fin de que también puedan hacer su trabajo de casa. En forma secundaria hay cierto esfuerzo por persuadir al hombre a que ayude en la casa, y por expandir la distribución de productos y servicios a los consumidores.

  

Las perspectivas de sentar las bases económicas para la socialización del trabajo doméstico -suponiendo que la burocracia permitiera implementarla- son socavadas por la mala administración burocrática de la economía. A pesar de los beneficios de la planificación centralizada. La expansión económica soviética durante varios años ha estado por debajo del 7,5 por ciento anual. Esta lenta expansión combinada con la devastación de la capacidad productiva soviética por la Segunda Guerra Mundial, significa que, por ejemplo, hace tan sólo cinco años que todas las viviendas rurales soviéticas fueron electrificadas. Mandel calcula que pasarán unos 10 años más antes de que en los hogares de obreros y campesinos sea usual que tengan refrigeradores, lavadoras y aspiradoras.

  

Mientras tanto, aun los informes soviéticos reconocen que entre el campesinado las “condiciones culturales domésticas semejantes a aquellas del pasado y la necesidad económica de preservar la pequeña granja familiar son las bases para la preservación dentro de la familia de elementos de la antigua desigualdad de los sexos y la división tradicional de las tareas cotidianas en masculinas y femeninas” (énfasis de Mandel).

 

En un país donde el 43 por ciento de la población todavía es rural y muchos obreros están apenas una generación aparte de la tierra, los efectos de lo anterior no deben ser menospreciados. El mismo Mandel indica que la tasa de abortos es muy alta entre las campesinas porque la mayoría todavía no conocen los métodos anticonceptivos modernos. La fuerte resistencia social de las viejas familias campesinas contra cualquier forma de anticonceptivo contribuye directamente a esta ignorancia.

 

La burocracia soviética sigue siendo el mayor obstáculo a la emancipación de la mujer soviética, como lo es para la emancipación de las masas trabajadoras soviéticas en su conjunto. La política exterior soviética, al garantizar el dominio capitalista en el Occidente mediante su estrategia de colaboración de clases (recientemente tipificada por los frentes populares traicioneros en Chile y Portugal), sabotea la revolución proletaria internacional y por consiguiente aplaza el día cuando los obreros de los países avanzados puedan proporcionar los productos necesarios para que la Unión Soviética y los países más atrasados puedan mecanizar y socializar el trabajo doméstico.

  

Privada del poder político, como lo está toda la clase obrera soviética, la mujer soviética es particularmente vulnerable a los giros e inversiones en la política del gobierno, que pueden llevar de nuevo a la abolición del aborto legal, de la educación mixta o del divorcio a voluntad. Mientras que el uso del terror en la Unión Soviética es hoy menos descarado, debemos recordar que muchas de las reformas de la era de Krushchev desaparecieron completamente durante varios años luego de la invasión de Checoslovaquia. Es más, los acontecimientos checos demuestran claramente la voluntad de la burocracia de usar la fuerza armada cuando es necesario para su autopreservación.

 

Para la mujer soviética, el camino trotskista de revolución política en el estado obrero degenerado soviético es la única garantía para su liberación verdadera. Sólo a través del dominio democrático y directo del gobierno por la clase obrera, puede la mujer estar asegurada de sus derechos, sobre todo de disponer de su propio cuerpo. Mediante la liberación de las fuerzas productivas que ocurrirá con la destrucción de la burocracia, junto con los avances de la revolución mundial auxiliada por una política de internacionalismo genuino, se podrán tomar medidas importantes para la socialización del trabajo doméstico que librarían a la mujer de una vez por todas del yugo de la familia nuclear. Sólo cuando la familia nuclear sea reemplazada, serán sentadas las bases para las relaciones socialistas entre los sexos. Entonces:

  

“En lugar del matrimonio indisoluble basado en la servidumbre de la mujer, veremos el surgimiento de una unión libre, fortalecida por el amor y respecto mutuo de los miembros del Estado Obrero, iguales en sus derechos y sus obligaciones. En lugar de la familia individual y egoísta, veremos una gran familia universal de obreros… Así será la relación entre los hombres y las mujeres en la sociedad comunista de mañana.”

—Alexandra Kollontai, “Comunismo y la Familia”.